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Neurotransmisores: qué son y cómo influyen en el estado de ánimo

Neurotransmisores: qué son y cómo influyen en el estado de ánimo
Redacción Unobravo
Redacción Unobravo
Unobravo
Artículo revisado por nuestra redacción clínica.
Publicado el
30.10.2026
Última actualización el
30.10.2026
Neurotransmisores: qué son y cómo influyen en el estado de ánimo
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  • Los neurotransmisores son mensajeros químicos que permiten que las neuronas se comuniquen.
  • La teoría de que la depresión se debe solo a tener poca serotonina es una simplificación superada: el bienestar emocional depende de la interacción compleja de varios sistemas neuroquímicos y de factores ambientales.
  • El estrés crónico, los traumas, una alimentación inadecuada y la falta de sueño pueden alterar de forma concreta los neurotransmisores.
  • Gracias a la neuroplasticidad del cerebro, la psicoterapia puede contribuir a modificar la producción y la regulación de los neurotransmisores, de forma complementaria a los fármacos cuando estos son necesarios.
  • La actividad física, una alimentación con precursores de los neurotransmisores, el sueño regular, el mindfulness y las relaciones de calidad son estrategias que pueden favorecer el equilibrio neuroquímico.

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¿Alguna vez te has sentido de bajón, sin energía, sin saber muy bien por qué? Aunque no haya pasado nada especial ni hayas recibido malas noticias, notas que algo no va bien y no consigues explicarlo.

A menudo, la respuesta se encuentra dentro de nosotros, de manera literal: en la forma en que nuestro cerebro se comunica consigo mismo a través de pequeñas moléculas que influyen en cómo nos sentimos, en la energía y la motivación que encontramos y en cómo percibimos el mundo que nos rodea.

Estas moléculas se llaman neurotransmisores, y entender cómo funcionan puede ayudarte a mirar tu estado de ánimo y tu bienestar desde una perspectiva muy distinta.

Qué son los neurotransmisores y cómo funcionan

Imagina tu cerebro como una ciudad enorme, recorrida por miles de millones de calles por las que circulan mensajes sin parar. Los protagonistas de este tráfico son las neuronas, las células nerviosas, que, sin embargo, no llegan a tocarse: entre una neurona y otra siempre hay un pequeño espacio vacío, llamado hendidura sináptica.

Aquí es donde entran en juego los neurotransmisores, los mensajeros químicos que permiten que las neuronas se comuniquen entre sí.

Piensa en ellos como en los repartidores de un servicio de correos interno: la neurona emisora prepara el mensaje y lo libera en la hendidura sináptica, y la neurona receptora lo recoge gracias a unas estructuras específicas llamadas receptores, algo así como un buzón con una cerradura a medida.

Mecanismos y mensajeros químicos

Otro mecanismo importante es la recaptación. Después de transmitir el mensaje, la neurona emisora reabsorbe parte del mensajero químico para reciclarlo y volver a utilizarlo. Este proceso es clave en el funcionamiento de muchos fármacos antidepresivos, que actúan al bloquear justo esta recogida para que la molécula permanezca más tiempo disponible en la hendidura.

Entre los principales mensajeros químicos relacionados con nuestro estado de ánimo y bienestar encontramos:

  • la serotonina, a menudo asociada a la estabilidad emocional y a la sensación de calma;
  • la dopamina, vinculada a la motivación, al placer y a la recompensa;
  • la noradrenalina, que interviene en la respuesta al estrés y en la atención;
  • el GABA, el principal freno del sistema nervioso, que favorece la relajación;
  • el glutamato, el principal acelerador, esencial para el aprendizaje y la memoria.

Comprender su papel puede ayudarte a dar sentido a muchas de las cosas que sientes cada día: desde el entusiasmo repentino hasta el cansancio inexplicable, desde la ansiedad que aparece sin motivo hasta la dificultad para disfrutar de las cosas.

En los próximos apartados los exploramos uno a uno para entender qué ocurre cuando su equilibrio se altera.

