Comunicarnos nos parece lo más natural del mundo, y de hecho lo es: desde los primeros momentos de la vida, los seres humanos enviamos mensajes de las formas más diversas, al principio mediante sonidos y gestos, y luego cada vez se recurre más a las palabras. Sin embargo, la dicción no es más que uno de los canales de que disponemos: se trata del "qué" decimos. Pero, ¿hasta qué punto somos conscientes de "cómo" nos comunicamos?
“Hablar diferentes idiomas”
¿Cuántas veces nos han dicho o hemos oído "a lo mejor te he entendido mal" o "me has entendido mal"? Puede ocurrir porque la comunicación es un proceso complejo y articulado que no se limita a lo que se dice de manera explícita.
De hecho, el segundo axioma de la comunicación humana, postulado por los académicos Paul Watzlawick, Janet Beavin y Don Jackson en su libro Pragmática de la comunicación humana, sostiene que toda comunicación tiene un aspecto de contenido y otro de relación, y es este último el que da sentido a lo que decimos.
Esto significa que cuando el mensaje que enviamos y nuestro tono de voz o actitud son contradictorios, es el componente no verbal de la comunicación el que prevalece en la interpretación del interlocutor. En otras palabras: cómo decimos las cosas puede tener más peso que las cosas en sí mismas.
Axiomas de la comunicación: cómo la relación puede cambiar el significado
Watzlawick, Beavin y Jackson, de la Escuela de Palo Alto, describen la comunicación como un sistema: no solo importa lo que decimos, sino qué tipo de vínculo construimos mientras lo decimos. Además de los dos primeros axiomas, hay otros que afectan de forma directa a la calidad de la relación:
- La puntuación de las secuencias: cada uno “pone el punto final” en un punto diferente de la historia. Si yo pienso "tú te cierras, así que me enfado" y el otro piensa "tú te enfadas, así que yo me cierro", ambos pueden sentirse reactivos y puede resultar difícil reconocer la parte de responsabilidad de cada uno.
- Digital y analógico: lo digital se refiere al aspecto verbal, es decir, las palabras y el contenido, mientras que lo analógico se refiere al aspecto no verbal, es decir, el tono, la mirada y la distancia. Cuando estos no son coherentes, la persona suele dar más peso al analógico.
- Simetría y complementariedad: en las relaciones simétricas se busca la paridad, lo que puede llevar a la competencia; en las complementarias, los distintos papeles corren el riesgo de crear rigidez. La salud relacional puede residir en la flexibilidad, no en el "modelo correcto".
La “puntuación” en los conflictos: del culpable al ciclo
Cuando una discusión se repite, a menudo no es porque "no nos entendamos", sino porque estamos describiendo dos películas diferentes con el mismo título. La puntuación es la forma en que atribuimos principio, causa y fin a una secuencia: de ahí surgen frases como "empecé después de...".
Un paso útil puede ser desplazar el foco de atención del culpable al ciclo:
- Nombrar el ciclo: "me doy cuenta de que cuando insisto, te cierras; y cuando te cierras, insisto más". Nombrar el patrón puede reducir la sensación de ataque personal.
- Identificar el primer micro pasaje: no "anoche", sino "cuando miraste el teléfono mientras yo hablaba". A menudo, cuanto más específico sea, más fácil será intervenir e intentar cambiarlo.
- Elige un punto de interrupción: incluso un gesto mínimo (pausa, petición de aclaración) puede cambiar la secuencia.
De este modo, la relación deja de ser un tribunal y se convierte en un laboratorio: no se trata de "quién tiene razón", sino de "qué nos pasa juntos".

Comunicación no verbal
Los aspectos no verbales de la comunicación, como las expresiones faciales, los gestos, la postura, el tono de voz, que forman parte del lenguaje corporal, suelen activarse de manera automática. Sin embargo, esto no significa que no puedan comprenderse y manejarse para construir una comunicación más eficaz.
Elementos no verbales y paraverbales como el tono, el ritmo, las pausas, la postura, la mirada y la distancia no decoran lo que decimos: complementan y completan el contenido verbal y representan canales principales a través de los cuales expresamos y comunicamos emociones.
En este marco, la asertividad se convierte en fundamental, es decir, la capacidad de expresar tus pensamientos y emociones de forma clara, pero sin olvidar a quien tenemos enfrente y su punto de vista.
Puede ocurrir que, en momentos de gran emoción, nuestra comunicación domine al otro: sentimos la necesidad de desahogarnos y acaba por no importarnos cómo lo hacemos y el efecto que nuestras palabras puedan tener en el interlocutor. Otras veces, en cambio, podemos estar tan preocupados por las reacciones de los demás que nos escondemos tras silencios que acallan nuestras emociones.
