El lenguaje es la principal herramienta de comunicación de los seres humanos. Se trata de una habilidad específica de cada especie basada en una compleja red de símbolos socialmente compartidos. El lenguaje nos permite comunicar nuestros sentimientos, expresar pensamientos sobre el mundo y comprender los motivos de los demás.
Según el psicólogo estadounidense Michael Tomasello, el aprendizaje del lenguaje se produce a través de la interacción con los demás. La comunicación, de hecho, tiene lugar dentro de un grupo, lo que forma la base de las relaciones interpersonales. El primer grupo social en el que interactúa un bebé es su familia y sus cuidadores, que desempeñan un papel fundamental en el desarrollo del lenguaje del niño.
También se ha demostrado que el entorno familiar ejerce un mayor impacto en el desarrollo del niño en los primeros años de vida que la educación temprana y otros determinantes sociales como la ocupación y el nivel de educación de los padres (Tamburlini, 2023).
Los precursores del desarrollo del lenguaje
En las últimas décadas, numerosos estudiosos han explorado las conexiones entre el desarrollo del lenguaje y los factores sociocognitivos, donde destacan cómo estos últimos son fundamentales no solo para la evolución de las habilidades verbales, sino también de las gestuales.
Un aspecto especialmente relevante se refiere al hecho de que más del 80 % del desarrollo neuronal de los niños tiene lugar en los tres primeros años de vida, lo que subraya lo cruciales que son el entorno y la estimulación temprana para fomentar los precursores del lenguaje. Posteriormente, la investigación se centró en el origen del vínculo entre el desarrollo cognitivo y el del lenguaje, destacando la importancia de precursores específicos en el desarrollo de las habilidades lingüísticas (Pizzi y Giusti, 2020).
Capacidades perceptivas tempranas
La adquisición del lenguaje, según la psicología infantil, comienza a partir de las últimas semanas de gestación, cuando es posible que el feto perciba sonidos del mundo exterior. Varios estudios han demostrado que los recién nacidos poseen, ya al nacer, unas capacidades para percibir y procesar los estímulos del entorno mucho más desarrolladas de lo que se pensaba.
Algunos investigadores han señalado que los bebés son capaces de reconocer la voz de su madre al nacer. Los autores lo explican basándose en la experiencia que los bebés tienen durante la vida intrauterina. En efecto, entre las semanas 25 y 32 de gestación, el feto ya está expuesto a la voz humana y la cóclea está desarrollada de tal manera que puede reconocer los sonidos de baja frecuencia (Beauchemin et al., 2011).
Alternancia de turnos y atención compartida
Las primeras interacciones se producen en el seno de la pareja cuidador-niño. Numerosos estudios han demostrado que, desde el nacimiento, los niños tienen una predisposición innata a sentirse atraídos por estímulos sociales como los rostros humanos. Las comunicaciones dentro de la díada se denominan "protoconversaciones" y se caracterizan por:
- intercambios de tono afectivo positivo,
- ritmo y regularidad.
Estos elementos ayudan al niño a aprender y respetar la alternancia de turnos. La familia tiene la tarea de gestionar y modular estos intercambios comunicativos, respetando los ritmos biológicos del niño. Además, se ha observado que si las respuestas del adulto están en sintonía con las expresiones del niño, este es capaz de discriminar las regularidades fonológicas del habla y utilizarlas para modificar sus propios balbuceos.
Alrededor de los 9-12 meses de edad, surge el compartir la atención sobre un objeto concreto con otra persona. Al final del primer año de vida, la capacidad de encontrar un objeto siguiendo la línea de la mirada de otra persona se convierte en una actividad coordinada y controlada.
De hecho, los niños, cuando participan en una actividad lúdica con un adulto, controlan su foco atencional alternando la mirada entre el objeto y el adulto. Así que la estimulación adecuada en el juego también puede favorecer el desarrollo óptimo del lenguaje.
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Gestos comunicativos
Al final del primer año de vida (9-12 meses), los niños empiezan a utilizar gestos para expresar sus intenciones comunicativas: señalan, muestran y hacen peticiones ritualizadas. En particular, se ha demostrado la importancia del gesto indicador en el desarrollo del lenguaje y en la interacción del niño con los adultos de referencia.
Concretamente, el gesto de señalar del niño estimula respuestas en el adulto: en un estudio realizado por el psicólogo E.F. Masur en 1982, se demostró que cuanto más frecuentes son las respuestas relacionadas con los objetos o situaciones que señala el niño, mayor es el número de palabras que aprende.
El papel del input familiar en el desarrollo del lenguaje
Analizar el lenguaje utilizado por los adultos durante los intercambios interactivos con los niños es crucial para arrojar luz sobre los factores sociales y familiares que afectan al desarrollo del lenguaje. Un aspecto central que ha surgido en estudios recientes es la crianza receptiva, es decir, la capacidad de los padres para captar las necesidades del niño y responder con interés y afecto, lo cual es crucial no solo para el desarrollo del lenguaje, sino también para las habilidades socioemocionales (Tamburlini, 2023).
