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Día Internacional contra el Abuso de Drogas: comprender la adicción desde el trauma, las relaciones y la construcción de la identidad

Día Internacional contra el Abuso de Drogas: comprender la adicción desde el trauma, las relaciones y la construcción de la identidad
Ilaria Tonelli
Ilaria Tonelli
Psicóloga con orientación Psicodinámica
Artículo revisado por nuestra redacción clínica.
Última actualización el
19.6.2026
Día Internacional contra el Abuso de Drogas: comprender la adicción desde el trauma, las relaciones y la construcción de la identidad
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  • La adicción suele ser un intento de autorregulación emocional, no una simple elección ni un vicio.
  • El trauma complejo y el apego inseguro aumentan de forma significativa la vulnerabilidad a las adicciones.
  • La sustancia puede convertirse en un sustituto relacional para quien ha vivido relaciones inestables o decepcionantes.
  • Una prevención eficaz pasa por la promoción del bienestar psicológico, no solo por la información sobre los riesgos de las sustancias.

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Cada año, el 26 de junio, el Día Internacional de la Lucha contra el Uso Indebido y el Tráfico Ilícito de Drogas o Día Internacional contra el Abuso de Drogas dirige la atención de la comunidad científica, las instituciones y la opinión pública hacia uno de los fenómenos más complejos y dolorosos.

Aunque el debate social tiende a menudo a centrarse en las sustancias y en sus efectos biológicos, la psicología nos invita a mirar más allá del síntoma y a explorar las dinámicas emocionales, relacionales e identitarias que pueden llevar a una persona hacia la adicción.

La perspectiva psicológica contemporánea entiende la adicción a las drogas no como una simple elección individual ni como una mera consecuencia de la acción farmacológica de las sustancias, sino como el resultado de una compleja interacción entre vulnerabilidades personales, experiencias relacionales tempranas, factores ambientales y procesos neurobiológicos.

Comprender estas dinámicas significa superar lecturas reduccionistas y moralistas y promover, en cambio, intervenciones de prevención y tratamiento basadas en el conocimiento científico y en el respeto a la persona.

La adicción como intento de autocura

Muchos estudios clínicos han mostrado que la conducta adictiva representa con frecuencia un intento de autorregulación emocional. Detrás del consumo compulsivo de sustancias suele esconderse un sufrimiento que la persona no consigue elaborar ni contener con herramientas psicológicas adecuadas. La sustancia se convierte entonces en una especie de “autocura”, capaz de ofrecer alivio inmediato ante estados internos que se viven como intolerables.

La ansiedad, la angustia, los sentimientos de soledad, las vivencias depresivas, la vergüenza o la sensación de inadecuación pueden anestesiarse de forma temporal a través del efecto de la droga. Sin embargo, este aparente alivio produce un mecanismo paradójico: la sustancia no elimina el sufrimiento, sino que suspende momentáneamente su percepción e impide que la persona desarrolle estrategias más maduras de gestión de las emociones. Con el tiempo, recurrir a la sustancia se vuelve cada vez más necesario y consolida el circuito de la adicción.

Desde esta perspectiva, el problema no reside únicamente en la droga, sino en la función psicológica que esta adquiere en la vida de la persona. La pregunta clínicamente más relevante no es solo “¿qué sustancia se consume?”, sino sobre todo “¿qué dolor se alivia a través de esa sustancia?”.

La teoría del apego del psiquiatra y psicoanalista J. Bowlby ofrece una clave interpretativa especialmente valiosa para comprender algunos de los caminos que conducen a la adicción.

Cuando el cuidador principal responde de forma coherente, predecible y sensible a las necesidades del niño, se desarrolla un apego seguro que favorece la regulación emocional, la autoestima y la confianza en las relaciones. Por el contrario, las experiencias marcadas por la negligencia, la incoherencia afectiva, el rechazo o la imprevisibilidad pueden favorecer la formación de modelos de apego inseguro, con formas disfuncionales de gestionar el sufrimiento.

Se ha observado una mayor incidencia de estilos de apego inseguro en las personas que desarrollan adicciones. La sustancia puede asumir simbólicamente la función de una relación estable y predecible, siempre disponible para ofrecer consuelo inmediato. En otras palabras, allí donde la relación humana se percibió como incierta o decepcionante, la droga se convierte en un sustituto relacional capaz de ofrecer una ilusión de control y seguridad.

RDNE Stock project - Pexels

Trauma complejo y adicción

En las últimas décadas, la literatura científica ha concedido una importancia creciente al papel de las experiencias traumáticas en el desarrollo de las adicciones. No se trata solo de los llamados “grandes traumas”, como los abusos físicos o sexuales, la violencia o los accidentes graves, sino también de formas más sutiles y continuadas de sufrimiento relacional.