Primo piano di una sfera di plasma che brilla con correnti elettriche colorate che si estendono verso l'esterno.
R Bude – Pexels

Serotonina: mucho más que la hormona de la felicidad

La serotonina es uno de los mensajeros químicos más conocidos y suele asociarse a una idea de serenidad y estabilidad emocional. Lo que poca gente sabe es que la mayor parte de la serotonina de nuestro cuerpo se produce en el intestino, no en el cerebro: alrededor del 90 % se encuentra en el tracto gastrointestinal, y esto explica por qué la conexión entre el estómago y el estado de ánimo es mucho más concreta de lo que parece.

Como confirmación de este vínculo, una revisión científica ha puesto de relieve la existencia de un verdadero “eje intestino-cerebro”: las bacterias que viven en nuestro intestino se comunican con el sistema nervioso central a través de distintos canales, entre ellos el sistema inmunitario, el nervio vago y la producción de sustancias capaces de influir en la actividad cerebral.

Además, los primeros estudios realizados en seres humanos sugieren que actuar sobre la flora intestinal podría modificar los niveles de estos mensajeros químicos, lo que abre la puerta a posibles nuevos enfoques para el tratamiento de trastornos relacionados con el comportamiento y la salud cerebral (Strandwitz, 2018).

En el cerebro, la serotonina contribuye a regular el estado de ánimo, la calidad del sueño, la sensación de saciedad e incluso nuestra capacidad de sentirnos en sintonía con los demás, lo que podríamos llamar empatía emocional.

Sin embargo, es importante desmontar un mito muy extendido: la idea de que la depresión es solo el resultado de tener poca serotonina es una simplificación excesiva que, en los últimos años, la investigación ha matizado en gran medida. El bienestar emocional no depende de un único mensajero químico, sino de la interacción compleja entre varios sistemas.

La serotonina trabaja siempre en diálogo con otros protagonistas, entre ellos la dopamina, de la que hablamos a continuación y que tiene una historia igual de fascinante, vinculada a la motivación y al placer.

Dopamina: el motor de la motivación

La dopamina suele describirse como el mensajero químico del placer, pero sería más preciso llamarla el motor de la motivación: no se trata tanto de lo que sentimos cuando conseguimos algo, sino del impulso que nos lleva a ponernos en marcha para buscarlo.

En el cerebro, la dopamina actúa a través de un circuito llamado sistema de recompensa, en el que participa un área específica, el nucleus accumbens (núcleo accumbens). Cuando anticipas algo agradable, ya sea una comida rica, un reconocimiento en el trabajo o incluso una notificación en el móvil, tu cerebro libera dopamina, refuerza ese comportamiento y te impulsa a repetirlo. Así es como aprendemos, nos motivamos y creamos hábitos.

Pero ¿qué ocurre cuando este sistema se altera? Unos niveles demasiado bajos de dopamina pueden traducirse en apatía, dificultad para encontrar motivación y la sensación de que nada merece de verdad el esfuerzo. En el ámbito clínico, el déficit grave de dopamina también se asocia a la enfermedad de Parkinson, una enfermedad neurodegenerativa que afecta, entre otras cosas, al control del movimiento.

Por el contrario, una activación excesiva o crónica del circuito dopaminérgico puede alimentar las adicciones: el alcohol, algunas sustancias e incluso ciertas conductas compulsivas secuestran este sistema y generan una necesidad de estimulación cada vez más intensa.

Un ejemplo muy común es el de la nicotina, la sustancia psicoactiva presente en las hojas de tabaco. La nicotina actúa de forma directa sobre el sistema nervioso central y provoca la liberación de dopamina, el mensajero químico vinculado a la sensación de placer y gratificación. Es justo este mecanismo de recompensa el que hace que dejar de fumar resulte tan difícil.

Como recuerda el Plan Nacional sobre Drogas del Ministerio de Sanidad, la nicotina de los cigarrillos electrónicos es adictiva y puede perjudicar el desarrollo del cerebro; además, la misma sustancia responsable de la dependencia de los cigarrillos tradicionales también está presente en productos más recientes, como los dispositivos de tabaco calentado o las bolsas de nicotina (Ministerio de Sanidad, s. f.).

