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Los hijos y la separación de los padres: palabras que protegen

Los hijos y la separación de los padres: palabras que protegen
Monica D'Imperia
Monica D'Imperia
Psicoterapeuta Cognitivo-Conductual
Artículo revisado por nuestra redacción clínica.
Última actualización el
24.7.2026
Los hijos y la separación de los padres: palabras que protegen
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Cuando una pareja atraviesa una crisis, la atención puede centrarse en el conflicto de la relación y dejar en segundo plano las necesidades emocionales de los hijos. Para niños y adolescentes, la relación entre los padres representa un referente de seguridad, y percibir su inestabilidad puede generar ansiedad y sensación de amenaza. La separación conlleva a menudo cambios concretos en los hábitos, los espacios y las rutinas, que necesitan tiempo para comprenderse y elaborarse.

Se trata de una experiencia frecuente: en 2024 en España se registraron 82.991 divorcios y 3.604 separaciones (INE, 2025). Saber que muchas familias atraviesan transiciones similares puede reducir la sensación de aislamiento, pero cada historia es única y necesita formas de comunicación atentas y protectoras, sobre todo hacia los hijos.

En las situaciones de alta conflictividad, en las que los menores se ven implicados en el enfrentamiento entre los padres, la mediación familiar puede ser un apoyo valioso. De hecho, cuando la pareja conyugal se rompe, mantener firme el rol parental puede resultar difícil, y ese esfuerzo suele ser una de las principales fuentes de sufrimiento para los hijos.

Las reacciones de los menores ante la separación no son uniformes: varían según la etapa evolutiva. Los estudios clásicos de Wallerstein y Kelly distinguen tres periodos principales: la infancia (hasta los 8 años), la preadolescencia (9-12 años) y la adolescencia, y muestran cómo las necesidades emocionales y las formas de respuesta difieren notablemente con la edad.

El impacto de la separación

En varios países europeos se observa un aumento de los regímenes de custodia compartida y de las políticas que promueven la corresponsabilidad parental, aunque con ritmos y modelos diferentes según cada sistema jurídico.

En el caso de España, los datos del INE muestran que esta tendencia se ha consolidado claramente: en 2024 la custodia compartida se aplicó en el 49,7 % de los divorcios entre cónyuges de diferente sexo con hijos menores, mientras que la custodia exclusiva a la madre se situó en el 46,6 % y la atribuida al padre en el 3,4 %, de modo que, por primera vez, la custodia compartida supera a la materna exclusiva.

El desenlace para los hijos no depende solo de la separación en sí, sino del conjunto de factores de riesgo y de protección presentes en el contexto familiar. Entre los principales elementos críticos se encuentran:

  • Conflicto interparental elevado y persistente: las discusiones frecuentes, la descalificación, las amenazas o los litigios judiciales “interminables” aumentan el estrés y la inseguridad. El conflicto interparental es un predictor sólido de dificultades en los hijos (Buehler et al., 1997).
  • Calidad de la coparentalidad: cuando los padres son capaces de coordinarse (normas, colegio, salud), los hijos perciben continuidad y protección. La coparentalidad es un eje central en los modelos clínicos y de investigación (Feinberg, 2003).
  • Estabilidad de las rutinas y los límites: unos horarios, tareas, actividades deportivas, amistades y normas coherentes reducen la ansiedad porque hacen que el mundo sea previsible.
  • Una relación cálida con ambos progenitores: sentirse visto, escuchado y no “utilizado” como aliado es un factor de protección. La calidad de la crianza determina muchos resultados tras la separación (Amato, 2010).
  • La edad y el temperamento del menor: influyen en la forma en que los menores viven y comunican el estrés.

Las investigaciones invitan a evitar lecturas alarmistas: los estudios longitudinales muestran que, en familias con poco conflicto, la separación no se asocia necesariamente a un aumento de los problemas de conducta (Xerxa et al., 2020).

El dato que se desprende, por tanto, es que a menudo no es el hecho de la separación en sí lo que más incide en el bienestar de los hijos, sino la exposición prolongada a los conflictos, la inestabilidad y una menor disponibilidad de los padres. Reducir la conflictividad y proteger la relación entre padres e hijos resulta, así, más determinante que la estructura familiar.

Cómo comunicar la separación: principios clave para proteger a los hijos

El anuncio de la separación puede quedar en el recuerdo de los hijos como un acontecimiento que marca un “antes y un después”. Algunos principios pueden ayudar a reducir el miedo y las fantasías catastróficas.

  • Decir la verdad de forma sencilla: poca información, concreta y adaptada a la edad. Demasiados detalles pueden alimentar la confusión y el sentimiento de responsabilidad.
  • Tranquilizar sobre la culpa y el amor: repetir que la separación es una decisión de los adultos y que el amor hacia el hijo no cambia. Esto contrarresta la idea típica de “si yo hubiera sido diferente, no habría pasado”.
  • Explicar qué cambiará y qué seguirá igual: la previsibilidad reduce la ansiedad (casa, colegio, deporte, tiempo con mamá y con papá).
  • Evitar el “juicio en el salón”: nada de acusaciones, detalles económicos o infidelidades. El hijo no debe convertirse en juez ni en confidente.
  • Acoger las emociones sin corregirlas: la tristeza, la rabia y el alivio pueden coexistir. Validar significa reconocer.

