Padres, hijos y herencia psicológica: cómo no repetir los comportamientos que nos hicieron sufrir
Me sentí como mi madre y me asusté.
Juré que sería distinto a él.
Hay un momento en la vida de muchas madres y muchos padres que llega casi siempre sin previo aviso. Hablas con tu hijo, quizá en un momento de cansancio o frustración, y te oyes decir algo con un tono que conoces demasiado bien. Una frase, un gesto, una mirada que parecen venir directamente de tu infancia. Y piensas: “Había jurado que nunca lo haría”.
Es una experiencia mucho más común de lo que pensamos. Al crecer, absorbemos de nuestros padres no solo valores y enseñanzas positivas, sino también formas de comunicarnos, de reaccionar ante los conflictos, de expresar o contener las emociones. Lo hacemos sin darnos cuenta, porque esos modelos son la primera referencia que tenemos sobre cómo funcionan las relaciones.
En el imaginario, la familia representa protección, acogida y amor incondicional, pero la realidad puede ser muy distinta: cuando quien nos cría carga con heridas que no ha tenido ocasión de procesar, estas terminan por volcarse en la relación con los hijos y pueden generar un clima emocional que deja huellas profundas.
Las experiencias dolorosas vividas durante la infancia no siempre desaparecen con el paso del tiempo. Al contrario: si no lo reconocemos ni lo afrontamos, tiende a resurgir justo cuando nos convertimos en madres y padres, y nos empuja a reproducir los mismos comportamientos que nos hicieron sufrir.
Reconocer que existe una herencia psicológica familiar no significa condenar a nuestros padres ni resignarnos a un destino ya escrito, sino abrir un espacio de conciencia que puede convertirse en el primer paso hacia un cambio real.
Las raíces de la repetición
¿De dónde vienen esos automatismos que no querríamos tener?
No entiendo por qué hago cosas que odiaba de pequeño.
Sé que me hizo daño, pero no consigo decirlo.
Entender por qué tendemos a repetir lo que vivimos es un proceso que a menudo requiere tiempo y el acompañamiento de un psicólogo o una psicóloga, que puede ayudarnos a mirar nuestra historia con otros ojos y a encontrar caminos distintos. Mientras tanto, veamos algunas de las posibles razones de estos automatismos.
Lo que aprendimos sin darnos cuenta
- Los modelos educativos y relacionales que interiorizamos en la infancia tienden a repetirse de forma automática: cuando nos convertimos en madres y padres, nuestra mente recurre a esos esquemas como único repertorio disponible, aunque racionalmente los rechacemos.
- Quien creció sin sentirse querido, de niño, a menudo no atribuye esa falta de amor a sus padres, sino a sí mismo, y desarrolla así un sentimiento de inadecuación que puede acompañar a la persona en la edad adulta e influir en la relación con sus hijos.
- Las experiencias dolorosas no procesadas pueden crear una confusión entre las necesidades de los hijos y las propias, que quedaron sin satisfacer: algunas personas que no recibieron suficiente afecto pueden llegar a buscar en sus hijos el alimento emocional que nunca tuvieron.
Cuando el cuerpo recuerda lo que la mente quiere olvidar
- Crecer en un entorno familiar marcado por la tensión y la imprevisibilidad puede influir en la forma en que nuestro cuerpo reacciona al estrés y llevarnos a desarrollar la sensación de estar siempre en guardia, una dificultad para sentirnos tranquilos que, de adultos, hace más costoso ofrecer a los hijos un entorno sereno.
- Esta dificultad para regular nuestras emociones no es un defecto personal, sino más bien algo que aprendimos al vivir en un contexto donde faltaban la calma y la previsibilidad.
El tabú de hablar de nuestra familia
- La tendencia a negar o minimizar el dolor que sufrimos en la familia está muy extendida, a menudo alimentada por la idea de que no se debe hablar mal de los padres.
- Este silencio, por comprensible que sea, impide poner nombre a lo que vivimos y favorece la transmisión de los mismos esquemas a las generaciones siguientes, de manera completamente inconsciente.
Esquemas que se repiten cada día
Situaciones en las que podrías reconocerte
Me di cuenta de que uso sus mismas palabras.
Quería ser diferente, pero hago las mismas cosas.
Reconocerte en estas situaciones puede resultar doloroso, pero también es la señal de que algo dentro de ti ya intenta cambiar. Aquí tienes algunos ejemplos concretos de cómo los esquemas familiares pueden reaparecer en la vida cotidiana.
