Empezar una carrera universitaria representa una fase de gran transformación en la vida de un estudiante. Es una época apasionante, llena de oportunidades para crecer, experimentar y labrarse un futuro personal y profesional. Sin embargo, para quienes deciden estudiar lejos de casa, esta transición también puede traer consigo retos emocionales y psicológicos.
Mudarse a una nueva ciudad significa abandonar el núcleo familiar y enfrentarse a un contexto desconocido, a menudo con ritmos y normas completamente nuevos. Compartir espacio con compañeros de piso, adaptarse a nuevos hábitos y asumir responsabilidades diarias son solo algunas de las experiencias que pueden poner a prueba el equilibrio emocional de los estudiantes.
Separarse de la familia: un cambio significativo
Empezar la universidad representa una fase de transformación significativa en la vida de muchos jóvenes. En España, según datos del Ministerio de Innovación, Ciencia y Universidades, el 31,4 % de los estudiantes cambia de provincia para cursar sus estudios universitarios y en torno a un 16 % se traslada a otra comunidad autónoma.
Si bien esta experiencia ofrece oportunidades de crecimiento personal e independencia, también puede plantear retos que obliguen a rediseñar y replantear algunas maneras de ver las cosas y creencias.
La literatura científica señala un hecho tan obvio como crucial: estar lejos de casa por motivos de estudio se asocia a menudo con la aparición de sentimientos de tristeza y nostalgia (Nghiem et al., 2021). Estos estados emocionales, aunque son comunes, pueden intensificarse en presencia de dificultades para adaptarse al nuevo entorno y afectar negativamente al bienestar psicológico del estudiante.
Sin embargo, las implicaciones de este cambio no se limitan a los estudiantes. Si se analiza de forma más amplia, queda claro que los padres también se enfrentan a cambios importantes, que implican recursos emocionales, psicológicos y financieros.
De hecho, la separación de los hijos de sus padres puede vivirse con preocupación, sensación de vacío o ansiedad ante el futuro, lo que convierte esta fase de la vida en un momento de profundo cambio para toda la unidad familiar.
Observar el fenómeno en su complejidad nos permite comprender cómo esta transición representa una experiencia compartida, en la que todos están implicados en un delicado proceso de crecimiento y adaptación.
Estudiantes que se van a estudiar fuera: la presión de una experiencia irrepetible
Para muchos estudiantes, el periodo universitario es algo más que una etapa educativa. Se percibe como una oportunidad única, casi irrepetible, de construir su futuro. Sin embargo, esta carga de expectativas puede convertirse en una importante presión psicológica.
En paralelo, la expectativa de vivir una "vida universitaria perfecta", llena de nuevas amistades, experiencias emocionantes y éxito académico, puede convertirse en un factor de estrés. La narrativa común en torno a los años universitarios, a menudo idealizada por los medios de comunicación o por los relatos de quienes ya los han vivido, crea una presión implícita para estar siempre “a la altura" de una experiencia memorable.
Esta percepción corre el riesgo de acentuar los sentimientos de inadecuación y aislamiento, especialmente en tiempos difíciles.
La nueva independencia conlleva muchos retos. Uno de los aspectos más desafiantes para los estudiantes que se van a estudiar a otra ciudad es hacer frente al hecho de estar lejos de casa y a la ausencia de un apoyo familiar inmediato.
Los retos de la vida cotidiana amplifican el sentimiento de vulnerabilidad. Preparar las comidas, hacer la compra y mantener un estilo de vida equilibrado se convierten en responsabilidades exclusivas del estudiante. Este cambio puede afectar negativamente a la salud física y, en consecuencia, a la psicológica, alimentando un ciclo de estrés y malestar.
Se añade una carga adicional con la presión social y académica. Muchos estudiantes se enfrentan a comportamientos de riesgo, como el abuso del alcohol o el consumo de drogas. Para los estudiantes que viven solos, la combinación de nuevas responsabilidades y un entorno social desconocido puede ser un terreno fértil para el desarrollo de hábitos nocivos.
