Vivimos de relaciones y vida social, de amores y pasiones, de intimidad y contacto emocional. El arte, la literatura y el cine nos recuerdan lo fundamentales que son los vínculos sociales en el día a día. Aunque cada persona es un ser completo, el deseo de conectar emocionalmente con el otro sigue siendo una fuerza poderosa, que se expresa a través de cada forma de relación significativa.
Entonces, ¿qué es la intimidad? ¿Y cuáles son los juegos psicológicos que nos llevan a evitarla? La intimidad se manifiesta cuando conseguimos expresar con libertad nuestras verdaderas emociones y deseos, sin sentir que tenemos que censurarlos. En estas situaciones no hay “mensajes secretos”, sino solo un intercambio auténtico de pensamientos y palabras que resultan muy placenteros y gratificantes.
La capacidad de alcanzar la intimidad se considera clave para la calidad de la vida emocional y afectiva. Se basa en la expresión mutua, libre y abierta de estados de ánimo, sentimientos y vivencias, en una relación caracterizada por la honestidad y la confianza.
Sin embargo, a pesar del deseo de cercanía, puede haber situaciones en las que el deseo de intimidad está ausente (como en el trastorno esquizoide de la personalidad) o en las que resulta difícil alcanzar o mantener esta condición, como ocurre en el trastorno histriónico de la personalidad.
La intimidad en psicología
En el análisis transaccional, el tema de la intimidad suele ir de la mano de los juegos psicológicos, que son formas con las que podemos evitar un contacto auténtico con el otro. El psicólogo Eric Berne, fundador del análisis transaccional, define el juego psicológico como:
“una serie progresiva de transacciones ulteriores dirigidas a un resultado bien definido y previsible”.
Estos juegos se presentan como secuencias de intercambios comunicativos a menudo monótonos, plausibles solo en apariencia y con una motivación oculta.
Difusión e impacto de los juegos psicológicos en las relaciones
Los juegos psicológicos son mucho más frecuentes de lo que podríamos pensar y pueden manifestarse en cualquier tipo de relación: la pareja, la familia, la amistad y el entorno laboral. Según recoge Eric Berne (Berne, 1964) en su obra Juegos en que participamos, estos esquemas pueden aprenderse en la infancia y repetirse de forma inconsciente también en la edad adulta. Desde la perspectiva del análisis transaccional, estos juegos pueden:
- favorecer conflictos y malentendidos, haciendo que las personas implicadas puedan sentirse frustradas, incomprendidas o enfadadas;
- mantener patrones de interacción repetitivos, dificultando la búsqueda de formas diferentes de comunicarse y relacionarse;
- mantener dinámicas que generan malestar emocional, como sentimientos recurrentes de rabia, culpa o tristeza.
Tomar conciencia de estas dinámicas puede ser un primer paso para explorar otras formas de relacionarse y reducir el malestar asociado a estos patrones. Pero, ¿cómo podemos reconocer que hay un juego psicológico en marcha?

Cómo reconocer los juegos psicológicos
Para reconocer los juegos psicológicos puede ser útil hacernos algunas preguntas:
- ¿Alguna vez has vivido una interacción tras la cual tú y la otra persona os habéis sentido incómodos, preguntándote “por qué sigue pasando esto”?
- ¿Te ha sorprendido cómo han acabado las cosas, al darte cuenta de que episodios parecidos se han repetido varias veces en tu vida?
Si la respuesta es sí, es posible que estés participando en un juego psicológico. Estos juegos siguen patrones de interacción relativamente estructurados y repetitivos. Fue el propio Berne quien puso el foco en estos esquemas y propuso métodos para analizarlos.
Un ejemplo práctico de juego psicológico
Observemos a dos amigos que se cuentan sus experiencias.
Mario le dice a Ana: “Ha pasado algo terrible, he perdido el trabajo y no sé qué hacer.”
Ana responde: “Lo siento mucho, ¿qué puedo hacer para ayudarte?”
“No lo sé”, responde Mario.
Ana propone: “¿Por qué no miras las ofertas de empleo?”
“No sabría dónde mirar”, objeta él.
“Podría echarte una mano”, contesta Ana, pero Mario continúa: “No quiero molestar y, además, no sabría qué buscar; el trabajo de antes me tenía harto, quizá podría cambiarlo.”
Ana insiste y le ofrece su ayuda, pero Mario repite que no quiere ser una carga para nadie.
Entre los dos se hace el silencio. Ana sigue buscando nuevas ideas y soluciones, pero Mario se levanta y se despide: “Gracias de todas formas por intentar ayudarme”, y se va. Ana se pregunta qué ha pasado y siente cierta tristeza, mientras que Mario se siente enfadado porque piensa que nadie es capaz de entenderlo del todo.
Si analizamos la situación:
- Ana ofrece ayuda y consejos, pero se siente mal cuando no los aceptan;
- Mario, en cambio, rechaza cualquier tipo de ayuda y luego se siente enfadado y abandonado por quien intenta ayudarlo.
