Cada proceso terapéutico es un viaje único y significativo para el profesional y el paciente, marcado por descubrimientos personales, momentos de crecimiento, situaciones de impasse y, a veces, retos evolutivos.
Como sabemos, llega un momento en que el proceso puede tocar a su fin. Cada vez tenemos más claro que nuestro trabajo consiste en atravesar junto a nuestros pacientes una paradoja: “trabajar, sesión tras sesión, para que quienes acompañamos necesiten cada vez menos nuestra ayuda”.
En este artículo nos planteamos una pregunta: ¿sobre la base de qué reflexiones y contenidos podemos decidir interrumpir una terapia?
Este tipo de cierre, a menudo complejo y delicado, requiere una valoración cuidadosa por nuestra parte. Influye tanto en la persona atendida y en su sufrimiento (pensemos, por ejemplo, en pacientes sensibles al abandono) como en nosotros mismos, en la percepción de autoeficacia profesional, que conviene proteger con honestidad y ética, también como prevención primaria del llamado burnout del psicólogo.
En este artículo exploramos algunas dinámicas de decisión que pueden llevarnos a concluir un ciclo terapéutico, teniendo en cuenta las señales de progreso en la alianza terapéutica, la estabilidad emocional del paciente y los resultados del proceso psicoterapéutico (o los objetivos, según el enfoque que utilicemos).
La interrupción de la terapia como motor de cambio
Proponemos considerar este camino no solo como un momento terapéutico en sentido pleno, sino también como una herramienta de la práctica clínica cargada de significados y potencial, no menos que la continuación del proceso.
Nuestra decisión de cerrar una psicoterapia puede convertirse en motor de cambios positivos y de crecimiento para nosotros y para las personas que atendemos. Sabemos que trabajar sobre la “sintaxis” es importante: cuando ponemos un punto y cerramos un periodo, podemos extraer un sentido y un significado personal y relacional, algo sobre lo que también podemos sensibilizar a nuestros pacientes durante el procesamiento de una interrupción de la terapia.
En este camino estamos llamados, de forma directa e indirecta, a analizar bien las motivaciones, las resonancias y las relaciones objetales de las personas que acompañamos en ese momento del proceso, así como nuestro propio momento vital y sus resonancias dentro de ese proceso.
Pensemos por un momento en extender el concepto de psique a la relación y dejar a un lado, durante un rato, las valencias y resonancias de la “psique” interna del psicólogo y del paciente.
¿Por qué un psicólogo decide interrumpir la terapia?
En los últimos años, la literatura científica sobre psicoterapia ha prestado una atención creciente al fenómeno de la interrupción del tratamiento por parte del psicólogo.
Las razones por las que un psicólogo puede decidir interrumpir la psicoterapia con un paciente son multifactoriales y complejas, e incluyen factores éticos, deontológicos y clínicos.
Según las investigaciones más recientes, entre ellas un estudio publicado en 2009 (Davis y Younggren) en Professional Psychology: Research and Practice, crece la atención hacia la importancia del interés superior del paciente y el reconocimiento, por fortuna, de los límites del psicólogo.
Se ha señalado que la decisión de interrumpir una terapia puede derivar de la necesidad de proteger al paciente de un proceso terapéutico ineficaz o dañino, o de la conciencia del psicólogo de no contar con las competencias necesarias para tratar determinadas dificultades del paciente.
Esto subraya la importancia de la supervisión clínica y de la formación continua para ayudarnos, como profesionales, a reconocer cuándo una interrupción es necesaria y a gestionarla de forma ética, respetuosa, humana y con criterio.
Estas reflexiones sugieren que la interrupción de la terapia, cuando se lleva a cabo con atención y reflexión, puede constituir un acto de responsabilidad profesional y una oportunidad para orientar al paciente hacia un proceso terapéutico más adecuado a sus necesidades, además de un momento de crecimiento y profundización para el propio psicólogo. Nada de esto es un error.
