Puede ocurrir en un momento aparentemente cualquiera. Una madre mira a su hija y le pregunta quién es. Un padre usa el nombre de otra persona para dirigirse al hijo que tiene delante.
O puede que el reconocimiento siga ahí, pero algo en la relación ha cambiado. Ya no podemos contar una preocupación como antes, pedir un consejo, recordar juntos un episodio familiar ni apoyarnos en esa persona del mismo modo en que lo hicimos durante años.
Quien cuida a una persona con Alzheimer puede vivir así una experiencia difícil de explicar: echar de menos a alguien que todavía está presente.
No es simplemente cansancio y no coincide con lo que solemos llamar caregiver burden (la sobrecarga del cuidador). Junto al desgaste concreto de cuidar puede desarrollarse un verdadero proceso de duelo que empieza mucho antes de la muerte. De hecho, la literatura habla de pre-death grief o duelo anticipado en los familiares de personas con demencia, ligado a las muchas transformaciones que afectan a la persona, a la relación y al papel de quien cuida a lo largo de la enfermedad (Dehpour y Koffman, 2023; Quartermaine et al., 2026).
Es un duelo particular porque no existe un momento preciso en el que se produce la pérdida. Hay, más bien, muchas pequeñas pérdidas sucesivas, alternadas con momentos en los que la persona amada parece de pronto cercana de nuevo. Y es justo esta oscilación lo que lo hace tan complejo.
El duelo ambiguo: cuando presencia y ausencia conviven
La psicóloga e investigadora Pauline Boss utilizó el concepto de duelo ambiguo para describir aquellas situaciones en las que no existe una separación clara entre presencia y ausencia. En las demencias puede darse una condición especialmente dolorosa: la persona está físicamente presente, mientras que algunos de los rasgos que siempre nos han permitido reconocerla —memoria compartida, autonomía, formas de comunicación, reconocimiento, reciprocidad— pueden modificarse poco a poco (Boss, 2011).
Esto no significa que la persona con Alzheimer “ya no esté”. Reducirla a la enfermedad o considerarla ya ausente sería profundamente injusto. Además, no captaría la complejidad real de la relación. Significa, más bien, reconocer que el vínculo debe reorganizarse de manera constante mientras la persona sigue presente, y que este proceso puede conllevar pérdidas reales.
Una hija puede tener aún a su madre delante y, al mismo tiempo, echar de menos a la madre a la que llamaba por teléfono para contarle lo que le había pasado. Un marido puede seguir cuidando de su mujer y darse cuenta de que algunas formas de complicidad construidas en décadas de vida en común ya no están disponibles del mismo modo. El dolor nace precisamente de la coexistencia de estas dos realidades: la persona está y el vínculo continúa, pero algo de lo que ese vínculo fue ya no se puede alcanzar.
No existe, por tanto, una línea clara entre el “antes” y el “después”, porque la relación cambia mientras continúa.

Un duelo hecho de muchas pérdidas, no de un único adiós
En el duelo tras una muerte existe, por doloroso que sea, un acontecimiento que marca con claridad la pérdida. En el proceso del Alzheimer, en cambio, la transformación es progresiva y a menudo impredecible: algunas capacidades disminuyen, mientras que otras se mantienen durante mucho tiempo. Puede haber días en los que la persona parece más presente y otros en los que la distancia se vuelve de pronto enorme.
La investigación sobre el duelo anticipado en los cuidadores describe precisamente esta experiencia como una sucesión de cambios que afectan a la relación, a la identidad familiar, a la autonomía y a las expectativas de futuro. Una revisión sistemática reciente identificó entre los temas centrales la reconfiguración de la relación, el convivir con la incertidumbre y la pérdida, y el intento de quien cuida de preservar, junto con los cuidados, también su identidad (Quartermaine et al., 2026).
