A lo largo del tiempo, la pareja tiene que afrontar muchos cambios que, en ocasiones, ponen a prueba la estabilidad y la fuerza de la relación. Cambiar de vida exige encontrar un nuevo equilibrio que satisfaga a los dos miembros de la pareja. Cuando uno de los dos vive el cambio como un peligro, en lugar de como una oportunidad de crecimiento, empiezan las dificultades y la evolución de la relación se detiene.
Cada pareja es un mundo, pero existen dos necesidades básicas fundamentales que el ser humano busca en la relación con el otro:
- la necesidad de apego, es decir, de conexión y de pertenencia;
- la necesidad de autonomía, de sentirnos respetados por el entorno y de tener libertad para expresarnos.
Cuando ambas necesidades están satisfechas, la pareja está en equilibrio.
Los cambios en las distintas fases del ciclo de vida de la pareja
Con el paso del tiempo, las costumbres de la pareja cambian debido a las distintas fases del ciclo de vida, y a veces el equilibrio se vuelve inestable. Si no hay una buena dosis de flexibilidad y capacidad de adaptación en los dos miembros de la pareja, pueden surgir conflictos y la relación puede llegar a una situación de bloqueo o estancamiento.
Adaptarse significa evolucionar y atravesar un periodo de transición en el que experimentar formas nuevas, más funcionales que las anteriores, de gestionar la relación.

Primer paso: elegirse entre muchos
Dos personas que se enamoran y deciden después casarse o convivir, antes que nada se han elegido. Pero, ¿qué es lo que nos lleva a elegir precisamente a esa persona entre tantas otras? Al principio es una mirada, las mariposas en el estómago, un gesto, el olor, el contacto físico lo que nos lleva a enamorarnos, pero, para elegir al otro, estas cosas no bastan.
Para unirse a alguien de forma definitiva hace falta algo más que la atracción física. Son necesarios:
- la atracción mental,
- el contexto adecuado,
- un encaje preciso entre la fase vital de uno y la del otro.
Scabini y Cigoli, docentes de psicología de la familia y psicología clínica, hablan de un encaje inédito de la pareja (Scabini & Cigoli, 2000), que nace del encuentro de historias, necesidades, carencias, semejanzas y diferencias de cada uno de los dos miembros de la pareja.
Segundo paso: de la pasión al amor maduro
Con el tiempo, la pareja tiene que pasar del “tú eres mi media naranja” al “somos dos personas completas que se encuentran”: es fundamental que dos personas estén enteras y diferenciadas para poder unirse en profundidad. Cuanto más conscientes somos de las cosas que nos separan del otro y más las aceptamos, más sólida y madura será la unión.
Cuando este paso no se produce en uno de los dos miembros de la pareja, que sigue en la fase fusional anterior, se crea un desequilibrio: el interés de la otra persona por el mundo exterior se percibe como un peligro para la relación, como un distanciamiento o un abandono. En otras palabras, uno pide a la pareja crecer, mientras que el otro pide quedarse en el estado anterior, y esto lleva a la crisis y a sentimientos negativos.

Tercer paso: el pacto conyugal
Dado que la atracción inicial no basta para definir la construcción de una pareja, esta nace cuando los dos miembros constituyen el llamado pacto conyugal, que funda y organiza su relación y constituye la base de su proyecto de vida en común.
Este pacto tiene una parte consciente y visible y otra más oculta e inconsciente, íntima y profunda. Esta última representa el encaje afectivo, es decir, el conjunto de necesidades, miedos y deseos, ligados a su historia previa, que cada uno lleva a la pareja y que necesita ver satisfechos en ella.
La llegada de un hijo
La llegada del primer hijo es un acontecimiento que desestabiliza y pone a prueba la solidez de la pareja. Esto se debe a que, con la llegada de una tercera persona, es necesario reorganizar el “Nosotros” y dividirlo en dos partes:
- el “Nosotros” íntimo de la pareja,
- el “Nosotros” parental.
Es un cambio profundo, que requiere una buena dosis de flexibilidad en la relación para afrontar una desestabilización así y llegar a reorganizar la estructura de la pareja. Nuevo miembro, nuevos roles: mamá y papá para los miembros de la pareja, pero también abuelo, abuela, tío, tía, etc., para el resto de la familia.
Cada generación está llamada a cambiar y a reorganizarse. Por la importancia y la complejidad que tiene este paso, el nacimiento de un hijo puede ser, al mismo tiempo, la consolidación de la unión o un acontecimiento desestabilizador que ponga en crisis la relación.

El nido vacío
La marcha de los hijos de casa es otro momento de transición crítico para la pareja, que vuelve a encontrarse sola. Los dos miembros comparten la sensación de soledad, el llamado “nido vacío”. También este es un momento de crecimiento en el que cada miembro de la pareja, aliviado de la tarea de cuidar por completo de los hijos, puede reencontrar su dimensión individual y de pareja:
- recuperar tiempo personal,
- retomar una afición,
- redescubrirse y volver a pensarse juntos,
- divertirse como antes, cuando no existía la responsabilidad de los hijos.
El cambio como recurso
Cada fase del desarrollo, como la del nacimiento del primer hijo, conlleva una crisis de pareja, algo del todo natural. Es la capacidad de superar la crisis la que mantiene viva la unión y la refuerza. Lo problemático no es atravesar una crisis, sino evitar abordarla.
No buscar el diálogo con el otro y evitar discutir por miedo son estrategias que se usan para afrontar la crisis, pero son en realidad disfuncionales porque, aunque protegen del miedo al abandono y al fin de la relación, no hacen avanzar a la pareja.
La parte bloqueada e insatisfecha de cada miembro de la pareja permanece ahí, sin ser vista ni abordada. Y si no dejamos que el otro “vea” nuestra tristeza y nuestras necesidades, no podrá reaccionar ni cuidar de ellas.