Estas recomendaciones son coherentes con lo que muestran los estudios longitudinales sobre los efectos de la separación y del conflicto a lo largo del tiempo (Wallerstein y Kelly, 1980; Amato, 2010).

Comunicar la separación durante la infancia

En la infancia se observan “pensamientos mágicos” sobre la reconciliación de la familia, junto con manifestaciones de miedo, ansiedad y tristeza. Los niños tan pequeños todavía no son capaces de elaborar su dolor y pueden disponer de pocas herramientas verbales para expresar lo que ocurre. Por eso, pueden manifestar lo que sienten a través de:

  • hostilidad y desobediencia,
  • irritabilidad,
  • pesadillas,
  • malestares y somatizaciones de tipo regresivo, como tartamudeo, distanciamiento emocional, rechazo del juego o dolores abdominales, que parecen predominar en los más pequeños.
J U N E - Pexels

A partir de los seis años puede aparecer la producción de fantasías de reunificación familiar, conductas regresivas o alteraciones del lenguaje. Para protegerse de esta situación, percibida como un abandono, los niños pueden poner en marcha mecanismos de defensa a través del pensamiento mágico o la negación. El sentimiento más intenso y preocupante en esta etapa del desarrollo es la depresión infantil, que puede manifestarse con:

  • cansancio,
  • somnolencia o insomnio,
  • pérdida de apetito,
  • disminución de los intereses o de las ganas de jugar.

En la infancia, el niño razona de forma concreta y puede llenar los vacíos con “pensamientos mágicos”. El objetivo, por tanto, en esta etapa es dar seguridad, no explicaciones complejas. Por ejemplo:

  • Mensaje base: “mamá y papá han decidido vivir en dos casas. Tú no has hecho nada malo.” Repetirlo varias veces puede ayudar a contrarrestar el sentimiento de culpa.
  • Tranquilidad afectiva: “te queremos igual que antes y vamos a cuidar de ti.” Sirve para proteger la idea de base segura.
  • Concreción: “dormirás aquí y aquí, y te acompañará papá o mamá.” Los detalles prácticos reducen la ansiedad más que las promesas genéricas.
  • Gestión de las preguntas: “entiendo que estés triste o enfadado. Puedes preguntarme lo que quieras.” Normaliza la emoción y mantiene abierto el canal.

Si el niño pregunta “¿volveréis a estar juntos?”, una respuesta útil puede ser: “No, no volveremos a estar juntos como pareja, pero siempre seremos tus padres.” Es una claridad amable que reduce las expectativas y las decepciones.

Comunicar la separación durante la preadolescencia

En la preadolescencia, la reacción ante la separación está dominada por vivencias de pérdida y por un fuerte sufrimiento, con componentes depresivos que a menudo adoptan la forma sintomática de un trastorno de adaptación. Al principio se manifiestan con un malestar ligado a la comprensión de lo que ocurre y con estados de ánimo cambiantes hacia los padres.

Los chicos y chicas de esta edad pueden expresar una hostilidad manifiesta hacia el progenitor que ha dejado la familia, o bien vincularse a él de forma intensa y desarrollar sentimientos ambivalentes hacia el otro, al que consideran de algún modo responsable de la separación.

Estos episodios pueden ir acompañados de intensos conflictos de lealtad hacia uno u otro progenitor. Puede resultar más difícil que estos chicos y chicas dejen aflorar respuestas de rabia, agresividad o tristeza. Pueden aparecer trastornos somáticos y, dentro de ellos, como posibles manifestaciones somáticas, podemos mencionar gastritis o asma, y conductas orientadas a atraer la atención sobre sí mismos, como pequeños hurtos, fugas de casa o un empeoramiento del rendimiento escolar.

En la preadolescencia puede aumentar la capacidad de comprender, pero el chico o la chica puede sentirse “obligado a elegir”. Aquí es importante proteger la libertad emocional a través de:

  • Claridad y respeto: “hemos intentado resolverlo, pero no lo hemos conseguido. No es culpa tuya.” Evitar convertir al hijo en un investigador.
  • Permiso para querer a los dos: “puedes querernos a mí y a papá/mamá sin traicionar a nadie.” Reducir la ansiedad de tener que tomar partido.
  • Espacio para las opiniones, no para las decisiones: “si quieres contarme qué te preocupa, te escucho. Las decisiones de adultos las tomamos nosotros.” Proteger de la carga de responsabilidad.
  • Aspectos prácticos: “estos son los días con cada uno de nosotros; si algo no funciona, lo hablamos.” Transmitir flexibilidad sin inestabilidad.