Lo que se pierde pueden ser cosas aparentemente pequeñas, pero enormes en lo emocional: una conversación, una costumbre compartida, la posibilidad de pedir una opinión, una forma particular en que alguien nos llama. Por eso un episodio como el de no ser reconocido puede adquirir un significado que va mucho más allá de ese momento. No tiene que ver solo con la memoria dañada por la enfermedad, sino que puede tocar una pregunta dolorosa: ¿qué queda de nosotros, si ya no recuerdas quién soy?
Y, sin embargo, el vínculo no coincide únicamente con la memoria autobiográfica. Pueden permanecer la familiaridad, las emociones, los gestos, las sensaciones de seguridad, las formas de relacionarse que no exigen necesariamente que todo se recuerde o se nombre. Para el familiar, no obstante, aprender a reconocer una forma distinta de relación puede llevar tiempo y conllevar un dolor que merece ser reconocido.
“Pero si todavía está aquí”: la soledad de un dolor que los demás apenas ven
Uno de los aspectos más difíciles de este duelo es que puede recibir menos reconocimiento social que otras formas de pérdida.
Cuando fallece una persona amada existen palabras, rituales y normas sociales que reconocen, al menos en parte, lo que ha ocurrido. Los demás saben que estamos en duelo, cuentan con que podamos estar frágiles y, al menos al principio, tienden a ofrecernos cercanía.
Cuando la persona sigue viva, todo esto es mucho menos claro.
Quien cuida puede sentir tristeza, rabia, nostalgia o sensación de pérdida y, al mismo tiempo, pensar que no tiene derecho a sentirse así: “¿Cómo puedo decir que la echo de menos si está aquí, delante de mí?”. También el entorno puede centrarse sobre todo en los aspectos prácticos de los cuidados —visitas, tratamientos, organización familiar— y dejar mucho menos espacio a lo que le está pasando emocionalmente al familiar.
Una revisión sistemática dedicada precisamente al entorno social de los cuidadores mostró que la experiencia del duelo antes de la muerte está influida no solo por la progresión de la demencia, sino también por las relaciones familiares, la comunidad, los servicios y el acompañamiento disponible (Ng et al., 2025).
La soledad, por tanto, puede surgir no simplemente de tener que cuidar a alguien, sino de no sentirnos autorizados a llamar pérdida a lo que estamos perdiendo.

Querer a alguien y sentir también rabia, alivio o ganas de huir
El duelo ligado al Alzheimer no produce solo tristeza; puede contener sentimientos mucho más difíciles de aceptar, precisamente porque se dirigen hacia una persona amada y enferma.
Estos son algunos ejemplos de esa complejidad emocional:
- podemos sentir rabia ante una pregunta repetida decenas de veces y, justo después, sentirnos culpables por habernos irritado;
- podemos desear unas horas lejos de los cuidados e interpretar ese deseo como egoísmo;
- puede aparecer nostalgia de la persona “de antes”, acompañada de la vergüenza de formular siquiera este pensamiento;
- en algunos momentos puede haber incluso alivio cuando otra persona asume de manera temporal la tarea de cuidar, seguido de un sentimiento de culpa porque ese alivio parece incompatible con el amor.
En realidad, la complejidad emocional no mide la calidad del vínculo. Cuidar de alguien durante un periodo largo, mientras la relación atraviesa transformaciones profundas, expone inevitablemente a emociones contradictorias. Las revisiones más recientes sobre el duelo anticipado de los cuidadores describen precisamente la interacción entre la pérdida relacional, el estrés de cuidar, el sufrimiento emocional y los recursos disponibles para afrontarlo (Wangliu y Che, 2025).
Reconocer la rabia o el cansancio no significa querer menos, sino evitar que la idea de cómo debería sentirse un “buen familiar” se convierta en una carga más que soportar.
El dolor de convertirnos en alguien distinto para la persona que amamos
La enfermedad puede modificar también los roles que durante años han organizado una familia: un hijo puede verse poco a poco tomando decisiones por el padre o la madre que en su día decidía por él.
