Emigrado de primera generación entre dos países: ¿cómo recuperar un sentido de pertenencia?

Ya no me siento en casa en ningún sitio.
Es como si viviera a medias entre dos vidas.

Dejaste tu país siendo adulto, quizás sin una comunidad de compatriotas que te esperara ya allí. Construiste todo desde cero, desde las amistades hasta las costumbres; has pasado por los nuevos puntos de referencia. Sin embargo, con el paso del tiempo, puede que notes que también te has alejado del lugar del que partiste. Ese país ha cambiado y ya no coincide con el recuerdo que conservabas de él.

Al mismo tiempo, el contexto en el que vives puede que todavía no te haga sentir plenamente reconocido/a como parte de la comunidad. Así puede surgir una sensación de suspensión, como si el lugar del que procedes ya no te perteneciera del todo y el lugar en el que vives todavía no se hubiera convertido de verdad en tu casa.

No se trata de una nostalgia pasajera, sino de una oscilación constante entre dos mundos, dos lenguas, dos formas de sentirse en casa que nunca llegan a solaparse del todo. Es una identidad suspendida, difícil de nombrar y de explicar a quien no la ha vivido.

Si te sientes identificado/a con estas palabras, debes saber que esta experiencia es más común de lo que piensas.

Las posibles causas

Las raíces de un sentido de pertenencia suspendido

Mi país ha cambiado y ya no lo reconozco.
Aquí todavía me ven como el extranjero.

Entender de dónde nace esta sensación de desorientación puede no ser inmediato. Explorar las raíces de un sentido de pertenencia tan fragmentado puede resultar más sencillo con la ayuda de un psicólogo o una psicóloga experto/a en temas interculturales, que puede ofrecerte herramientas para poner nombre a lo que sientes.

Mientras tanto, exploremos juntos algunas posibles razones que pueden estar detrás de esta identidad suspendida entre dos países.

La identidad como proceso en movimiento

  • La identidad no es un dato fijo que recibimos al nacer, sino algo que se construye y se transforma de manera constante en el encuentro con nuevos contextos y nuevas personas.
  • Vivir entre dos culturas puede significar atravesar este proceso de un modo especialmente intenso, sin encontrar con facilidad modelos de referencia compartidos.
  • La necesidad de adaptar de manera constante tu forma de expresarte y de relacionarte, según el entorno en el que te encuentres, puede hacer más difícil reconocerte en una sola imagen de ti mismo/a.

Dos países que cambian sin ti

  • El país de origen también cambia mientras estás lejos. Las personas, las costumbres y los referentes compartidos se transforman con el tiempo, y al volver puede que tengas la sensación de encontrar un lugar distinto al que recordabas.
  • El país que te acoge, incluso después de muchos años, puede percibirte como "extranjero/a", sin reconocer del todo tu pertenencia.
  • La falta de una comunidad de compatriotas puede quitarte esa red de solidaridad y reconocimiento mutuo que, por lo general, ayuda a asimilar la adaptación.

El dilema entre asimilarse y resistir

  • Asimilarse por completo a la cultura de acogida y renunciar a tu historia no siempre resuelve el malestar, lo que además puede alejarte de una parte importante de ti mismo/a.
  • Mantenerte rígidamente fiel a la identidad de origen, sin abrirte al nuevo contexto, puede dificultar una integración auténtica y aumentar el aislamiento.
  • Encontrarte en suspenso entre estos dos polos, sin un camino claro, puede alimentar la sensación de no pertenecer a ninguno de los dos mundos.
Perspectiva clínica
Los momentos difíciles parecen absorber toda nuestra energía, pero los retos y los problemas no definen nuestro valor personal. Darte tiempo para conocer mejor tus recursos, sin buscar una solución inmediata, y pedir ayuda a un profesional cuando lo necesites son los primeros pasos hacia un cambio positivo.
Momentos de la vida cotidiana

Situaciones en las que puedes sentirte identificado/a

Cuando vuelvo, los amigos hablan de cosas que no conozco.
En las fiestas de aquí siempre me siento un poco fuera de lugar.

El sentido de identidad suspendida rara vez se manifiesta con grandes acontecimientos. Con más frecuencia surge en pequeños momentos cotidianos, casi imperceptibles para los demás pero muy presentes para quien los vive.

Estas son algunas situaciones concretas en las que puede que te sientas identificado/a.

El regreso que ya no es un regreso

  • Volver al país natal después de años y sentirte extranjero/a, sin reconocer ya costumbres, expresiones o dinámicas sociales que antes te resultaban familiares.
  • Hablar tu lengua de origen con amigos o familiares y darte cuenta de que has perdido naturalidad, mezclando sin querer expresiones de la lengua del país en el que vives ahora.
  • Percibir en las personas que se quedaron una distancia sutil, como si tu partida hubiera creado un espacio que nunca se ha vuelto a cerrar.