El tabaco calentado se define normativamente como un producto que produce una emisión inhalable que contiene nicotina y otras sustancias químicas, mientras que las bolsas de nicotina han sido incorporadas por el Ministerio de Sanidad como una categoría específica de producto relacionado con el tabaco (Ministerio de Sanidad, 2024).

Por último, dopamina y serotonina no trabajan de forma aislada, sino que se influyen entre sí de manera continua, y su equilibrio contribuye a lo que experimentamos como bienestar general.

Noradrenalina: la respuesta al estrés

La noradrenalina se produce sobre todo en una pequeña zona del tronco del encéfalo llamada locus coeruleus, desde donde sus fibras se proyectan hacia casi todo el cerebro.

Su función más conocida es prepararte para afrontar una amenaza: cuando percibes un peligro, la noradrenalina entra en juego y activa lo que se conoce como respuesta de lucha o huida. El corazón se acelera, los sentidos se agudizan, la atención se centra en lo que importa y el cuerpo pasa a un estado de máxima alerta.

Sin embargo, la noradrenalina no solo interviene en los momentos de emergencia: también en el día a día regula la vigilancia, la concentración y los niveles de energía. Cuando sus niveles bajan, puedes sentirte apagado, cansado, con la mente nublada y con dificultad para encontrar el impulso necesario incluso para las cosas más sencillas.

No es casualidad, por tanto, que la noradrenalina esté implicada en la depresión: algunos fármacos antidepresivos actúan justo sobre este circuito para intentar restablecer un equilibrio que, cuando falta, pesa de forma concreta en tu estado de ánimo y en tu vitalidad.

Una torre di pietre accuratamente impilate su una roccia accanto a un ruscello, che simboleggia armonia e equilibrio.
Kamryn Collins – Pexels

GABA y glutamato: el freno y el acelerador

El GABA y el glutamato forman juntos la pareja más fundamental de todos los neurotransmisores.

El GABA es el principal neurotransmisor inhibidor del cerebro: cuando entra en acción, ralentiza la actividad neuronal y favorece la calma, la relajación y una sensación de tranquilidad. En cierto sentido, es el freno del sistema.

El glutamato, en cambio, es el principal neurotransmisor excitador: activa las neuronas, alimenta las sinapsis y desempeña un papel esencial en el aprendizaje y la memoria. Sin él, el cerebro no conseguiría formar nuevos recuerdos ni procesar la información de forma eficaz.

Uno de los aspectos más importantes es el equilibrio entre ambos. Cuando el glutamato predomina demasiado, el sistema se sobrecarga: ansiedad, hiperactivación, dificultad para apagar los pensamientos. En cambio, cuando el GABA toma el control en exceso, el resultado puede ser cansancio, enlentecimiento mental y una especie de niebla mental (brain fog).

Cuando los neurotransmisores se desequilibran

El equilibrio de los neurotransmisores no es algo fijo e inmutable: cambia de manera constante en respuesta a lo que vivimos, a cómo comemos, a cuánto dormimos, a las relaciones que cultivamos o a las heridas que llevamos con nosotros.

Un estrés laboral prolongado, por ejemplo, mantiene el sistema nervioso en un estado de alerta constante y altera la producción de noradrenalina y serotonina. Una relación difícil o un duelo no procesado pueden dejar huellas profundas en la química cerebral, y no solo en el plano emocional.

El Plan Nacional sobre Drogas del Ministerio de Sanidad de España señala que el consumo de determinadas sustancias puede alterar la actividad de sistemas de neurotransmisión implicados en la recompensa, el estado de ánimo y la regulación emocional, como la dopamina, la serotonina y la noradrenalina. Esta modificación neuroquímica contribuye a los efectos reforzantes del consumo y otras manifestaciones propias de las adicciones (Delegación del Gobierno para el Plan Nacional sobre Drogas, 2018).

En otras palabras, cuando estas señales químicas no funcionan como deberían, nuestro estado de ánimo, nuestra motivación y nuestra capacidad de sentir placer pueden verse afectados de forma significativa.