Desde los estudios realizados en la década de 1970, también se ha constatado que el lenguaje utilizado por los adultos durante los intercambios comunicativos con los niños pequeños difiere del típico de las conversaciones adultas, lo que subraya la importancia de una interacción adaptada a las necesidades del niño.
Así, se identificó un código lingüístico especial denominado baby talk, una simplificación del lenguaje adulto, que es muy importante en el intercambio comunicativo con el niño. El uso de frases cortas con múltiples repeticiones ayuda al niño a aprender más palabras.
Sintonizar con el niño
Hemos visto cuáles son algunas habilidades innatas que los niños ya poseen antes de nacer y, posteriormente, la importancia de la estimulación ambiental y familiar en el desarrollo del lenguaje.
La llegada de un hijo siempre conlleva grandes cambios que a veces pueden ser difíciles de manejar. Es importante que los padres estén en buena sintonía con el niño, ya que factores como el estrés, la ansiedad o la depresión, pueden interferir negativamente en el desarrollo del lenguaje de los hijos. Armarse de valor y pedir ayuda desde el punto de vista psicológico (por ejemplo, iniciando una formación parental) puede ser el primer paso para sentirse mejor y poder apoyar a los hijos en su desarrollo psicoemocional y cognitivo.
Trastornos del lenguaje: definición y clasificación clínica
Los trastornos del lenguaje representan una de las dificultades más frecuentes en la infancia y pueden manifestarse con distintos niveles de gravedad. Según el DSM-5-TR (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, quinta edición revisada), los trastornos del lenguaje se caracterizan por una alteración significativa en la adquisición y el uso del lenguaje, que puede afectar tanto a la comprensión como a la expresión.
Los principales tipos de trastornos del lenguaje son:
- Trastorno del lenguaje: alteración en el desarrollo y uso del lenguaje, tanto expresivo como receptivo. Se manifiesta por un vocabulario reducido, estructuras gramaticales simplificadas y dificultad para producir un discurso complejo y coherente.
- Trastorno fonológico: se manifiesta con dificultades en la articulación de los sonidos, lo que puede dificultar la comprensión del lenguaje.
- Trastorno de la comunicación social (pragmática): el niño tiene dificultades para utilizar el lenguaje adecuadamente en distintos contextos sociales, por ejemplo, para respetar los turnos de conversación o comprender las reglas implícitas de la comunicación.
- Trastorno de la fluidez de inicio en la infancia (tartamudeo): presenta alteraciones en la fluidez y el patrón al hablar que causa malestar o limitaciones funcionales.
Estos trastornos pueden tener un impacto significativo en el desarrollo emocional, social y educativo del niño, por lo que es esencial un diagnóstico precoz y una intervención específica.

Factores de riesgo y consecuencias de los trastornos del lenguaje
Varios factores de riesgo pueden contribuir a la aparición de trastornos del lenguaje. Entre los más relevantes, según la literatura científica, se encuentran:
- Factores genéticos: la presencia de trastornos del lenguaje en la familia puede aumentar la probabilidad de que el niño desarrolle dificultades similares.
- Complicaciones perinatales: el nacimiento prematuro, el bajo peso al nacer o el sufrimiento neonatal pueden afectar al desarrollo neurológico y del lenguaje.
- Entorno lingüístico deficiente: una exposición deficiente a estímulos verbales, como pocas oportunidades de diálogo o lectura compartida, puede ralentizar la adquisición del lenguaje.
- Otros trastornos del neurodesarrollo: afecciones como el trastorno del espectro autista o el trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH) pueden asociarse a dificultades del lenguaje.
Las consecuencias de los trastornos del lenguaje pueden extenderse más allá de la esfera comunicativa, lo que afectaría:
- El aprendizaje escolar: dificultades para leer, escribir y comprender textos.
- Las relaciones sociales: problemas para establecer y mantener amistades, riesgo de aislamiento.
- Bienestar emocional: mayor vulnerabilidad a la frustración, baja autoestima y ansiedad.
Según una publicación en la revista Lancet Child & Adolescent Health en 2021, los niños con trastornos del lenguaje tienen un mayor riesgo de desarrollar dificultades emocionales y de comportamiento a medida que crecen.
La importancia del enfoque multidisciplinar
El tratamiento de los trastornos del lenguaje puede requerir un enfoque multidisciplinar, en el que intervienen varias figuras profesionales:
- Logopeda: es el profesional especializado en la evaluación y el tratamiento de las dificultades del lenguaje. A través de actividades específicas, puede ayudar al niño a mejorar sus habilidades comunicativas.
- Neuropsiquiatra infantil: se ocupa del diagnóstico y la evaluación global del desarrollo, lo que permite identificar posibles comorbilidades o afecciones asociadas.
- Psicólogo: puede apoyar al niño y a la familia en la gestión de las emociones y dificultades relacionales que pueden derivarse del trastorno.
- Profesores y educadores: colaboran con la familia y los profesionales sanitarios para promover la inclusión escolar y adaptar las estrategias de enseñanza.
La familia desempeña un papel central en el proceso de rehabilitación, a través de su participación activa en las actividades propuestas y al brindar apoyo al niño en la vida diaria. La colaboración entre todos los agentes implicados es esencial para promover un desarrollo armonioso y fomentar el bienestar del niño.
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