Además de estas dificultades cotidianas, los retos psicológicos representan un aspecto crucial de la experiencia universitaria para los estudiantes que se desplazan a otra región o ciudad. Muchos estudiantes sufren ansiedad, depresión y estrés general (Caldarelli et al., 2024). Para los que viven lejos de su red de apoyo, estos problemas pueden ser aún más difíciles de sobrellevar y crear un sentimiento de soledad que se suma a la presión académica.
A pesar de estas dificultades, es importante reconocer que estudiar lejos de casa, aunque resulte complejo, puede convertirse en una experiencia de crecimiento y resiliencia. Con el apoyo adecuado, tanto de las familias como de las universidades, los estudiantes pueden aprender a gestionar sus emociones y responsabilidades, y transformar cada reto en una oportunidad de aprendizaje. El objetivo, por tanto, es crear un entorno que les ayude a sentirse acogidos y apoyados, para que puedan afrontar el camino hacia el futuro con serenidad.

Estrategias de gestión: enfoques prácticos para desarrollar la resiliencia
Enfrentarse a los retos de la vida universitaria, sobre todo para los que se van a vivir fuera, no solo requiere una adaptación práctica, sino también un importante compromiso psicológico. Para muchos estudiantes, desarrollar estrategias eficaces para afrontar los cambios y las dificultades es la clave para mantener el equilibrio y mejorar su bienestar general.
Un estudio longitudinal realizado en el Reino Unido (Alharbi & Smith, 2019) analizó el bienestar de los estudiantes internacionales durante su primer año en la universidad. La investigación descubrió que los momentos más difíciles suelen estar relacionados con la fase previa a la llegada y los primeros meses en un nuevo entorno, periodos caracterizados por altos niveles de estrés y dificultades de adaptación.
Entre las estrategias más eficaces que se desprenden del estudio están el apoyo social de amigos y familiares, la actividad física regular y la aplicación de técnicas de gestión del tiempo. Estos enfoques no solo ayudan a reducir el estrés, sino que también fomentan una mayor sensación de control y estabilidad emocional.
Las dificultades asociadas a la vida universitaria también se entrelazan con aspectos financieros y culturales. Algunos estudios (Fernández-Mellizo, 2022) señalan cómo las condiciones económicas y el bagaje cultural de la familia influyen significativamente en el éxito o el abandono de los estudios universitarios. Por ejemplo, si ambos padres tienen como máximo estudios primarios el abandono es del 18 %, frente al 9 % en el caso de que ambos progenitores tengan estudios superiores.
Las familias con recursos limitados a menudo luchan por hacer frente a los costes de vivir lejos de casa y esto puede pasar factura emocional tanto a los estudiantes como a sus padres. Para los estudiantes, saber que están suponiendo una carga económica para sus familias puede aumentar la sensación de presión y la necesidad de alcanzar la excelencia, lo que a veces conduce a situaciones de ansiedad o burnout.
En respuesta a estas dificultades, las universidades pueden desempeñar un papel clave en la promoción de estrategias de resiliencia. Algunas medidas eficaces para ayudar a los estudiantes a sentirse apoyados y a desarrollar herramientas útiles para afrontar los retos diarios podrían ser:
- crear entornos acogedores,
- ofrecer programas de orientación bien estructurados,
- facilitar el acceso a asesoramiento psicológico.
Los padres también pueden contribuir al éxito de sus hijos adoptando una actitud de apoyo y comprensión, más que de control. Ayudar a los estudiantes a desarrollar una autonomía responsable, por ejemplo, enseñándoles a gestionar un presupuesto o a planificar las comidas, puede suponer una gran diferencia en su proceso de adaptación.
Por último, es esencial recordar que la resiliencia no es un rasgo innato, sino una competencia que se construye con el tiempo. Enfrentarse a retos complejos puede convertirse en una oportunidad para crecer y desarrollar un mayor conocimiento de uno mismo.
Al enfrentarse a nuevas experiencias y responsabilidades, los jóvenes que se van a estudiar fuera pueden transformar las dificultades en lecciones de vida valiosas, adquiriendo herramientas que les acompañarán mucho más allá de sus años universitarios.