Cuando estos factores se suman a lo largo del tiempo, el cerebro se resiente de forma concreta. Las consecuencias pueden variar mucho de una persona a otra, pero a menudo incluyen:

  • estado de ánimo deprimido o tristeza persistente;
  • ansiedad y sensación de peligro difusa;
  • apatía y pérdida de interés por las cosas que antes gustaban;
  • dificultad para conciliar el sueño o sueño poco reparador;
  • problemas de concentración y memoria.

El cerebro responde a condiciones reales, biológicas y ambientales. Si te sientes así, no es porque seas débil o no te esfuerces lo suficiente, sino porque tu sistema nervioso reacciona ante algo concreto.

Un momento sereno di una donna in una stanza accogliente, mentre si gode il tempo libero vicino alla finestra.
Andrea Piacquadio – Pexels

Estrategias para recuperar el equilibrio de los neurotransmisores

Saber qué puede influir en el equilibrio de los neurotransmisores ya es un buen punto de partida. Pero, ¿qué podemos hacer, en la práctica, para favorecerlo?

Lo que sabemos es que algunos hábitos cotidianos pueden tener un impacto real en la química del cerebro, aunque los resultados no sean inmediatos ni iguales para todo el mundo.

Un ejemplo concreto tiene que ver con la alimentación. Una revisión de la literatura científica realizada por un grupo de investigadores del Instituto Ortopédico Galeazzi de Milán analizó la relación entre lo que comemos y los neurotransmisores presentes en nuestro cerebro.

Los resultados muestran que algunos alimentos contienen de forma natural sustancias como la serotonina, la dopamina, el GABA y el glutamato. Estas moléculas pueden encontrarse en los alimentos porque forman parte de los procesos biológicos de plantas y animales, o bien pueden formarse durante la elaboración y la preparación de la comida (Briguglio et al., 2018).

Esto no significa que baste un solo alimento para mejorar el estado de ánimo, pero sí que las elecciones alimentarias cotidianas pueden contribuir, a largo plazo, a sostener el equilibrio de nuestra química cerebral.

Entre los factores que pueden marcar la diferencia están:

  • Alimentación equilibrada: algunos nutrientes, como el triptófano (presente en legumbres, huevos y frutos secos), son precursores directos de neurotransmisores como la serotonina.
  • Sueño regular: durante el descanso, el cerebro consolida los procesos neuroquímicos; dormir poco o mal puede alterar su equilibrio de forma significativa.
  • Actividad física: el movimiento estimula la liberación de dopamina y serotonina, con efectos documentados sobre el estado de ánimo y la reducción de la ansiedad.
  • Prácticas de gestión del estrés: el mindfulness, la respiración consciente y otras técnicas de relajación pueden ayudar a modular la respuesta del sistema nervioso.
  • Relaciones y apoyo emocional: sentirnos vistos y conectados con los demás no es solo una necesidad psicológica, sino que también tiene efectos concretos sobre la neurobiología, ya que favorece la liberación de oxitocina y reduce los niveles de cortisol.

Lo más importante es recordar que cuerpo, mente y entorno no funcionan por separado, sino que se influyen de manera continua. Por eso, el bienestar no nace de un único gesto correcto, sino de un enfoque que tiene en cuenta varias dimensiones de la vida.

Psicoterapia, fármacos y neurotransmisores

Hablar de química cerebral no significa reducirlo todo a moléculas y sinapsis. Significa entender que el cerebro es un órgano plástico, capaz de cambiar, y que algunas investigaciones sugieren que ciertas experiencias, incluida la psicoterapia, pueden modificarlo de forma concreta.

Este proceso se llama neuroplasticidad: el cerebro reorganiza sus conexiones en respuesta a lo que vivimos, pensamos y aprendemos. Por eso, un proceso terapéutico puede influir en la producción y la regulación de estos mensajeros químicos y modificar, con el paso del tiempo, patrones de pensamiento y de respuesta emocional muy arraigados.

En algunos casos, sin embargo, la terapia por sí sola no es suficiente, y un médico o un psiquiatra puede valorar la utilidad de un apoyo farmacológico. Los antidepresivos, por ejemplo, suelen actuar ralentizando la recaptación de la serotonina o de la noradrenalina, de modo que permanecen más tiempo disponibles en la sinapsis. Los ansiolíticos, en cambio, potencian la acción del GABA y favorecen un efecto calmante sobre el sistema nervioso.