Las reflexiones sobre este tema han mostrado a menudo que la decisión de interrumpir la terapia puede favorecer en el psicólogo una percepción de ineficacia respecto a su intervención sobre los síntomas del paciente. Este aspecto es crucial, ya que insistir en un tratamiento ineficaz no solo prolonga el sufrimiento del paciente, sino que también puede minar la confianza en el propio proceso terapéutico.
Del mismo modo, es importante preservar la confianza de los pacientes para poder abrirse a otros profesionales y evitar que desarrollen desconfianza hacia los profesionales de la salud mental.
En el ámbito psicodinámico, donde la alianza terapéutica y la transferencia son elementos centrales, la interrupción puede ser necesaria si aparece una ruptura en la alianza que no se puede reparar, o si la transferencia se vuelve demasiado negativa y resistente al procesamiento, aunque siempre es deseable favorecer ese procesamiento y no tener prisa.
Aprendamos a sostener y a situar ese momento dentro de las vivencias de quien tenemos delante, y a observar con realismo si podemos ayudar a superarlas. En estos casos, como afirman Safran y Muran (2016), la falta de resolución de estas dificultades puede comprometer el proceso terapéutico y convertir la interrupción en una opción válida y, como decíamos, “terapéutica” para ambos, paciente y profesional.
Un aspecto fundamental de esta decisión se cruza con la responsabilidad profesional. El psicólogo debe procurar que la interrupción del proceso no suponga un daño para el paciente y que este se sienta sostenido y acompañado hacia la solución más adecuada a sus necesidades.
La literatura subraya la importancia de una comunicación clara y de una planificación cuidadosa para garantizar una transición eficaz. Esto reduce los riesgos de una interrupción brusca que pueda afectar negativamente al bienestar psicológico de las personas atendidas (Barrett et al., 2008)
La interrupción de la terapia según las diferentes escuelas de pensamiento
Las distintas escuelas de pensamiento en psicoterapia ofrecen perspectivas diferentes sobre la interrupción de la terapia, que reflejan sus teorías fundamentales sobre la naturaleza de la mente, la conducta y la relación terapéutica.
En la terapia cognitivo-conductual (TCC), la interrupción de la terapia puede entenderse en términos de objetivos terapéuticos y resultados medibles. Si un paciente no avanza como se esperaba o muestra falta de motivación o de adherencia, el psicólogo puede plantearse interrumpir la terapia o revaluar y modificar el plan terapéutico.
La interrupción también puede ser apropiada si el paciente alcanza los objetivos establecidos o si el psicólogo considera que otro enfoque resultaría más útil para abordar ciertos temas en ese momento.
Carl Rogers, fundador de la terapia centrada en el cliente, puso el acento en la autodeterminación del paciente. En este enfoque, la interrupción de la terapia se respeta como una elección autónoma del cliente, siempre que se hable de ella de forma abierta y honesta. En este sentido, puede ser útil, en la fase de encuadre, preguntar al paciente si, al ejercer su derecho a interrumpir, puede quedar disponible para una última sesión de cierre.
Rogers sostenía que el psicólogo tiene la función de ofrecer un entorno seguro y acogedor, que permita al cliente explorar sus sentimientos y decisiones, incluida la de interrumpir la terapia.
En la terapia Gestalt, la interrupción del tratamiento puede verse como una manifestación de incompletud en el proceso de crecimiento personal. El enfoque gestáltico se centra en la autoconciencia y en la integración de las partes de la personalidad. Si un paciente interrumpe la terapia, el psicólogo puede entender esa decisión como el reflejo de una necesidad no satisfecha o de una cuestión sin resolver que requiere una exploración más profunda.
Código deontológico e interrupción de la terapia
La interrupción de la psicoterapia también está contemplada por el código deontológico de la profesión. En España, el Código Deontológico del Consejo General de la Psicología (Consejo General de la Psicología de España, art. 26) recoge el deber de no prolongar de manera innecesaria un tratamiento ineficaz y, a la vez, de no abandonar al paciente: cuando el psicólogo considera que ya no se dan las condiciones para continuar o que el paciente no puede beneficiarse de forma adecuada del proceso, puede dar por concluida su intervención, siempre que procure orientarlo hacia otro profesional o recurso.