Un cónyuge, en cambio, puede pasar de tener al lado a una pareja con quien compartir responsabilidades a convertirse en la persona que gestiona casi por completo el día a día.
Este cambio no es solo práctico, sino que toca en profundidad la identidad de la relación. Ser hijos y, al mismo tiempo, tener que cuidar de un padre o una madre puede generar una sensación difícil de integrar. Del mismo modo, seguir siendo marido o mujer y darse cuenta de que la reciprocidad de la pareja está cambiando puede producir una forma de soledad específica. La persona a la que durante años habríamos recurrido en los momentos difíciles es, ahora, justo aquella de la que hay que ocuparse.
Quien cuida no solo asiste, por tanto, a la transformación de la persona amada. Además, tiene que redefinir constantemente quién es dentro de esa relación.
No hay que esperar a la muerte para reconocer el duelo
Hablar de duelo antes de la muerte puede parecer duro, casi como si significara rendirse a la enfermedad o dejar de ver a la persona que sigue presente. En realidad puede tener el significado opuesto: dar dignidad a lo que los familiares atraviesan sin negar el valor de la relación que continúa.
Los estudios muestran ya con claridad que el pre-death grief es una dimensión importante de la experiencia de muchos cuidadores de personas con demencia, aunque su intensidad y sus formas varían mucho de una persona a otra (Dehpour y Koffman, 2023; Ng et al., 2025).
Dar un nombre a este dolor permite también dejar de considerarlo un fracaso personal. No es necesario elegir entre estar agradecidos porque una persona sigue con nosotros y sufrir por lo que está cambiando; ambas experiencias pueden existir a la vez.
Desde este sentido, el acompañamiento psicológico puede ofrecer un espacio en el que expresar también lo que resulta difícil decir en familia: la rabia, la nostalgia, el miedo al futuro, el sentimiento de culpa, el cansancio y la dificultad de reconocer a la persona que amamos dentro de las transformaciones que impone la enfermedad. También el apoyo social tiene un papel importante: revisiones recientes indican que los recursos familiares, de amistad y comunitarios pueden atenuar la experiencia del duelo anticipado, mientras que el aislamiento puede hacerla más difícil (Ng et al., 2025; Wangliu y Che, 2025).
No se trata de aprender a “no sufrir”, sino de no vernos obligados a cargar con ese dolor como si no existiera.

Perder y seguir amando pueden ocurrir en el mismo momento
Quizá uno de los aspectos más dolorosos del Alzheimer es precisamente la ausencia de un único adiós. Podemos encontrarnos despidiéndonos muchas veces de algo que cambia: una capacidad, un recuerdo compartido, una costumbre, un rol familiar. Y, mientras atravesamos estas pérdidas, la relación continúa y pide nuevas formas de cercanía.
Por eso el dolor de quien cuida no debería reconocerse solo cuando la persona muere, sino que puede empezar mucho antes. Puede aparecer el día en que una madre no recuerda un nombre, o cuando un padre ya no sabe dónde está. Puede aparecer también cuando un cónyuge se da cuenta de que una conversación que durante cuarenta años fue natural hoy ya no es posible del mismo modo.
Son pérdidas que no borran a la persona ni borran el amor, pero siguen siendo pérdidas reales. Reconocerlas significa permitir a quien cuida decir una frase que puede parecer contradictoria y que, sin embargo, describe con gran precisión lo que vive: “Todavía está aquí y, aun así, ya echo de menos algunas partes de nuestra vida juntos”.
Quizá esa sea precisamente la naturaleza del duelo ambiguo: no tener que elegir entre presencia y ausencia, entre amor y dolor, entre lo que aún permanece y lo que ha cambiado. Significa aprender, día tras día, a habitar ambas realidades sin que ninguna de las dos tenga que borrar a la otra.