Un temor habitual es que estos fármacos puedan cambiar quién eres. En realidad, no actúan sobre la personalidad, sino que ayudan a regular las emociones al reducir la intensidad de estados como la ansiedad o el ánimo deprimido, de modo que el trabajo terapéutico resulte también más accesible.

También merece la pena hacer una distinción que a menudo se pasa por alto: los neurotransmisores y las hormonas no son lo mismo. Los neurotransmisores actúan a nivel local, en las sinapsis entre neuronas, con efectos rápidos y precisos. Las hormonas, en cambio, viajan por la sangre y llegan a órganos y tejidos distantes, con efectos más lentos y difusos.

Si notas que tu estado de ánimo está bajo desde hace semanas sin un motivo claro, que la ansiedad se ha convertido en una presencia constante, que has perdido el interés por cosas que antes te gustaban o que las tareas cotidianas te exigen un esfuerzo desproporcionado, puede que sea el momento de pedir una valoración a un especialista.

Un primer paso hacia un mayor autocuidado

Sentirte de bajón, vacío o a merced de una ansiedad que no consigues explicar no es culpa tuya, ni tampoco una debilidad. Es una señal, como cualquier otra señal que el cuerpo nos envía cuando algo no va bien.

No hace falta tocar fondo para decidir cuidar de ti. Pedir ayuda antes, cuando las señales aún son leves, suele ser la opción más eficaz y, sobre todo, la más amable contigo.

Un proceso terapéutico es un espacio seguro en el que poder conocerte mejor, aprender a reconocer tus patrones y no quedarte a solas con lo que sientes. Si crees que podrías necesitar acompañamiento, en Unobravo puedes empezar un proceso terapéutico con un psicólogo o una psicóloga de forma sencilla y sin listas de espera.

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FAQ

Los principales neurotransmisores relacionados con el estado de ánimo y el bienestar son la serotonina (estabilidad emocional), la dopamina (motivación y placer), la noradrenalina (atención y respuesta al estrés), el GABA (principal inhibidor, favorece la calma) y el glutamato (principal excitador, esencial para la memoria y el aprendizaje).
La serotonina es el neurotransmisor que más se asocia a la estabilidad emocional y a la sensación de calma. Sin embargo, el bienestar emocional depende del equilibrio de varios sistemas: la dopamina y la noradrenalina también contribuyen de forma significativa al estado de ánimo general.
Uno de los neurotransmisores más importantes es la dopamina: regula la motivación, el placer y el aprendizaje a través del sistema de recompensa del cerebro. Las alteraciones en sus niveles se asocian a la apatía, la depresión, la enfermedad de Parkinson y las adicciones.
Los 4 neurotransmisores que más se citan en relación con el bienestar psicológico son la serotonina, la dopamina, la noradrenalina y el GABA. A ellos se suma el glutamato, el principal neurotransmisor excitador del cerebro.
Para saber si tienes un desequilibrio de neurotransmisores, no existe una prueba fiable que permita medirlos en la vida cotidiana. Algunas señales que pueden indicar un desequilibrio son el ánimo bajo persistente, la ansiedad difusa, la apatía, la dificultad para concentrarte, el sueño alterado y la pérdida de interés por actividades que antes resultaban agradables. En estos casos, se recomienda una valoración especializada.
Sí, el estrés, los traumas y los problemas relacionales pueden alterar los neurotransmisores. El estrés prolongado, las relaciones difíciles y los traumas no procesados pueden modificar de forma concreta la producción de serotonina, noradrenalina y dopamina. El cerebro responde a condiciones reales y biológicas: no se trata de debilidad, sino de una respuesta fisiológica a experiencias concretas.
Existen algunos hábitos que pueden favorecer el equilibrio neuroquímico: una alimentación rica en triptófano (legumbres, huevos, frutos secos), un sueño regular, la actividad física, prácticas de gestión del estrés como el mindfulness y relaciones sociales de calidad. Los resultados no son inmediatos ni iguales para todo el mundo, pero su impacto en la química cerebral está documentado.
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