El impacto psicológico en los padres: el síndrome del nido vacío
El traslado de los estudiantes a la universidad marca un cambio significativo no solo para los jóvenes, sino también para sus padres. Este acontecimiento, a menudo considerado como un paso natural en el camino hacia la independencia, también puede representar un desafío psicológico para las familias y dar lugar al llamado síndrome del nido vacío. Este trastorno, caracterizado por sentimientos de vacío, ansiedad y depresión, afecta sobre todo a los padres que ven reducido su papel activo en la vida cotidiana de sus hijos.
Las investigaciones han demostrado que el vínculo afectivo y el sentido de responsabilidad hacia sus hijos pueden intensificar estas emociones. Los padres suelen buscar un equilibrio entre el deseo de apoyar a sus hijos y la necesidad de fomentar su autonomía. Sin embargo, la ansiedad por su ausencia y la preocupación por su capacidad para afrontar los retos lejos de casa pueden amplificar la sensación de pérdida.
Esta dinámica, además, puede tener un mayor impacto en aquellos padres que han invertido gran parte de su identidad personal en el rol parental (Lewis et al., 2015).
El síndrome del nido vacío no es un fenómeno universal, sino que varía en función de factores culturales y personales. Por ejemplo, en las familias españolas tradicionales, donde los lazos familiares son especialmente estrechos, el momento en el que un hijo se va a estudiar fuera puede tener un impacto más profundo que en contextos en los que se fomenta la independencia desde la infancia.
Adaptación y nuevos papeles para los padres
Hacer frente al síndrome del nido vacío exige que los padres reconfiguren sus papeles e inviertan en nuevas actividades que den sentido a su vida cotidiana. Uno de los pasos fundamentales es separar la identidad personal de la función parental desarrollando intereses y objetivos individuales (Sorcinelli & Near, 1989). Este proceso no solo ayuda a salvar el vacío dejado por los hijos, sino que también fomenta una mayor resiliencia emocional.
Un primer paso práctico para los padres es crear una rutina que incluya actividades gratificantes, como el voluntariado, el desarrollo de aficiones o el aprendizaje de nuevas habilidades. Establecer nuevas conexiones sociales e invertir en relaciones personales también puede aliviar la soledad y reducir el estrés (Alharbi & Smith, 2019).
Además, los padres pueden aprovechar este periodo para redefinir la relación con sus hijos. Mantener un vínculo de apoyo, sin interferencias excesivas, ayuda a facilitar la transición a la independencia tanto para los padres como para los hijos (Lewis et al., 2015). Una comunicación regular, pero respetuosa en lo que respecta a los límites, puede fortalecer la relación y reducir la ansiedad mutua.
Por último, afrontar el nido vacío puede ser una oportunidad para que los padres redescubran su relación como pareja. Invertir tiempo en la relación, planificando actividades o viajes conjuntos, puede convertir esta fase en un momento de crecimiento y consolidación de su unión. El proceso de adaptación lleva su tiempo, pero puede representar una fase de renacimiento personal y relacional, que prepare a los padres para vivir plenamente esta nueva etapa de la vida.
El comienzo de un viaje
La entrada en la universidad marca el inicio de un viaje intenso y transformador, repleto de experiencias en la que tanto estudiantes como padres se ven en la posición de redescubrirse y adaptarse. No se trata únicamente de mudarse a una nueva ciudad o de afrontar nuevas responsabilidades, sino de renegociar los equilibrios afectivos y relacionales, en los que cada uno encuentra un nuevo espacio y un nuevo papel.
Para los jóvenes, la separación de la familia representa un reto de autonomía y resiliencia, con la necesidad de gestionar la soledad, la presión académica y las nuevas dinámicas sociales. Por otro lado, los padres experimentan la delicadeza de un cambio que puede evocar sentimientos de vacío y desorientación, pero que también ofrece la oportunidad de redescubrirse a sí mismos y redefinir sus prioridades.
En este contexto, el apoyo mutuo y el diálogo abierto se convierten en herramientas fundamentales. Una relación familiar que equilibre autonomía y presencia favorece el bienestar emocional de ambas partes. Por lo tanto, es esencial darse cuenta de que pedir apoyo no es un signo de debilidad, sino de fortaleza.
Lo que realmente importa es abordar este viaje con apertura y confianza, asumiendo cada reto como una oportunidad de crecimiento, para construir una relación más sólida entre padres e hijos y prepararse juntos para un futuro lleno de posibilidades.