En este sentido, la asertividad no consiste solo en "qué" decimos, sino también en "cómo" lo hacemos comprensible y acogedor.
Coherencia entre lo verbal, lo paraverbal y lo no verbal: una mini lista de control
La comunicación eficaz no consiste en decir lo correcto, sino en transmitir el mismo mensaje a través de múltiples canales. Cuando lo verbal dice "todo va bien" y lo corporal dice "mantente alejado", la otra persona puede recibir ambivalencia y tender a defenderse.
Puede ser útil, en una comunicación importante, prestar atención a:
- Las palabras (verbal): ¿utilizo frases claras y concretas, o alusiones como si ya supiera que la otra persona tiene que adivinar?
- El tono y el ritmo (paraverbal): ¿el volumen y la velocidad son compatibles con lo que pido (por ejemplo, calma, escucha, cercanía)?
- El cuerpo (no verbal): ¿la postura, la distancia y la mirada comunican apertura o cerrazón?
- La congruencia emocional: ¿estoy nombrando la emoción real (ira, miedo, decepción) o la enmascaro con ironía o frialdad?.
No es necesario un control rígido: puede bastar con darse cuenta de las discrepancias y elegir un canal "guía" para intentar realinear a los demás.
Escucha activa: hacer que el otro se sienta acogido, no solo escuchado
En las relaciones, escuchar no es pasivo: es un comportamiento que comunica respeto y seguridad. Thomas Gordon, psicólogo y autor del modelo de Escucha Activa, señala que muchas escaladas pueden surgir por sentirse corregido/a, interpretado/a o minimizado/a.
Dentro de la escucha activa, es posible guiarse por tres sencillos movimientos para construir relaciones:
- Reflexionar: devolver el sentido sin añadir juicios."Si he entendido bien, te has sentido dejado de lado". En algunos casos, la otra persona puede calmarse porque se siente comprendida.
- Aclarar: hacer preguntas cortas, no interrogativas. Cuando dices “siempre”, ¿a qué momentos te refieres?
- Validar: “entiendo que para ti haya sido pesado”. No significa "tienes razón", sino "tiene sentido que lo sientas".
La escucha activa no lo resuelve todo, pero puede cambiar el clima de confrontación por el de colaboración. Y a menudo es el clima, más que el contenido, lo que determina si una relación se acerca o se aleja.
La expresión de las emociones
Es importante compartir nuestro mundo interior y es igual de importante hacerlo de forma comprensible para la otra persona, para crear cercanía y no desapego. Esto se aplica al dolor, a la rabia, a la decepción y a todas las emociones que sentimos, incluso las que en general se consideran positivas.
Cada uno de nosotros recuerda al menos una ocasión en la que se ha sentido herido por el comportamiento de su pareja, un familiar o un amigo y, en lugar de decir "eso me ha hecho sentir mal", ha adoptado actitudes hoscas o evasivas. En este caso, esto también es comunicación porque, como dice el primer axioma de la comunicación, "no se puede no comunicar". Incluso el silencio contiene un mensaje, pero no nos ayuda a sacar nuestra experiencia, ni permite que la otra persona la comprenda y, en consecuencia, puede impedir la clarificación y el crecimiento de la relación.
Comunicar las emociones sin herir: el formato en primera persona
Comunicar lo que sentimos no significa verter sobre la otra persona lo que sentimos, sino convertir la experiencia emocional en un mensaje claro, comprensible y no acusador. Una forma eficaz de hacerlo es utilizar la formulación en primera persona, que distingue entre lo que pasa, lo que sientes y lo que necesitas.
Puede ser útil seguir una estructura sencilla:
- Cuando ocurre X (hecho observable): "cuando llegas y empiezas a hablar por teléfono mientras te cuento el día...".
- Siento Y (emoción): "...me siento infravalorado/a y me frustro/a".
- Necesito Z (necesidad/valor): "...necesito atención y un momento de conexión".
- Pido W (petición concreta): "¿podemos estar diez minutos sin el teléfono y luego me lo devuelves?".
Esta modalidad reduce el riesgo de etiquetas y acusaciones, porque hablas de ti en lugar de juzgar a la otra persona. No asegura de forma automática el acuerdo o el cambio, pero aumenta la probabilidad de una respuesta colaborativa y fomenta un clima de respeto mutuo, a menudo esencial para mantener un diálogo constructivo.

Turnos de palabra: reglas prácticas para no excederte en el diálogo
Cuando aumenta la activación emocional, la conversación puede convertirse en una competición.