Cuando la crítica ocupa el lugar del estímulo
- Una madre o un padre que de niño recibió críticas constantes y desvalorización podría acabar juzgando con severidad cada error de su hijo, convencido de que así lo motiva, sin darse cuenta de que repite el mismo esquema que vivió en su propia piel.
- Quien interiorizó la convicción de que el amor se debe merecer a través de resultados y logros puede cargar a sus hijos de expectativas excesivas, y hacer que la relación gire en torno a la búsqueda constante de aprobación, lo cual corre el riesgo de minar la autoconfianza del niño.
- Una madre o un padre que de pequeño aprendió a congelar sus emociones para complacer a los adultos puede tener mucha dificultad para tolerar el llanto y la rabia de sus hijos, y reacciona con impaciencia o rigidez ante expresiones emocionales que, en realidad, forman parte del crecimiento.
Cuando la distancia o el control sustituyen a la cercanía
- Quien creció con una madre o un padre emocionalmente ausente puede oscilar entre dos direcciones opuestas: volverse muy protector para compensar el vacío que vivió o reproducir esa misma distancia emocional porque nunca conoció otra forma de estar cerca.
- Una persona adulta que creció en una familia donde los conflictos se gestionaban con el silencio y el distanciamiento puede acabar cerrándose cada vez que surge una discrepancia con sus hijos y transmitir así el mensaje de que expresar el desacuerdo lleva al alejamiento.
Cuando los roles se invierten
- Quien creció sintiéndose responsable del bienestar emocional de sus padres puede repetir la misma dinámica a la inversa: carga a sus hijos con preocupaciones que no les corresponden, les confía problemas de adultos o les pide de forma implícita que cuiden de las emociones de su madre o su padre.
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Estrategias prácticas y accesibles
Pequeños pasos concretos para empezar a hacer las cosas de otra manera
Empecé a pararme antes de reaccionar.
Con la terapia entendí de dónde venía.
Observar tus reacciones con curiosidad, no con juicio
Cuando te das cuenta de que has reaccionado con tu hijo de una forma que no te gusta, puedes intentar pararte y preguntarte: “¿Esto es lo que quiero transmitir o repito algo que viví?”. No se trata de juzgarte, sino de empezar a darte cuenta. Una pregunta como esta, repetida a lo largo del tiempo, puede abrir un espacio de elección donde antes solo había automatismo.
Poner nombre a lo que viviste
Puedes intentar contar, aunque sea solo para ti, lo que sentiste de niño. Escribir unas líneas en un diario, recordar ciertos episodios, poner nombre a emociones que quizá nunca pudiste expresar. El dolor que queda sin nombre es más difícil de reconocer cuando reaparece y corre el riesgo de actuar en nuestro lugar sin que nos demos cuenta.
Concederte una pausa antes de responder
Cuando notas que la frustración o la rabia van en aumento con tus hijos, puedes intentar respirar hondo unas cuantas veces antes de reaccionar. La necesidad de responder de inmediato suele estar ligada a una sensación de urgencia que viene del pasado, pero posponer aunque sea un poco puede ayudar a rebajar esa tensión y a elegir una respuesta distinta de la automática.
Hablar con alguien de confianza
Compartir lo que sentimos con una persona cercana, un amigo o un familiar que sabe escuchar puede ayudarnos a sentirnos menos solos con estos pensamientos. A veces basta con decir en voz alta “me he dado cuenta de que repito algo que no quiero” para empezar a ver las cosas con más claridad.
Soltar la idea de la madre o el padre perfecto
El objetivo no es borrar todo rastro del pasado ni ser madres y padres sin defectos. Puedes intentar recordar que equivocarte forma parte del proceso y que la diferencia la marca la disposición a reconocer el error y a intentar hacerlo de otra manera la próxima vez. Los hijos no necesitan padres o madres perfectos, sino personas dispuestas a reconocer sus errores y seguir aprendiendo.
Plantearte empezar a hacer terapia
Un proceso terapéutico con un psicólogo puede ser un espacio valioso para explorar tu historia y entender cómo las experiencias pasadas influyen en el presente. No hace falta esperar a que la situación se vuelva muy difícil para empezar: la terapia es un lugar en el que sentirte comprendido, acompañado y guiado para construir una forma distinta de vivir las relaciones, con tus hijos y contigo mismo.
Recordar que darte cuenta del problema ya es un primer paso
Si lees este artículo, probablemente ya te has hecho preguntas importantes. Reconocer que algo se repite y querer entender cómo cambiarlo es un gesto de cuidado hacia ti mismo y hacia tus hijos. No es un punto de llegada, pero es un comienzo que vale mucho.
