¿Alguna vez te has sentido constantemente en alerta en tus relaciones, como si esperaras que algo fuera a salir mal, o has hecho de todo por complacer a los demás con tal de no arriesgarte a perderlos? ¿O quizá lo contrario: mantener a las personas a distancia, incluso cuando una parte de ti querría acercarse?
Si te reconoces en estas sensaciones, puede que tengas una forma de vivir las relaciones que los expertos llaman apego inseguro.
El psicoanalista y psiquiatra infantil John Bowlby, en los años 60, fue el primero en comprender algo fundamental: la forma en que aprendemos a relacionarnos con los demás hunde sus raíces en las primeras experiencias afectivas de nuestra vida, sobre todo en la relación con quienes nos cuidaron de niños. Cuando esas experiencias nos transmitieron seguridad y disponibilidad, tendemos a desarrollar una base sólida desde la que explorar el mundo y las relaciones. Cuando, en cambio, fueron imprevisibles, ausentes o fuente de miedo, podemos desarrollar esquemas relacionales más frágiles, que nos influyen también de adultos.
Este patrón no es una condena, ni dice nada definitivo sobre ti o sobre quién puedes llegar a ser, porque es algo que se ha aprendido y, como tal, puede cambiar.
De dónde nace un apego inseguro
Todo empieza con una pregunta sencilla, que cada niño se hace sin saber formularla: “¿Puedo contar contigo?”
La respuesta que recibe, día tras día, no a través de las palabras, sino de los comportamientos de quien lo cuida, construye algo profundo. Cuando el cuidador es disponible, coherente y receptivo, el niño aprende que el mundo es un lugar bastante seguro y que las relaciones pueden ser fuente de consuelo. Cuando, en cambio, las respuestas son ausentes, de rechazo o imprevisibles, se asienta algo distinto.
En psicología llamamos a este proceso la formación del vínculo de apego, y ocurre sobre todo en los primeros años de vida, cuando dependemos por completo de los demás para nuestra supervivencia emocional y física.
De estas experiencias nacen lo que los estudiosos llaman modelos operativos internos (MOI). En la práctica, son las convicciones inconscientes que construimos sobre nosotros mismos y sobre los demás. Piensa en ellos como un mapa mental de las relaciones, escrito en la infancia, que luego usamos para orientarnos en el mundo afectivo de adultos. “¿Soy digno de ser amado?” “¿Los demás estarán ahí para mí?” Las respuestas a estas preguntas se forman mucho antes de que seamos capaces de plantearlas.
Un concepto central en todo esto es el de base segura: la sensación de que hay alguien en quien apoyarse, desde quien partir para explorar el mundo y a quien volver en los momentos difíciles. Cuando esta base falta, o es inestable, el sistema de apego permanece en un estado de alerta crónica.
Conviene decir que no solo influyen las dinámicas familiares. También factores sociales y ambientales, como la pobreza, los traumas colectivos, el aislamiento o la falta de redes de apoyo, pueden influir en la calidad del vínculo de apego y hacer más difícil que un cuidador sea esa base segura que el niño necesita.

Cómo reconocer un apego inseguro
Reconocer este patrón no siempre es inmediato, porque sus señales se esconden a menudo en los comportamientos cotidianos, en las reacciones que damos por sentadas, en las dinámicas que se repiten en cada relación.
Quien ha desarrollado un apego seguro tiende a confiar en los demás sin preocupaciones excesivas, a pedir apoyo cuando lo necesita y a tolerar la distancia emocional sin vivirla como una amenaza. Quien, en cambio, arrastra esquemas de apego inseguro puede sentir que tiene que lidiar con algunas señales recurrentes.
- Dificultad para confiar en los demás, incluso cuando no hay motivos concretos para dudar.
- Un miedo intenso al abandono, que puede llevar a interpretar cada pequeña señal como una confirmación de que “antes o después se irán”.
- Una necesidad constante de reafirmación, que nunca consigue calmar de verdad la ansiedad relacional.
- Una tendencia a cerrarse emocionalmente, lo que lleva a preferir la autosuficiencia a la intimidad, para no arriesgarse a depender de alguien.
Estas reacciones no son decisiones conscientes. Están guiadas por esas expectativas inconscientes que se han ido formando con el tiempo, una especie de “guion” interior que nos dice cómo funcionan las relaciones, incluso antes de que la mente racional tenga tiempo de valorar la situación real.
¿Te reconoces en alguno de estos esquemas? No significa que haya algo malo en ti, sino simplemente que has aprendido a protegerte de una determinada manera.