El concepto de trauma complejo describe aquellas situaciones en las que la persona crece en contextos marcados por la negligencia emocional, la humillación, la desvalorización crónica, la conflictividad familiar persistente o la ausencia de un apoyo afectivo adecuado. En esas condiciones, el sistema psicológico del niño se ve obligado a adaptarse a un entorno que se percibe como inseguro y desarrolla estrategias de supervivencia que pueden volverse disfuncionales a lo largo de la vida.

El trauma no procesado deja a menudo una huella profunda en la regulación de las emociones. La persona puede experimentar estados crónicos de hiperactivación, dificultad para reconocer y nombrar sus vivencias internas, sentimientos de vacío o experiencias disociativas persistentes. En este contexto, la sustancia ofrece una forma inmediata de modificar estados de conciencia que se perciben como insostenibles.

Las neurociencias han confirmado que las experiencias traumáticas tempranas pueden influir en el desarrollo de los sistemas neurobiológicos implicados en la respuesta al estrés y aumentar la vulnerabilidad a las conductas compulsivas. Así, la adicción no aparece como una patología aislada, sino como una posible consecuencia de un sufrimiento relacional que hunde sus raíces en las primeras fases del desarrollo.

Mentalizar para comprender el mundo interno

Otra aportación fundamental procede de la teoría de la mentalización desarrollada por el psicoanalista P. Fonagy y sus colegas. La mentalización es la capacidad de comprender e interpretar la conducta propia y ajena a la luz de los estados mentales subyacentes, como las emociones, los deseos, las creencias y las intenciones.

Cuando la capacidad de mentalizar es frágil o está comprometida, la persona puede encontrar grandes dificultades para reconocer lo que siente y para dar significado a sus experiencias internas.

Muchas personas con una adicción muestran déficits significativos en la mentalización: las emociones intensas se viven como acontecimientos incomprensibles y amenazantes, lo que genera una búsqueda inmediata de alivio a través de conductas impulsivas. La sustancia actúa entonces como un atajo que evita el contacto con el mundo interno, pero a costa de un empobrecimiento progresivo de las capacidades reflexivas.

En este sentido, la psicoterapia desempeña un papel fundamental, ya que ayuda a la persona a recuperar la capacidad de pensar sus emociones en lugar de actuar de forma impulsiva para eliminarlas.

Thirdman - Pexels

La adolescencia: una etapa evolutiva delicada

La adolescencia es una etapa evolutiva especialmente delicada porque coincide con la construcción de la identidad personal. Cuando existen fragilidades emocionales o relacionales, la sustancia puede convertirse en un instrumento de integración social o en un medio para atenuar los sentimientos de inadecuación. Algunos adolescentes consumen drogas para sentirse más seguros, más fuertes o más aceptados; otros recurren a ellas para experimentar una huida temporal de los conflictos familiares, los fracasos escolares o las dificultades identitarias.

Por eso, una prevención eficaz debe acompañar a los jóvenes en el proceso de construcción de sí mismos y ofrecerles oportunidades de expresión, participación y reconocimiento social. No basta con informar sobre los riesgos de las sustancias: es necesario ayudar a los adolescentes a desarrollar una narrativa positiva de su identidad y de sus potencialidades. Entre los factores protectores más relevantes destaca el papel de la escuela, uno de los principales contextos de socialización, que puede contribuir de forma significativa al desarrollo de la salud mental.

Una escuela capaz de promover la inclusión, la participación y el bienestar relacional favorece la construcción de las competencias emocionales y sociales imprescindibles para afrontar los retos del crecimiento. Cobra especial importancia la detección temprana de las señales de malestar: las dificultades relacionales, el aislamiento social, los cambios bruscos de conducta o las caídas persistentes del rendimiento pueden ser indicadores de un sufrimiento que necesita atención y apoyo.

Factores protectores y capacidad de afrontamiento

Si bien algunas personas expuestas a condiciones de riesgo desarrollan una adicción, otras consiguen construir trayectorias evolutivas adaptativas. La resiliencia no es una característica innata que poseen unas pocas personas especialmente fuertes, sino un proceso dinámico que se desarrolla a través de la interacción entre los recursos personales y el apoyo del entorno.

La presencia de al menos una figura adulta significativa, la posibilidad de vivir relaciones positivas, el reconocimiento de las propias capacidades y el acceso a contextos educativos inclusivos constituyen importantes factores protectores.