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Conciencia y cambio
Elegir hoy qué dejar en herencia mañana
No puedo cambiar el pasado, pero puedo elegir.
Lo hago por mí y por mis hijos.
La herencia psicológica familiar no es una condena, sino una vulnerabilidad que, una vez reconocida, puede transformarse en conciencia y convertirse en el punto de partida para un cambio profundo.
Cada vez que una madre o un padre se detiene, reconoce una reacción automática y elige responder de otra manera, está contribuyendo a cambiar una dinámica familiar: interrumpe una cadena que, de otro modo, correría el riesgo de seguir atravesando las generaciones siguientes.
Las experiencias de cuidado también pueden tener un efecto duradero, igual que el dolor. Cuando una persona aprende a cuidar de sus heridas, cambia el clima emocional en el que crecen los hijos y les ofrece una forma distinta de estar en las relaciones.
No es necesario tener todas las respuestas para ejercer una crianza basada en el cuidado y la reflexión, porque lo que marca la diferencia es la disposición a cuestionarnos, a pedir ayuda cuando hace falta y a mirar con amabilidad tanto al niño que fuimos como a la madre o el padre que intentamos ser.
Si sientes que estos temas te tocan de cerca, un proceso terapéutico con un psicólogo o una psicóloga puede ofrecerte el espacio y las herramientas para transformar tu historia en un recurso, en lugar de en algo que se repite; no para borrar el pasado, sino para elegir con más libertad qué dejar en herencia a quienes vengan después de ti.
El siguiente paso, si te sientes preparado/a
La terapia psicológica no es solo para quienes atraviesan una crisis, es un espacio de escucha para cuidar de tu bienestar mental.
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FAQ
Preguntas frecuentes
¿Es habitual repetir los comportamientos de nuestros padres aunque los rechacemos?
Sí, es una experiencia mucho más común de lo que pensamos. Al crecer, absorbemos de nuestros padres no solo valores y enseñanzas positivas, sino también formas de comunicarnos, de reaccionar ante los conflictos y de gestionar las emociones. Estos esquemas se arraigan en profundidad porque son las primeras cosas que aprendemos sobre cómo funcionan las relaciones. Cuando nos convertimos en madres y padres, nuestra mente recurre a ese repertorio de forma automática, sobre todo en los momentos de cansancio o frustración, aunque racionalmente querríamos hacer las cosas de otra manera. El hecho de que te des cuenta ya es significativo, porque quiere decir que dentro de ti hay una conciencia que puede convertirse en el punto de partida para un cambio. No se trata de culparte, sino de reconocer estos automatismos para poder elegir, poco a poco, respuestas distintas.
¿Por qué el dolor que viví en la infancia influye en mi forma de ejercer de madre o padre?
El dolor que viviste en la infancia influye en tu forma de criar porque las experiencias dolorosas que no se han reconocido ni afrontado no desaparecen con el tiempo, sino que permanecen dentro de ti y tienden a resurgir justo cuando ocupas el rol de madre o padre. El cuerpo y la mente conservan las huellas de lo que viviste: si creciste en un entorno marcado por la tensión y la imprevisibilidad, puede que hayas desarrollado una dificultad para regular tus emociones que hoy hace que cueste más ofrecer serenidad a tus hijos. Además, las experiencias no procesadas pueden crear confusión entre las necesidades de tus hijos y las tuyas, que quedaron sin satisfacer cuando eras niño. Esto no es un defecto personal, sino algo que aprendiste al vivir en un determinado contexto. Reconocerlo es el primer paso para evitar que el pasado siga actuando en tu lugar.
¿Cómo puedo darme cuenta de que repito un esquema familiar con mis hijos?
Puedes darte cuenta prestando atención a algunas señales. Por ejemplo, quizá notes que reaccionas con rigidez o impaciencia ante el llanto o la rabia de tus hijos, o que usas palabras y tonos que reconoces como propios de tu infancia. Puede que te descubras juzgando con severidad cada error de tu hijo, convencido de que así lo motivas, o, al contrario, cerrándote en el silencio cada vez que surge un desacuerdo. Otra señal es el malestar o el susto que sientes después de haber reaccionado de cierta manera, esa sensación de “me he sentido como mi madre” o “he hecho exactamente lo mismo que mi padre”. Cuando notes estas reacciones, intenta pararte y preguntarte: “¿Esto es lo que quiero transmitir o repito algo que viví?”. El simple hecho de hacerte esta pregunta puede ayudarte a responder de una forma más consciente donde antes había automatismo.