Las distintas formas de apego inseguro
No existe una única forma en que esto se manifiesta: sus formas pueden ser muy distintas entre sí, a veces casi opuestas. Algunas personas tienden a cerrarse y a mantener a los demás a distancia; otras se aferran con intensidad, siempre en equilibrio entre el deseo de cercanía y el miedo a perderla; otras viven las relaciones de forma caótica, oscilando entre el acercamiento y la huida sin una dirección clara.
Esta variedad no es casual. La clasificación de los estilos de apego nace de los estudios pioneros de John Bowlby y se afinó después gracias al trabajo de investigadoras como Mary Ainsworth y Mary Main, que identificaron tres perfiles principales de apego inseguro: el evitativo, el ambivalente y el desorganizado.
Para entender hasta qué punto están extendidos estos estilos, puede ser útil mirar los números. Un estudio australiano de largo plazo observó a más de 300 parejas de progenitor e hijo, analizaron el tipo de vínculo que se desarrollaba ya en el primer año de vida. Los resultados mostraron que el 59 % de los niños había desarrollado un apego seguro, mientras que el 41 % restante encajaba en uno de los tres perfiles inseguros: el 15 % mostraba un apego evitativo, el 9 % un apego ambivalente y el 17 % un apego desorganizado (McIntosh et al., 2024).
Esto nos dice que el apego inseguro no es una excepción rara, sino una experiencia que afecta a una parte significativa de la población desde la primera infancia.
En los próximos apartados exploraremos cada uno de estos estilos en detalle. Por ahora, un primer mapa puede ayudar a orientarse entre las principales diferencias.
Apego inseguro evitativo
Quien ha desarrollado un apego evitativo ha aprendido, a menudo muy pronto, que apoyarse en los demás no lleva a ninguna parte.
Cuando el cuidador de referencia era emocionalmente distante, rechazante o de manera sistemática poco receptivo a las necesidades del niño, la estrategia más adaptativa pasaba a ser arreglárselas solo. No pedir, no mostrar la necesidad, no esperar que alguien acuda.
Esta solución, que en la infancia tenía un sentido preciso, deja sin embargo una huella profunda. El modelo interno que de ahí se deriva tiende a construir una imagen de sí bastante positiva, pero acompañada de una convicción de fondo según la cual los demás no son fiables, así que es mejor no depender de ellos.
En la persona adulta, esto se traduce a menudo en una fuerte autosuficiencia emocional, en cierta dificultad para dejarse llevar en la intimidad y en una tendencia a reprimir las necesidades afectivas, casi como si sentirlas fuera ya una forma de debilidad. Las relaciones están, pero se mantienen a cierta distancia: no por falta de deseo, sino porque acercarse demasiado puede parecer, de forma inconsciente, peligroso.
Si quieres profundizar en este estilo, en el blog de Unobravo encontrarás un artículo dedicado al apego evitativo con más detalles sobre cómo reconocerlo y cómo puede cambiar con el tiempo.
Apego inseguro ambivalente
Quien ha desarrollado un apego ansioso-ambivalente conoce bien esa sensación de no conseguir nunca estar de verdad tranquilo en una relación, aun cuando todo parece ir bien.
Este estilo nace habitualmente de una experiencia con un cuidador imprevisible: no ausente de forma sistemática, sino disponible solo a ratos, cercano en ciertos momentos y distante en otros, sin que el niño lograra entender por qué. En esa incertidumbre continua, la única estrategia posible era subir el volumen de las propias señales de necesidad, para intentar “captar” la atención cuando la había.
El modelo interno que de ahí se deriva tiende a construir una imagen de sí vulnerable y poco digna de amor, acompañada de la convicción de que los demás, por muy deseados que sean, son fundamentalmente poco fiables.
En la persona adulta, esto puede traducirse en manifestaciones como estas:
- una ansiedad por separación intensa, incluso en relaciones consolidadas,
- una necesidad constante de confirmación y reafirmación por parte de la pareja,
- una oscilación entre el deseo de acercarse y repentinos momentos de rabia o resentimiento, casi como reacción a una decepción ya esperada.
¿Te reconoces en esta oscilación continua entre acercamiento y distancia? En el blog de Unobravo encontrarás un artículo dedicado al apego ansioso-ambivalente para explorar más a fondo cómo se manifiesta y cómo puede evolucionar.

Apego inseguro desorganizado
El apego desorganizado es, de todos los estilos, el que arrastra la confusión más profunda, tanto en el interior de la persona como en las relaciones con los demás.