La distancia en el país de acogida

  • Participar en eventos o fiestas locales y sentir de todos modos una sensación de extrañeza, como si nunca llegaras a pertenecer del todo al grupo.
  • Sentirte incómodo/a al contar a compañeros o conocidos episodios de tu infancia, ya que percibes que ciertos matices culturales son incomprensibles para ellos.
  • Tener dificultades para construir amistades profundas de adulto/a, en un contexto donde las personas ya tienen sus redes consolidadas.

Una identidad híbrida en busca de escucha

  • Notar que tus referentes culturales, desde la música hasta las noticias y las fechas señaladas, son ya una mezcla que no encuentra plena escucha ni en un lado ni en el otro.
  • Vivir con la sensación de tener que adaptarte de manera constante, modificar comportamientos y discursos según quién tengas delante.
  • Tener dificultades para responder a la pregunta "¿de dónde eres?", porque ninguna respuesta te parece del todo completa.
Un momento para parar
¿Te reconoces en alguna de estas situaciones?

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Posibles caminos

Cómo recuperar un sentido de pertenencia

Conocí a otros expatriados e me sentí menos solo
Hablarlo con mi psicóloga me dio alivio
1

Aceptar la idea de una identidad en movimiento

Puedes intentar considerar tu identidad no como algo que defender o recuperar intacto, sino como un proceso que cambia contigo. Sentirte distinto/a de cómo eras antes de partir no es una pérdida, sino una parte natural del proceso que has atravesado.

2

Cultivar ambas pertenencias sin tener que elegir una

En lugar de sentirte obligado/a a elegir entre el país que dejaste y el país en el que vives, puede ser útil reconocer que ambas experiencias forman ya parte de tu historia. Mantener algunas costumbres, tradiciones o formas de expresarte ligadas a tus orígenes, sin renunciar a los nuevos referentes construidos con el tiempo, puede favorecer un sentido de continuidad y de pertenencia. De esta combinación puede nacer una síntesis personal que solo te pertenece a ti.

3

Buscar personas con experiencias similares

Puedes encontrar pequeños espacios de intercambio con otras personas que viven una doble pertenencia, aunque no sean compatriotas tuyos. Quien ha vivido una experiencia migratoria a menudo comprende esa sensación de desorientación sin necesidad de muchas explicaciones.

4

Dar voz a tu historia migratoria

Contar tu proceso, en lugar de mantenerlo oculto o vivirlo con vergüenza, puede ayudarte a sentirlo como una parte valiosa de lo que eres. Tu historia no es algo que minimizar, sino una base sobre la que asentar una pertenencia más sólida.

5

Hacer espacio a la ambivalencia

Estar entre dos mundos genera una tensión que no siempre se puede disolver del todo, y está bien que así sea. Puedes intentar aceptar esta oscilación sin vivirla necesariamente como un conflicto que resolver de manera definitiva.

6

Valorar la posibilidad de iniciar un proceso de psicoterapia

Cuando la sensación de desorientación se vuelve constante y te limita en la vida cotidiana, el acompañamiento de un psicólogo o una psicóloga puede ofrecerte un espacio en el que sentirte acogido/a y sostenido/a. No hace falta esperar a que la situación se vuelva muy pesada para pedir ayuda.

Empezar a hacer terapia puede ofrecerte un espacio para explorar tu experiencia, entender mejor cómo se ha transformado tu sentido de pertenencia y encontrar nuevas formas de integrar las distintas partes de tu identidad. Un psicólogo experto en temas interculturales puede acompañarte a dar significado a lo que vives.

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Una mirada de conjunto

Redefinir el sentido de hogar

Casa se ha convertido en donde elijo estar bien.
Poco a poco encuentro mi equilibrio.

La identidad suspendida entre dos países no es un defecto personal, sino una condición compartida por muchas personas que viven una experiencia migratoria prolongada y sin redes de referencia inmediatas.

El sentido de hogar puede construirse a través de relaciones, costumbres y significados que eliges de manera consciente. No se trata de elegir entre las dos culturas, sino de encontrar un equilibrio personal en el que puedan convivir.

Redefinir tu sentido de pertenencia requiere tiempo y puede atravesar momentos de mayor o menor equilibrio. Reconocer lo que has vivido como parte de una historia más amplia puede ayudar a aliviar el peso de la soledad.

Si sientes que este esfuerzo pesa sobre tu bienestar, valorar el acompañamiento de un psicólogo o una psicóloga puede ser una forma amable de cuidarte y recuperar, poco a poco, tu sentido de pertenencia.

El siguiente paso, si te sientes preparado/a

La terapia psicológica no es solo para quienes atraviesan una crisis, es un espacio de escucha para cuidar de tu bienestar mental.

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FAQ

Preguntas frecuentes

Esta sensación surge porque el país de origen cambia mientras estás lejos: las personas, las costumbres y los referentes compartidos se transforman con el tiempo, y al volver puede que tengas la sensación de encontrar un lugar distinto al que recordabas. Al mismo tiempo, el país que te acoge, incluso después de muchos años, puede percibirte como extranjero/a, sin reconocer del todo tu pertenencia. Así puede surgir una sensación de suspensión, como si el lugar del que procedes ya no te perteneciera del todo y el lugar en el que vives todavía no se hubiera convertido de verdad en tu casa.