La intimidad en riesgo
El juego que acabamos de describir es uno de los ejemplos clásicos del análisis transaccional y se conoce como “¿Por qué no…?” “Sí, pero…”. En estas situaciones, quien está en dificultades pide consejo, pero luego rechaza todas las propuestas y deja sin efecto el intento de ayuda de la otra persona. Esta dinámica:
- suele ocurrir de forma inconsciente;
- provoca un distanciamiento emocional entre las personas implicadas;
- pone en riesgo la intimidad, porque al final ambos sienten confusión y malestar.

Tipos de juegos psicológicos comunes según Berne
Eric Berne identificó numerosos juegos psicológicos que se repiten en las relaciones cotidianas. En su libro Juegos en que participamos (1964), Berne describe distintos esquemas recurrentes, cada uno con sus reglas y finalidades ocultas. Estos son algunos de los tipos más comunes:
- “¿Por qué no…? Sí, pero…”: como hemos visto en el ejemplo anterior, una persona pide ayuda pero rechaza de manera sistemática cada solución propuesta, y se mantiene en la posición de quien no puede recibir ayuda.
- “Mira lo que me has hecho hacer”: en este juego, una persona realiza una acción cuestionable y luego atribuye la culpa a la otra, y genera sentimientos de culpa y tensión. Por ejemplo, tras una discusión, uno de los dos dice: “Si no me hubieras provocado, no habría reaccionado así”.
- “Golpéame”: aquí, una persona se comporta de forma que provoca una reacción negativa en la otra, y confirma así su expectativa de ser maltratada o rechazada. Un ejemplo sería quien provoca una y otra vez a su pareja hasta obtener una respuesta de enfado.
- “Pobre de mí”: quien juega a este esquema tiende a subrayar sus dificultades y desgracias en busca de atención o compasión, pero sin aceptar sugerencias ni cambios.
Estos juegos, aunque tienen dinámicas diferentes, comparten la característica de mantener a las personas en roles fijos y de dificultar la verdadera intimidad.
Los roles en los juegos psicológicos: el triángulo dramático de Karpman
Para comprender mejor la dinámica de los juegos psicológicos, es útil conocer el modelo del triángulo dramático de Karpman (Karpman, 1968), desarrollado por el psicólogo Stephen Karpman. Este esquema describe tres roles recurrentes que las personas podemos asumir, a menudo de forma inconsciente, durante las interacciones conflictivas:
- Perseguidor: quien asume este rol tiende a criticar, juzgar o culpabilizar al otro, y mantiene una posición de superioridad. El perseguidor puede hacer que la otra persona se sienta inadecuada o equivocada, incluso sin darse cuenta.
- Víctima: la persona que se identifica como víctima se percibe impotente, incomprendida o maltratada. A menudo se siente bloqueada e incapaz de cambiar la situación, y busca de forma inconsciente confirmaciones de esta posición.
- Salvador: el salvador interviene para “ayudar” o “salvar” al otro, incluso cuando no se lo piden. Este rol puede parecer positivo, pero a menudo alimenta la dependencia e impide que la otra persona encuentre soluciones por sí misma.
Durante una interacción conflictiva, las personas pueden pasar de un rol a otro, generando cambios en la dinámica y aumentando la confusión o el malestar.
Estrategias para reconocer e interrumpir los juegos psicológicos
Interrumpir los juegos psicológicos requiere conciencia y práctica. Estas son algunas estrategias útiles para reconocer y gestionar estas dinámicas:
- Observa las emociones recurrentes: si después de determinadas interacciones te sientes a menudo frustrado, culpable o confundido, puede ser útil preguntarte si existe un patrón de interacción que se repite.
- Identifica los roles: pregúntate qué rol (perseguidor, víctima o salvador) tiendes a asumir más a menudo en las situaciones de conflicto. Esto puede ayudarte a reconocer tus esquemas habituales.
- Frena la reacción automática: cuando detectes que una interacción sigue un patrón repetitivo, párate un momento antes de responder. Tomarte una pausa puede ayudarte a interrumpir la secuencia habitual de acciones y reacciones.
- Comunícate de forma auténtica: expresa tus necesidades y sentimientos de manera directa, sin acusar ni culpabilizar al otro. Esto favorece la intimidad y reduce la probabilidad de caer en juegos psicológicos.
- Busca el diálogo constructivo: si notas que una dinámica se repite, háblalo abiertamente con la otra persona y buscad juntos nuevas formas de relacionaros.
Desde la perspectiva del análisis transaccional, tomar conciencia de estos patrones puede ayudar a explorar formas diferentes de relacionarse.
Reconocer estos patrones y aprender a comunicarse de forma más directa puede favorecer relaciones más satisfactorias y una mayor sensación de autenticidad en los vínculos. No siempre es fácil hacerlo por tu cuenta: a veces puede ser útil una mirada experta y un espacio seguro donde explorar tus esquemas y aprender nuevas formas de comunicación.
Si sientes que ha llegado el momento de cuidar de tus relaciones y de ti, en Unobravo puedes empezar un proceso terapéutico con un psicólogo o una psicóloga online que te puede ayudar a comprenderte mejor y a construir vínculos más auténticos y satisfactorios.
.jpeg)




