La relación entre el psicólogo y el paciente es un elemento central de la psicoterapia: el vínculo que se establece se basa en la confianza, la empatía y la colaboración, elementos indispensables para construir una sólida alianza terapéutica (Bordin, 1979).
Sin embargo, el vínculo terapéutico no siempre sigue un curso lineal, ya que pueden surgir dinámicas disfuncionales. Entre ellas se encuentra la colusión, que puede influir de forma negativa en la eficacia del tratamiento y en el bienestar del paciente.
Con colusión nos referimos a un fenómeno psicológico que implica a dos o más personas en una especie de “pacto implícito”, a menudo inconsciente, que lleva a reforzar creencias o comportamientos disfuncionales. En el contexto de la terapia, esta dinámica puede convertirse en un verdadero obstáculo para el cambio y consolidar patrones problemáticos.
Explorar el significado de la colusión y su impacto en la relación terapéutica resulta esencial para prevenir sus consecuencias y promover una práctica clínica ética y eficaz.
La colusión entre psicólogo y paciente
La colusión en psicología se manifiesta en varios contextos, como las relaciones personales, los grupos sociales y las dinámicas profesionales. En general, se refiere a una convergencia inconsciente entre dos personas que actúan de forma complementaria para mantener una situación disfuncional.
Algunos ejemplos de colusión en psicología son:
- Colusión de pareja: dentro de una relación, los dos miembros pueden sostener sin darse cuenta modelos disfuncionales, como el control mutuo o la idealización, y perpetuar así conflictos o dependencias emocionales.
- Colusión narcisista: es un tipo de colusión que se produce cuando una pareja o un grupo confirma y amplifica el sentimiento de grandiosidad del otro, lo que refuerza los rasgos narcisistas y evita la introspección o la disposición al cambio.
La colusión suele desarrollarse a través de mecanismos inconscientes de transferencia y contratransferencia, lo que la hace especialmente relevante en los contextos terapéuticos.

Las causas de la colusión
En psicoterapia, la colusión entre psicólogo y paciente puede aparecer cuando el primero, de forma consciente o inconsciente, participa en dinámicas que tienden a mantener o reforzar los problemas del paciente.
Se trata de un fenómeno que refleja una complejidad relacional capaz de minar el proceso terapéutico y obstaculizar el cambio; a menudo nace de la interacción entre las características personales del psicólogo y las necesidades o expectativas del paciente.
La colusión puede surgir por varios motivos, entre ellos:
- Necesidades no resueltas del psicólogo: el profesional puede verse influido por deseos personales, como la necesidad de sentirse aceptado, valorado o útil. Por ejemplo, el miedo a provocar un conflicto con el paciente podría llevarle a suavizar preguntas o intervenciones críticas, y acabar así por consentir comportamientos disfuncionales o actitudes que perpetúan el problema.
- Dificultad para gestionar la contratransferencia: la contratransferencia se refiere a las reacciones emocionales, cognitivas y conductuales que el psicólogo desarrolla en respuesta a las dinámicas del paciente. Cuando estas reacciones no se procesan, el psicólogo puede entrar en colusión sin darse cuenta con los esquemas relacionales desadaptativos del paciente y sostener dinámicas que refuerzan el problema. Por ejemplo, podría responder con una valoración de empatía excesiva a comportamientos disfuncionales, y alimentar así los mismos esquemas que pretendía modificar (Gelso y Hayes, 2007).
La colusión puede manifestarse de muchas formas distintas, según el tipo de relación que se desarrolle entre el paciente y el psicólogo. Estos son algunos ejemplos frecuentes:
- Confirmación de un rol victimista: un psicólogo podría aceptar de forma pasiva la narración del paciente como víctima, sin cuestionar la perspectiva que propone. Así, el profesional corre el riesgo de reforzar la identificación del paciente con el papel de víctima, en lugar de ayudarle a explorar otras posibilidades o a asumir una mayor responsabilidad sobre sus acciones.
- Complicidad en la dependencia emocional: un psicólogo puede coludir cuando evita fomentar la autonomía del paciente y mantiene así una relación que refuerza la dependencia emocional. Por ejemplo, responder de forma continua a las peticiones de tranquilidad del paciente sin proponer estrategias alternativas puede limitar el desarrollo de la independencia emocional.
