¿A quién no le ha pasado alguna vez sentirse bloqueado e incapaz de decidir? Cada día tenemos que tomar decisiones, algunas aparentemente sencillas y triviales como:
- “¿Esta noche pizza o sushi?”
- “¿Me compro los zapatos blancos o los negros?”
- “¿Qué música escucho hoy?
Otras más importantes:
- “¿Qué carrera elijo?”
- “¿Me voy a vivir con mi pareja?”
- “¿Cambio de trabajo?”
Sentir que se hace difícil decidir y tener la sensación de no lograr actuar es una experiencia común. Sin embargo, cuando esa imposibilidad de elegir se vuelve recurrente y duradera, puede provocar sentimientos de frustración y malestar.
¿Qué ocurre cuando tenemos que tomar una decisión?
La etimología de la palabra decidir [del latín de = “de” y caedere = “cortar”] significa cortar, es decir, excluir algunas posibilidades y conservar otras. Toda decisión implica tener que renunciar a algo.
La renuncia puede vivirse como una pérdida, un “duelo”, una experiencia a menudo difícil y dolorosa. Para evitar la renuncia, muchas personas evitan elegir, pero no elegir también implica una pérdida: la de la posibilidad de recorrer un nuevo camino, de crecer y de mirar hacia el futuro.
“Un asno hambriento y sediento está agazapado justo entre dos montones de heno, con un cubo de agua junto a cada uno, pero no hay nada que lo empuje a ir hacia un lado en vez del otro. Por eso permanece inmóvil y muere.”
No saber elegir: el asno de Buridán
La paradoja del asno de Buridán es un apólogo tradicionalmente atribuido al filósofo francés Jean Buridan (h. 1300-1358), conocido en español como Juan Buridán.
Existen varias versiones de la historia: según algunas, el asno se encontraba a la misma distancia de dos montones de heno; según otras, estaba a medio camino entre un montón de heno y un cubo de agua. Todas las versiones comparten el mismo final: el asno, muy racional, terminaba por morir de hambre porque no era capaz de elegir uno de los dos montones.
Aunque resulte paradójico, a veces podemos comportarnos como el asno: quedarnos quietos e inmóviles, bloqueados ante la imposibilidad de elegir. Cuando tenemos que tomar una decisión, empezamos a valorar las opciones posibles, buscamos los pros y los contras y hacemos un análisis racional de lo que debemos elegir. La racionalidad ayuda a dar mayor o menor relevancia a las alternativas, pero ¿qué ocurre cuando estas, pese al análisis, tienen para nosotros el mismo atractivo?

Cómo facilitar la elección: reconectar con el deseo
Trasladar la decisión solo al plano racional puede alejarnos de escuchar nuestras necesidades y emociones y del contacto con lo que realmente deseamos. Estudios de neurociencia han demostrado que las lesiones en la región ventromedial de la corteza prefrontal comprometen la capacidad de procesar señales emocionales y provocan graves dificultades en la toma de decisiones cotidianas (Bechara, 2004). Llegamos a la elección si pasamos el deseo.
A menudo buscamos apoyo psicológico cuando nos enfrentamos a una elección importante y nos sentimos bloqueados e incapaces de actuar. Cuando preguntamos a la persona qué le impide hacer lo que quiere, la respuesta suele ser “¡no sé qué quiero!”.
A muchas personas les cuesta entrar en contacto con sus propios deseos: tienden a reprimirlos o inhibirlos y sienten la elección como una operación complicada. La complejidad nace de que la decisión representa el puente entre el deseo y la acción. Solo podemos decidir —y, por tanto, actuar por nosotros mismos— si tenemos acceso a nuestros deseos. Si ese acceso falta y no estamos en contacto con nosotros mismos ni con lo que queremos, no podremos proyectarnos hacia el futuro y nos resultará difícil elegir y actuar en consecuencia.
Es imposible no decidir. Aplazar también es una decisión, igual que lo es no elegir. Por tanto, no es el contenido de la elección lo que la hace imposible, sino el significado profundo que le atribuimos. Es fundamental ayudar a la persona que se siente paralizada ante una decisión a entrar en contacto con lo que desea y con los beneficios ligados a esa decisión. También es importante acompañarla para que asuma un papel activo y acepte su responsabilidad.
¿Por qué puede costar tanto decidir? Causas psicológicas y culturales
La dificultad para tomar decisiones puede tener múltiples orígenes, a menudo entrelazados. Comprender estos factores ayuda a reconocer las dinámicas y a trabajarlas.
Entre los factores cognitivos, la mente humana puede sentirse desbordada cuando las opciones son numerosas o muy parecidas: el fenómeno conocido como “paradoja de la elección” muestra cómo un exceso de alternativas puede generar ansiedad, insatisfacción y bloqueo a la hora de decidir.