Comunicar la separación durante la adolescencia

La percepción del cambio suele ser muy dramática y, si se ven envueltos en conflictos legales, es difícil que los adolescentes tengan una visión positiva de la familia. Estos episodios pueden provocar una caída de la estima hacia los padres, con el desarrollo paralelo de sentimientos de culpa. Para atenuar, al menos en parte, esta situación, el adolescente puede aceptar las propuestas de alianza con uno u otro progenitor o sentir rabia hacia ambos.

En el plano clínico pueden darse reacciones más o menos agudas ante la separación:

  • la exigencia de vivir con uno u otro progenitor (equivalente a la negación de los niños),
  • la adopción de conductas de riesgo, con consumo de sustancias,
  • otros comportamientos provocadores como, por ejemplo, las fugas de casa.
cottonbro - Pexels

El adolescente puede reaccionar con cinismo, desafío o aparente indiferencia. A menudo no se trata de “falta de corazón”, sino que puede ser una forma de no sentirse vulnerable. Aquí pueden ser útiles unos límites claros y un diálogo adulto, como:

  • Reconocer la complejidad: “sé que puedes tener pensamientos contradictorios. Es natural.” Reduce la vergüenza por las emociones ambivalentes.
  • No al papel de confidente: “no te pediré que tomes partido ni que lleves mensajes.” Protege de la triangulación.
  • Implicación realista: “queremos saber qué necesitas para el colegio, los amigos y el deporte. Las decisiones legales y de pareja son cosa de adultos.” Da voz sin cargar de responsabilidad.
  • Normas coherentes entre las dos casas: “las normas principales continúan parecidas: horarios, colegio, respeto.” La coherencia reduce el acting-out y los conflictos.

La verdadera causa del sufrimiento

Un aspecto fundamental que conviene examinar tiene que ver con las reacciones de los hijos ante la forma en que han sido expuestos al conflicto de los padres. Son el punto central de la cuestión. Según indica la literatura, no es tanto la separación de los padres en sí lo que genera malestar y trastornos en los hijos, sino las circunstancias a través de las cuales estos se ven, directa o indirectamente, implicados en las vicisitudes relacionales y judiciales que se ponen en marcha.

Lista práctica para padres y madres: qué hacer y qué evitar antes y después de la separación

Antes y después de la separación, algunas decisiones prácticas pueden ayudar a preservar la continuidad emocional de los hijos. Es útil mantener rutinas previsibles entre las dos casas, acordar unas pocas normas comunes y preparar con antelación los cambios, evitar discusiones conflictivas delante de los menores o cambios repentinos. También pequeños gestos espontáneos de los niños, como llevar consigo objetos familiares o repetir rituales de transición al llegar, pueden reducir el estrés y la sensación de discontinuidad.

Cuando los adultos transforman el conflicto en organización, el bienestar de los hijos tiende a mejorar. En particular, resultan protectores: la estabilidad de horarios y hábitos, la coherencia educativa entre los padres y una comunicación filtrada que los mantenga a salvo de detalles inadecuados para su edad. Por el contrario, exponen a un mayor malestar conductas como implicarlos en los conflictos, descalificar al otro progenitor o buscar alianzas mediante concesiones excesivas.

Señales de sufrimiento que conviene vigilar y cuándo puede ser útil pedir ayuda

Después de una separación, es natural observar un periodo de reajuste. Conviene pedir apoyo cuando las señales son intensas, persistentes o empeoran con el tiempo, porque pueden indicar que el estrés supera los recursos del hijo o de la familia.

  • Regresiones que no remiten: hacerse pipí en la cama, un lenguaje más infantil o miedo a dormir solo durante semanas o meses.
  • Somatizaciones frecuentes: dolores de barriga, de cabeza o náuseas recurrentes, sobre todo los días de cambio de casa.
  • Aislamiento social o pérdida de intereses: retraimiento, abandono del deporte o de las amistades, apatía marcada.
  • Bajada escolar significativa: un empeoramiento repentino y estable, rechazo del colegio o dificultades de concentración.
  • Irritabilidad y agresividad fuera de control: estallidos frecuentes, conductas oposicionistas que comprometen las relaciones y las normas.
  • En la adolescencia, conductas de riesgo: consumo de sustancias, fugas, conducción peligrosa, relaciones sexuales sin protección o autolesiones.

Pedir ayuda a un psicólogo infanto-juvenil o a un psicólogo de familia puede estar indicado cuando el malestar interfiere con el sueño, el colegio, las relaciones o la seguridad, o cuando el conflicto entre los padres dificulta proteger al hijo.

Un apoyo para ayudarte a proteger a tus hijos (y a cuidar también de ti)

La separación puede ser un momento delicado: para los hijos, que buscan seguridad y continuidad, y para ti, que quizá intentas sostener emociones y decisiones importantes. Valorar el comienzo de una terapia psicológica puede ayudarte a gestionar el conflicto, comunicarte con mayor claridad y construir una coparentalidad más estable, lo que contribuye a reducir el peso que niños y adolescentes corren el riesgo de cargar. Con Unobravo puedes empezar a hacer terapia online con un psicólogo o una psicóloga rellenando el cuestionario, en un espacio reservado y adaptado a tu situación.

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