El sentido de identidad suspendida rara vez se manifiesta con grandes acontecimientos; con más frecuencia surge en pequeños momentos cotidianos. Entre ellos está volver al país natal después de años y sentirte extranjero/a, sin reconocer ya costumbres o expresiones familiares, o hablar tu lengua de origen y darte cuenta de que has perdido naturalidad. También puedes participar en eventos locales y sentir una sensación de extrañeza, como si nunca llegaras a pertenecer del todo al grupo, o tener dificultades para responder a la pregunta de dónde eres, porque ninguna respuesta te parece del todo completa.

Sí, puedes intentar considerar tu identidad no como algo que defender o recuperar intacto, sino como un proceso que cambia contigo. Sentirte distinto/a de cómo eras antes de partir no es una pérdida, sino una parte natural del proceso que has atravesado. La identidad no es un dato fijo que recibimos al nacer, sino algo que se construye y se transforma de manera constante en el encuentro con nuevos contextos y nuevas personas, y vivir entre dos culturas puede significar atravesar este proceso de un modo especialmente intenso.

Asimilarse por completo a la cultura de acogida y renunciar a tu historia no siempre resuelve el malestar y puede alejarte de una parte importante de ti mismo/a. Mantenerte rígidamente fiel a la identidad de origen, sin abrirte al nuevo contexto, puede en cambio dificultar una integración auténtica y aumentar el aislamiento. Encontrarte en suspenso entre estos dos polos, sin un camino claro, puede alimentar la sensación de no pertenecer a ninguno de los dos mundos. Puede ser útil, en cambio, reconocer que ambas experiencias forman ya parte de tu historia y mantener algunas costumbres ligadas a los orígenes sin renunciar a los nuevos referentes construidos con el tiempo.

Puedes cultivar ambas pertenencias sin tener que elegir una, mantener algunas costumbres o tradiciones ligadas a tus orígenes junto con los nuevos referentes construidos con el tiempo, para favorecer un sentido de continuidad. También puede ayudarte encontrar pequeños espacios de intercambio con otras personas que viven una doble pertenencia, y dar voz a tu historia migratoria en lugar de mantenerla oculta. El sentido de hogar puede construirse a través de relaciones, costumbres y significados que eliges de manera consciente; no se trata de elegir entre las dos culturas sino de encontrar un equilibrio personal en el que puedan convivir.

Cuando la sensación de desorientación se vuelve constante y te limita en la vida cotidiana, el acompañamiento de un psicólogo o una psicóloga puede ofrecerte un espacio en el que sentirte acogido/a y sostenido/a. No hace falta esperar a que la situación se vuelva muy pesada para pedir ayuda: un proceso terapéutico puede ayudarte a explorar tu experiencia, entender mejor cómo se ha transformado tu sentido de pertenencia e encontrar nuevas formas de integrar las distintas partes de tu identidad, con la ayuda de quien es experto/a en temas interculturales.

Preguntas frecuentes sobre la terapia

Con Unobravo puedes realizar terapia psicológica individual o terapia de pareja, en función de tus necesidades. Por ejemplo, la terapia individual después de una infidelidad puede ser útil para mejorar la comunicación y afrontar los retos personales que influyen en las dinámicas relacionales. Tras una infidelidad, optar por la terapia individual o de pareja depende de las necesidad de cada uno.

Un proceso de terapia individual puede ofrecer un espacio seguro para explorar tus emociones y comportamientos junto a un profesional de la salud mental.

Aunque no siempre sea fácil saber cómo encontrar apoyo y empezar un proceso terapéutico, con Unobravo no tendrás que preocuparte de cómo elegir un psicólogo. Solo necesitas rellenar el cuestionario y, en la primera cita gratuita, conocer al psicólogo que te haya sido asignado entre los psicólogos y psicólogas de Unobravo.

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El precio del psicólogo presencial puede variar mucho, sin contar con el tiempo y el coste que supone desplazarse a la consulta del profesional.

Con Unobravo, cada sesión tiene un precio fijo y accesible de 45 € y también puedes hablar con tu psicólogo cuando estés de viaje, de vacaciones o en una pausa del trabajo, sin dedicar tiempo y dinero a desplazamientos.

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La decisión de cuánto dura un proceso terapéutico la tomaréis entre tu psicólogo y tú: cada persona es única y también lo es el viaje hacia tu bienestar psicológico.

Cada proceso terapéutico es único y la motivación o la necesidad de empezar a hacer terapia depende de cada uno. Es importante recordar que ir a terapia no solo ayuda a afrontar dificultades y a tratar trastornos, también es un apoyo para quienes desean emprender un proceso de crecimiento personal y proporciona herramientas y estrategias útiles para mejorar el bienestar cotidiano.

Es importante recordar que hacer terapia es una forma de autocuidado y no un signo de debilidad, así que no es necesario esperar a estar al límite para pedir ayuda.

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