Es importante que esta decisión esté siempre motivada por razones clínicas y deontológicas, y que se comunique al paciente de forma clara y transparente.
Si retomamos la posición de las distintas escuelas, en la terapia sistémico-relacional, por ejemplo, la interrupción del proceso puede justificarse cuando se observa que la dificultad del paciente está enraizada en dinámicas familiares o de grupo que requieren un enfoque más centrado en sistemas más amplios, como la terapia familiar intensiva o la implicación de estructuras comunitarias (Minuchin, 1974).
En estos casos, la interrupción no se ve como un fracaso, sino como un paso necesario para reorientar al paciente hacia el tratamiento más adecuado.
Una revisión reciente de las guías éticas ha mostrado que estas deben evolucionar para tener en cuenta los nuevos retos terapéuticos, entre ellos la creciente diversificación de las modalidades de intervención y la necesidad de evaluaciones más frecuentes sobre la eficacia de la terapia.
Las implicaciones clínicas de la interrupción de la psicoterapia
Hay varios factores y señales que pueden alertarnos y llevarnos a plantear la interrupción de una terapia. Entre ellos, la falta de confianza por parte del paciente, que puede dificultar el tratamiento y conducir a situaciones de impasse terapéutico de las que no se consigue salir y para las que siempre recomendamos la intervisión y la supervisión.
Además, las vivencias y resonancias de los propios psicólogos también pueden influir de forma negativa en el proceso. En estos casos, es importante reconocer nuestros límites y nuestra historia personal, y valorar si conviene continuar o no. Podemos encontrar un aliento en la idea de que algunas experiencias emocionales con los pacientes son ocasiones para abordar también nuestras propias dificultades y volver a terapia. Nuestro trabajo es muy delicado y esa apertura se nos pide, de forma indirecta, como responsabilidad profesional.
Siguiendo con el tema, en el contexto de la terapia humanista y de la Gestalt, la interrupción de la terapia puede plantearse cuando el psicólogo considera que el paciente no experimenta un cambio auténtico o cuando el proceso experiencial no conduce a una mayor conciencia e integración (Yalom, 2002).
En este enfoque, la importancia del “aquí y ahora” y de la responsabilidad personal en el proceso terapéutico puede llevar a la decisión de interrumpir si el paciente no es capaz de implicarse por completo en el proceso.
La literatura clínica ha subrayado que la “ruptura” de la alianza terapéutica es una de las principales señales que indican la necesidad de revaluar la continuidad del tratamiento.
Un análisis realizado por Safran y Muran (2016) mostró que no reparar estas rupturas puede llevar a una escalada de las dificultades en la relación terapéutica, que convierte la interrupción en una decisión inevitable.
Además, la autoconciencia del psicólogo sobre sus propios límites, así como el manejo de sus reacciones emocionales hacia el paciente, son aspectos críticos que requieren una reflexión y una supervisión constantes (Eubanks-Carter, Muran y Safran, 2015).
También existen situaciones en las que la interrupción de la terapia viene determinada por factores externos, como la enfermedad del psicólogo o un traslado geográfico. En estos casos, es fundamental aprender a gestionar este paso como un proceso, orientarlo a reducir al mínimo el impacto negativo sobre el paciente y garantizar la continuidad del cuidado mediante la derivación a otro profesional.
Cómo gestionar y comunicar la interrupción al paciente
Comunicar la interrupción de la terapia al paciente es un paso delicado, que exige sensibilidad y profesionalidad. El psicólogo debe explicar los motivos de su decisión de forma clara y comprensible, y ayudar al paciente a interpretar esta interrupción no como un abandono, sino como una conclusión natural y necesaria del proceso.
Es posible que el paciente reaccione con sentimientos de decepción, tristeza o rabia, y es tarea del psicólogo acompañar estas emociones, ofrecer apoyo y orientar al paciente hacia recursos u otros profesionales que puedan seguir cuidando de su bienestar.