La investigación confirma esta dinámica: un estudio naturalista y longitudinal de 106 parejas descubrió que la hostilidad mutua y el retraimiento comunicativo observados en el primer momento de la detección se asociaban con una menor satisfacción en la relación aproximadamente un año después; además, el retraimiento/cierre comunicativo aumentaba la probabilidad de disolución de la relación en el seguimiento (Ryjova et al., 2024).
Para que la confrontación sea más regulada y constructiva, pueden ser útiles algunas reglas sencillas y compartidas para la toma de turnos:
- Una voz cada vez: los interlocutores concluyen sus reflexiones sin interrupciones.
- Tiempo definido: establecer turnos breves (por ejemplo, de 2 a 3 minutos) ayuda a contener la escalada.
- Respuesta breve: antes de responder, resumir lo que se ha entendido ("si he entendido bien, te has sentido...").
- Parada acordada: si la intensidad emocional supera un umbral, hacer una pausa y reanudar más tarde.
- Céntrate en el presente: evita acumular ejemplos del pasado que amplifiquen la tensión.
Estas microestructuras no sirven para "controlar" la conversación, sino para protegerla. Ofrecen un marco que hace más probable sentirse escuchado/a y menos abrumado/a, y favorece un intercambio en el que la relación es el centro, no la confrontación de poder.
Comprobación relacional: ¿qué mensaje transmito sobre nuestra relación en este momento?
Todo intercambio comunicativo contiene también un nivel implícito: además de palabras, se transmite una señal sobre roles, posiciones y seguridad mutua. Entrenarte para captar este subtexto puede ayudar a cambiar el rumbo de la conversación antes de que se endurezca o degenere en una confrontación.
Puede ser útil detenerte un momento y plantearte algunas preguntas orientativas, durante el diálogo o inmediatamente después:
- ¿Qué imagen de mí transmito? ¿Me presento como alguien que pregunta, que exige, que evita, que se retira, que ataca?
- ¿Qué imagen de ti transmito? ¿Te trato como a un aliado, un adversario, un niño al que educar, un juez al que complacer?
- ¿Qué tipo de "nosotros" construyo? ¿Colaboramos o negociamos el poder?
- ¿Busco conexión o control? A veces, la necesidad de control es una forma indirecta de buscar seguridad.
- ¿Qué necesidad hay detrás de lo que hago o digo? A menudo, detrás de la crítica está el deseo de llamar la atención; detrás del silencio, la necesidad de protección.
Estas preguntas no pretenden juzgarte, sino recuperar la conciencia y la capacidad de elección. Permiten pasar de una reacción automática a una comunicación intencionada, orientada hacia la calidad de la relación que se desea construir.
Autoevaluación rápida: ¿cómo funciona tu comunicación?
Si quieres observar tus progresos de forma más concreta, puedes utilizar esta breve escala de autoevaluación. Para cada afirmación, indica con qué frecuencia te reconoces (0 = nunca, 1 = rara vez, 2 = a veces, 3 = a menudo, 4 = casi siempre).
- Claridad: expreso lo que pido de forma directa, sin alusiones ni pruebas implícitas.
- Escucha: soy capaz de resumir lo que quiere decir la otra persona antes de responder.
- Coherencia: lo que digo, el tono y el lenguaje corporal están alineados.
- Expresión emocional: puedo nombrar lo que siento sin convertirlo en una acusación.
- Gestión de conflictos: me mantengo en el tema sin volver a sacar viejos asuntos.
- Reparación: cuando exagero, puedo reconocerlo y dar un paso atrás.
- Reciprocidad: el turno de palabra es compartido, no dominado por quien tiene más voz o más fuerza...
Cómo leer la puntuación (indicativa):
- Por debajo de 14: puede haber habilidades comunicativas que reforzar.
- Entre 14 y 21: bastante básicas, pero vulnerables cuando aumenta la tensión emocional.
- Por encima de 21: habilidades sólidas, con espacio para el refinamiento.
Para trabajarlas de manera eficaz, puede ser útil elegir uno o dos aspectos cada vez y entrenarlos durante unas dos semanas. A menudo son los pequeños ajustes repetidos con constancia, más que las grandes conversaciones esporádicas, los que producen cambios estables en la forma de comunicaros y en la calidad de las relaciones.
Un espacio para compartir
Hay veces que puede ocurrir que no nos sintamos comprendidos y, cuando esto sucede en las relaciones más significativas de nuestra vida, el desconcierto y la sensación de soledad que sentimos pueden ser grandes.
La terapia es un espacio protegido para sacar a la luz estas experiencias y comprender qué es lo que reduce la capacidad de comprender y ser comprendido, para reconstruir el puente que nos une al otro y reactivar el intercambio auténtico que hace que las relaciones interpersonales sean ricas y nutritivas. Nuestros psicólogos online están dispuestos a acompañarte en este proceso de crecimiento personal.