¿Qué puedo hacer en concreto para no repetir los errores de mis padres?
Puedes empezar con pequeños gestos cotidianos. Cuando notes que la frustración o la rabia van en aumento, intenta respirar hondo unas cuantas veces antes de reaccionar, para elegir una respuesta distinta de la automática. También puede ser útil escribir unas líneas en un diario, recordar ciertos episodios de tu infancia y poner nombre a emociones que quizá nunca pudiste expresar. Recuerda que el objetivo no es convertirte en una madre o un padre perfecto, sino estar dispuesto a reconocer el error e intentar hacerlo de otra manera la próxima vez. Si sientes que estos esquemas están muy arraigados y son difíciles de manejar en solitario, un proceso terapéutico puede ofrecerte un espacio seguro para explorar tu historia y construir una forma distinta de vivir las relaciones con tus hijos.
¿Tengo que ir necesariamente a terapia para interrumpir estos esquemas familiares?
No, no hay ninguna obligación, y se puede hacer mucho también a través de la conciencia diaria: observando tus reacciones, dándote tiempo para reflexionar, concediéndote una pausa antes de responder. Compartir lo que sientes con una persona cercana puede ayudarte a sentirte menos solo con estos pensamientos. Sin embargo, un proceso con un psicólogo o una psicóloga ofrece algo distinto y más profundo, porque se trata de un espacio estructurado y protegido en el que explorar tu historia, entender cómo las experiencias pasadas influyen en el presente y encontrar herramientas concretas para construir una forma distinta de estar en las relaciones. No hace falta esperar a que la situación se vuelva muy difícil: la terapia puede ser útil también cuando sientes que algo se repite y quieres entender cómo cambiarlo. Es un gesto de cuidado hacia ti mismo y hacia tus hijos.
Preguntas frecuentes sobre la terapia
¿Cuántos tipos de terapia hay en Unobravo?
Con Unobravo puedes realizar terapia psicológica individual o terapia de pareja, en función de tus necesidades. Por ejemplo, la terapia individual después de una infidelidad puede ser útil para mejorar la comunicación y afrontar los retos personales que influyen en las dinámicas relacionales. Tras una infidelidad, optar por la terapia individual o de pareja depende de las necesidad de cada uno.
¿Qué es y en qué consiste la terapia individual con Unobravo?
Un proceso de terapia individual puede ofrecer un espacio seguro para explorar tus emociones y comportamientos junto a un profesional de la salud mental.
Aunque no siempre sea fácil saber cómo encontrar apoyo y empezar un proceso terapéutico, con Unobravo no tendrás que preocuparte de cómo elegir un psicólogo. Solo necesitas rellenar el cuestionario y, en la primera cita gratuita, conocer al psicólogo que te haya sido asignado entre los psicólogos y psicólogas de Unobravo.
Si resulta ser el profesional adecuado para ti, emprenderéis juntos un proceso creado a medida para ti.
¿Por qué elegir la terapia online?
Con un psicólogo online de Unobravo puedes cuidar de ti estés donde estés. Podrás usar la App o la Web App para concertar tus citas, realizar las sesiones, chatear con tu psicólogo y realizar pagos seguros.
Todo cómodamente online, usando cualquier dispositivo y conectándote donde y cuando quieras.
¿Cuánto cuesta la terapia individual?
El precio del psicólogo presencial puede variar mucho, sin contar con el tiempo y el coste que supone desplazarse a la consulta del profesional.
Con Unobravo, cada sesión tiene un precio fijo y accesible de 45 € y también puedes hablar con tu psicólogo cuando estés de viaje, de vacaciones o en una pausa del trabajo, sin dedicar tiempo y dinero a desplazamientos.
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¿Cuánto dura un proceso de terapia individual?
La decisión de cuánto dura un proceso terapéutico la tomaréis entre tu psicólogo y tú: cada persona es única y también lo es el viaje hacia tu bienestar psicológico.
¿Cómo puedo saber si necesito hacer terapia?
Cada proceso terapéutico es único y la motivación o la necesidad de empezar a hacer terapia depende de cada uno. Es importante recordar que ir a terapia no solo ayuda a afrontar dificultades y a tratar trastornos, también es un apoyo para quienes desean emprender un proceso de crecimiento personal y proporciona herramientas y estrategias útiles para mejorar el bienestar cotidiano.
Es importante recordar que hacer terapia es una forma de autocuidado y no un signo de debilidad, así que no es necesario esperar a estar al límite para pedir ayuda.
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