Un estudio reciente (Norcross, 2019) señaló la importancia de planificar con claridad la fase final de la terapia y destacó que una gestión adecuada del cierre puede transformar este momento en una oportunidad de crecimiento para el paciente.
La transición hacia un nuevo psicólogo o un nuevo proceso terapéutico debe gestionarse con cuidado, para evitar que el paciente perciba la interrupción como un fracaso personal o una pérdida. Esto es especialmente relevante en las terapias a largo plazo, donde el vínculo terapéutico es más fuerte y la interrupción puede vivirse de forma más dramática.
Guía práctica para psicólogos que se plantean interrumpir una terapia
Para los psicólogos que se plantean interrumpir un proceso terapéutico con un paciente, puede ser útil seguir una guía que ayude a tomar una decisión informada y a gestionar el proceso con atención y profesionalidad. A continuación, recogemos algunos puntos de reflexión.
¿Cuáles son los motivos que me llevan a plantearme la interrupción de la terapia?
Examina con atención si las razones son de naturaleza clínica, profesional o personal. Es esencial que la decisión esté guiada por el bienestar del paciente y no por las dificultades personales del psicólogo.
¿El paciente se está beneficiando de la terapia?
Valora si el paciente avanza respecto a los objetivos terapéuticos iniciales. Si no hay mejora, quizá sea necesario reconsiderar el enfoque o la conveniencia de continuar la terapia.
¿Existen alternativas o cambios posibles que podrían mejorar la eficacia de la terapia?
Antes de interrumpir, explora si algún cambio en el método, en el enfoque o en la frecuencia de las sesiones podría tener un impacto positivo.
¿El paciente es consciente de las dificultades actuales del proceso terapéutico?
Reflexiona junto al paciente sobre cómo va la terapia. A veces, una conversación abierta abre paso a nuevas comprensiones o a una motivación renovada.
¿Cuáles son las implicaciones éticas de mi decisión?
Comprueba si la decisión de interrumpir la terapia respeta los principios éticos y deontológicos, en particular el deber de no abandonar al paciente en un estado de vulnerabilidad.
A continuación, algunas sugerencias prácticas para gestionar la interrupción:
- Planifica el proceso de interrupción: evita tomar decisiones impulsivas. Planifica con cuidado las últimas sesiones, explica con claridad al paciente los motivos de la interrupción y ofrece un periodo de cierre del proceso.
- Comunicación transparente y sensible: comunica la decisión con empatía y claridad. Es importante que el paciente entienda que se toma en su interés y que no se trata de un abandono.
- Ofrece alternativas: deriva al paciente hacia otros profesionales o recursos que puedan seguir apoyándolo.
- Acompaña el procesamiento emocional: anticipa y acoge las posibles reacciones del paciente, como la decepción, la rabia o la tristeza. Es crucial dar espacio a estas emociones y trabajarlas en las últimas sesiones.
- Documentación y supervisión: documenta con precisión el proceso de decisión y los motivos que llevaron a la interrupción. Valora la posibilidad de comentar la situación en supervisión para obtener una perspectiva externa y asegurarte de que la decisión está bien fundada.
- Valoración posterior: si es posible, planifica un seguimiento para ver cómo se encuentra el paciente después de la interrupción de la terapia. Esto puede ofrecer un apoyo adicional y confirmar que la decisión tomada fue la correcta.
Con estas sugerencias podemos aclarar cómo afrontar la decisión de interrumpir una terapia de forma estructurada y profesional, y cuidar de que el proceso se gestione con la máxima atención al bienestar del paciente. Este enfoque no solo protege al paciente, sino que también ayuda al psicólogo a mantener un alto estándar ético y profesional en su trabajo.
Si estás en terapia y te preguntas cuándo tiene sentido cerrar un proceso, hablarlo con un profesional puede ayudarte a vivir ese momento con más calma. En Unobravo puedes encontrar un psicólogo o una psicóloga online que se adapte a tus necesidades y a tus tiempos.