Además, investigaciones recientes han evidenciado que un aumento experimental de la intolerancia a la incertidumbre conlleva una mayor dificultad para tomar decisiones que su disminución (Appel y Gerlach, 2025).
En el plano afectivo, emociones como el miedo a equivocarse, el temor al juicio ajeno o la ansiedad por el rendimiento pueden dificultar la elección; a menudo, el miedo a perder algo (aversión a la pérdida o loss aversion) pesa más que los posibles beneficios de la elección.
También los factores culturales y sociales tienen un papel importante: en algunas culturas, la presión por ajustarse a las expectativas familiares o sociales puede complicar aún más el proceso y llevar a la procrastinación o la evitación con tal de no decepcionar a los demás o no transgredir ciertos roles.
Por último, una baja autoestima puede alimentar dudas constantes sobre la capacidad de juicio y reforzar la indecisión. Todos estos elementos pueden actuar por separado o en conjunto, y hacen que decidir resulte más costoso y, a veces, doloroso.

La sobrecarga de decisiones: cuando demasiadas opciones bloquean la acción
En la vida cotidiana tomamos un número sorprendente de decisiones. Según una investigación publicada en la revista científica Journal of Personality and Social Psychology (Iyengar y Lepper, 2000), el ser humano moderno puede llegar a tomar hasta varios miles de decisiones al día, desde la más trivial hasta la más significativa.
Este fenómeno, conocido como sobrecarga de decisiones (decision overload), puede provocar:
- Fatiga mental: cuantas más decisiones tenemos que tomar, más se reduce nuestra capacidad de valorar las opciones, lo que aumenta el riesgo de aplazar o evitar la elección.
- FOBO (Fear of Better Options): el miedo a que siempre exista una opción mejor puede paralizarnos e impedirnos tomar una decisión definitiva. Este término lo acuñó el emprendedor Patrick McGinnis para describir la tendencia a posponer las elecciones a la espera de la “solución perfecta”.
- FOMO (Fear of Missing Out): el miedo a perder una oportunidad alternativa puede dificultar comprometerse con una elección y alimentar la ansiedad y la duda.
- Insatisfacción posterior a la decisión: cuando elegimos entre muchas alternativas, corremos el riesgo de darle vueltas a lo que hemos dejado atrás y sentir arrepentimiento o insatisfacción incluso después de haber decidido.
Ser conscientes de estos mecanismos puede ayudarnos a reconocer cuándo el bloqueo al decidir no se debe a una falta real de opciones, sino al peso psicológico que atribuimos al proceso de elección. Además, se ha observado que las personas con síntomas depresivos tienden a tomar decisiones menos ventajosas para sus intereses (Leykin et al., 2011), lo que sugiere que nuestro estado emocional puede influir profundamente en la calidad de nuestras elecciones.
Estrategias prácticas para afrontar la dificultad para decidir
Afrontar la dificultad para tomar decisiones requiere consciencia y algún que otro pequeño ejercicio práctico. Esta es una guía paso a paso que puede ayudarte a gestionar el bloqueo al decidir en el día a día:
- Reconoce el tipo de decisión: pregúntate si la elección que debes tomar tiene un impacto alto, medio o bajo en tu vida. Las decisiones de alto impacto (como cambiar de trabajo) requieren más reflexión, mientras que en las de bajo impacto (qué comer) puede ser útil decidir rápido.
- Limita las opciones: si te sientes desbordado, prueba a reducir el número de alternativas. Elegir entre pocas opciones hace el proceso más manejable y menos estresante.
- Escucha tus emociones: tómate un momento para entender qué sientes ante las distintas posibilidades. Las emociones pueden ser una brújula valiosa, sobre todo cuando la razón no basta.
- Acepta la imperfección: ninguna elección es perfecta. Recuerda que no decidir también es una decisión y que toda opción conlleva ventajas e inconvenientes.
- Da pequeños pasos: si la decisión te parece demasiado grande, divídela en pasos más sencillos. Avanzar poco a poco puede reducir la ansiedad y aumentar la confianza en ti mismo/a.
- Habla con alguien de confianza: dialogar con una persona en la que confías puede ayudarte a ver la situación desde otro punto de vista y a aclarar tus deseos.
Aplicar estas estrategias no elimina la dificultad, pero puede hacerla más llevadera y ayudarte a desarrollar una mayor autonomía en tus elecciones.
Unobravo: un aliado para afrontar tus decisiones
Si te sientes bloqueado/a ante una decisión importante, recuerda que no estás solo/a: pedir ayuda puede ser el primer paso para recuperar claridad y confianza en ti mismo/a. Un proceso terapéutico puede ayudarte a reconectar con tus deseos, afrontar los miedos y desarrollar estrategias prácticas para gestionar tus elecciones con más serenidad.
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