- Evitación del conflicto: por temor a comprometer la relación terapéutica, un psicólogo podría evitar abordar temas difíciles o aspectos problemáticos, como comportamientos disfuncionales o defensas rígidas. Esta actitud, aunque en un principio parezca preservar el vínculo, obstaculiza el proceso e impide abordar los nudos centrales del problema, con lo que frena el progreso terapéutico.
Gestionar la colusión
Para afrontar y gestionar la colusión en terapia, el profesional necesita desarrollar una profunda consciencia de las dinámicas relacionales, además de la capacidad de observar de forma constante sus reacciones emocionales y de conducta. La autorreflexión es una herramienta muy valiosa para reconocer las señales de colusión, como el deseo de evitar conflictos o la tendencia a complacer al paciente.
Este proceso de autoobservación ofrece al psicólogo la oportunidad de detectar posibles aspectos problemáticos en su enfoque e intervenir para corregirlos.
La capacidad de comunicar con transparencia con el paciente es otro elemento clave para prevenir las dinámicas colusivas. De hecho, abordar de forma abierta temas difíciles o situaciones incómodas, sin temor a comprometer el vínculo terapéutico, ayuda a construir una relación basada en la confianza mutua y la autenticidad.
Esta transparencia no implica una actitud crítica o de juicio, sino más bien la disposición a explorar junto al paciente las áreas problemáticas, lo que favorece el cambio.
Otro aspecto central en la gestión de la colusión es el desarrollo de una alianza terapéutica fuerte y colaborativa. Según Bordin (1994), una relación terapéutica basada en objetivos compartidos, respeto mutuo y compromiso con el cambio reduce de forma significativa el riesgo de colusión. Una alianza sólida permite abordar incluso temas complejos sin comprometer la relación y ofrece al paciente un modelo relacional auténtico y constructivo.
Hay varias herramientas que pueden servir de apoyo al psicólogo para reconocer y gestionar el fenómeno de la colusión, entre las cuales podemos mencionar:
- La supervisión clínica es un medio fundamental para analizar los casos con el apoyo de colegas con experiencia. De hecho, comentar las dinámicas de la relación terapéutica con un observador externo permite identificar patrones colusivos que pueden escapar al profesional.
- El contraste con otros profesionales a través de encuentros de intervisión puede ofrecer nuevas perspectivas e ideas sobre cómo afrontar situaciones complejas.
- La formación continua, es decir, profundizar en los conocimientos teóricos y prácticos, participar en cursos de actualización y estudiar enfoques innovadores, ayuda al psicólogo a desarrollar una mayor competencia en la gestión de situaciones difíciles, incluida la colusión.
Este proceso de aprendizaje permite afrontar con más seguridad los retos que pueden surgir en la relación terapéutica y adaptar así el enfoque a las necesidades específicas de cada paciente.

Las consecuencias de la colusión con el paciente
Si no se reconoce y gestiona de forma adecuada, la colusión puede tener efectos muy negativos en la relación terapéutica y en la eficacia del tratamiento. Entre las consecuencias más relevantes encontramos:
- el mantenimiento del statu quo, que impide al paciente explorar nuevas perspectivas e iniciar un proceso de cambio significativo,
- el deterioro de la confianza mutua, debido a una relación que carece de autenticidad,
- la ausencia de un progreso tangible, cuando no se perciben avances, el paciente puede experimentar frustración o desmoralización, mientras que el terapeuta puede sentir dudas sobre la eficacia de su intervención. Estas reacciones conviene abordarlas abiertamente y revisar los objetivos, las tareas y la relación terapéutica.
Por una relación terapéutica funcional
La colusión es una dinámica compleja y potencialmente peligrosa dentro de la relación entre el psicólogo y el paciente. Reconocerla y gestionarla es una tarea fundamental para el profesional, que debe ser capaz de mantener el equilibrio entre la empatía y la profesionalidad.
A través de herramientas como la supervisión, la intervisión y una autorreflexión constante, el psicólogo puede evitar o aprender a gestionar las situaciones colusivas, y garantizar así el máximo beneficio para el paciente.
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