Desde esta perspectiva, la prevención de las adicciones coincide con la promoción del bienestar psicológico. Cualquier intervención capaz de reforzar la autoestima, el sentido de pertenencia, la confianza en las propias capacidades y la calidad de las relaciones contribuye de forma indirecta a reducir el riesgo de conductas de abuso.

Una invitación a superar las visiones simplistas y estigmatizantes

El Día Internacional contra las Drogas nos invita a superar las visiones simplistas y estigmatizantes del fenómeno de las adicciones. Detrás de la conducta de abuso no hay solo una sustancia, sino una historia personal hecha de relaciones, experiencias, vulnerabilidades e intentos de adaptación.

Las teorías del apego, los estudios sobre el trauma complejo, las investigaciones sobre la mentalización y los modelos de la resiliencia coinciden en mostrar que la prevención y el tratamiento de las adicciones deben pasar necesariamente por la promoción de la salud mental, de la calidad de las relaciones y del bienestar de las comunidades educativas.

Combatir las drogas significa, sin duda, reducir la accesibilidad a las sustancias y favorecer intervenciones terapéuticas eficaces, pero significa sobre todo construir contextos familiares, escolares y sociales capaces de ofrecer seguridad, reconocimiento y oportunidades de crecimiento. Es en esas relaciones donde se desarrollan los recursos más potentes para prevenir el sufrimiento y promover una vida sin adicciones.

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FAQ

Una persona puede desarrollar una adicción no solo por la acción farmacológica de una sustancia, sino como fruto de una compleja interacción entre vulnerabilidades personales, experiencias relacionales tempranas y factores ambientales. A menudo, la conducta adictiva representa un intento de autorregulación emocional: la sustancia se convierte en una especie de “autocura” capaz de ofrecer alivio inmediato ante estados internos que se viven como intolerables, como la ansiedad, la soledad, la vergüenza o la sensación de inadecuación.
El trauma —incluido el trauma complejo, compuesto de negligencia emocional, desvalorización crónica o conflictividad familiar— deja huellas profundas en la regulación de las emociones. El trauma no procesado puede provocar estados crónicos de hiperactivación, dificultad para reconocer las propias vivencias internas y experiencias disociativas. En este contexto, la sustancia ofrece una forma inmediata de modificar estados de conciencia percibidos como insostenibles.
La relación entre el apego inseguro y la adicción se explica por las experiencias tempranas: la negligencia, la incoherencia afectiva o el rechazo pueden favorecer la formación de modelos de apego inseguro. En estos casos, la sustancia puede asumir simbólicamente la función de una relación estable y predecible: allí donde la relación humana se percibió como incierta o decepcionante, la droga se convierte en un sustituto relacional que ofrece una ilusión de control y seguridad.
Los adolescentes son especialmente vulnerables porque la adolescencia es una etapa delicada que coincide con la construcción de la identidad personal y con una fuerte necesidad de pertenencia. Cuando existen fragilidades emocionales o relacionales, la sustancia puede convertirse en un instrumento de integración social o en un medio para atenuar los sentimientos de inadecuación, para huir de los conflictos familiares o para afrontar las dificultades identitarias.
En la prevención de las adicciones, la resiliencia no es una característica innata, sino un proceso dinámico que se desarrolla a través de la interacción entre los recursos personales y el apoyo del entorno. La presencia de al menos una figura adulta significativa, las relaciones positivas, el reconocimiento de las propias capacidades y el acceso a contextos educativos inclusivos son importantes factores protectores que reducen el riesgo de conductas de abuso.
La psicoterapia puede ayudar a quien tiene una adicción acompañándole a recuperar la capacidad de mentalizar, es decir, de pensar sus emociones en lugar de actuar de forma impulsiva para eliminarlas. Trabajar sobre las raíces emocionales y relacionales de la adicción permite desarrollar estrategias más maduras de gestión del sufrimiento y reducir progresivamente la función que la sustancia desempeña en la vida de la persona.
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  • Bowlby, J. (1988). A Secure Base: Parent-Child Attachment and Healthy Human Development. Basic Books.
  • Fonagy, P., Gergely, G., Jurist, E. L., & Target, M. (2002). Affect Regulation, Mentalization and the Development of the Self. Other Press.
  • Schore, A. N. (2012). The Science of the Art of Psychotherapy. Norton.
  • Van der Kolk, B. A. (2014). The Body Keeps the Score. Viking.
  • Masten, A. S. (2014). Ordinary Magic: Resilience in Development. Guilford Press.
  • Siegel, D. J. (2020). The Developing Mind (3rd ed.). Guilford Press.
  • Cyrulnik, B. (2009). Autobiografia di uno spaventapasseri. Strategie per superare le avversità. Raffaello Cortina Editore.
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