Quien lo desarrolla ha vivido una situación paradójica en la que el cuidador, que debería ser la fuente de protección, es también fuente de miedo. Puede ocurrir en contextos en los que un progenitor ha vivido traumas o duelos no elaborados, o ha tenido comportamientos atemorizantes o imprevisibles de forma más directa. El niño se encuentra así en una situación paradójica en la que necesita acercarse al cuidador para sentirse a salvo, pero acercarse es en sí mismo peligroso.
El resultado es un sistema interno que no consigue encontrar una estrategia coherente, y que arrastra un sentido crónico de amenaza, impotencia y desorientación emocional. En la persona adulta, esto puede traducirse en relaciones caóticas, donde el deseo de conexión y el miedo al otro conviven de una forma difícil de gestionar, lo que aumenta el riesgo de dinámicas destructivas o cíclicas.
En el blog de Unobravo encontrarás un artículo dedicado al apego desorganizado para profundizar en cómo se manifiesta y qué procesos pueden ayudar a trabajarlo.
Cómo influye el apego inseguro en las relaciones
Lo que hemos visto hasta ahora, los tres estilos de apego inseguro, no se queda confinado en la infancia. Crece con nosotros, se transforma y, al final, llega directo a nuestras relaciones de pareja.
Los modelos operativos internos construidos en los primeros años de vida se convierten en una especie de mapa inconsciente que nos dice qué esperar del otro, cuánto podemos fiarnos, si somos dignos de ser amados. Y ese mapa, a menudo sin que nos demos cuenta, guía la elección de la pareja y la forma en que vivimos la intimidad.
En la pareja, cada estilo puede manifestarse de forma distinta.
- En el apego evitativo puede surgir una tendencia a mantener distancia emocional, dificultad para dejarse llevar, la sensación de “ahogarse” cuando la pareja busca cercanía. También la sexualidad puede resentirse: la intimidad física puede vivirse como amenazante o preferirse precisamente porque está separada de la emocional.
- En el apego ambivalente pueden aparecer celos intensos, necesidad continua de reafirmación, oscilaciones entre dependencia y resentimiento. Las relaciones pueden volverse obsesivas, con un miedo constante al abandono que alimenta la dependencia afectiva.
- En el apego desorganizado pueden presentarse dinámicas caóticas y cíclicas, dificultad para regular los conflictos, atracción hacia situaciones relacionales inestables. También la sexualidad puede vivirse de forma ambivalente, entrelazada con el miedo y el deseo de control.
Hay además un fenómeno que vale la pena nombrar: el llamado “matching” de pareja. Tendemos, casi magnéticamente, a elegir parejas que confirman nuestras expectativas más profundas, incluso cuando esas expectativas nos hacen sufrir. Quien tiene miedo a ser abandonado puede acabar con parejas emocionalmente distantes; a quien le cuesta confiar puede elegir personas que, al final, traicionan esa confianza.
No es masoquismo, sino una tendencia a repetir esquemas relacionales familiares, aun cuando no nos hacen sentir bien.

Las consecuencias en la salud mental
El apego inseguro no es solo una cuestión relacional, porque, con el tiempo, puede dejar huellas profundas también en la salud mental.
La investigación clínica ha puesto de relieve algunas asociaciones recurrentes entre los estilos de apego y los trastornos psicológicos:
- En el caso del estilo evitativo, quien lo desarrolla tiende a cerrarse en el plano emocional y social, y mantiene a los demás a distancia. Esta dificultad para dejarse implicar en las relaciones puede tener consecuencias también en la salud: por ejemplo, puede aumentar la vulnerabilidad a algunos trastornos alimentarios, en los que el control sobre la comida y el cuerpo se convierte en una manera de gestionar emociones que no se consiguen expresar. En algunos casos, pueden surgir rasgos narcisistas, que funcionan como una especie de escudo para protegerse de la intimidad. El estilo evitativo parece asociarse además a un mayor riesgo de desarrollar adicciones: un estudio de 2025, realizado con 164 personas en tratamiento en una clínica de adicciones en Suecia, observó que la mayoría de los pacientes con problemas de abuso de sustancias presentaba precisamente un estilo de apego inseguro de tipo evitativo (Kerekes et al., 2025).
- En el caso del estilo ambivalente puede haber una mayor predisposición a la ansiedad por separación, a los trastornos del estado de ánimo como la depresión y a comportamientos que buscan atención y reafirmación de forma insistente. Como confirmación del vínculo entre apego inseguro y trastornos del estado de ánimo, una revisión científica que recopiló los datos de 466 pacientes con trastorno bipolar puso de relieve que quien presenta un apego inseguro tiende a manifestar síntomas depresivos, ansiosos y psicosomáticos más intensos, con una gravedad global mayor que quien ha desarrollado un apego seguro (Suárez et al., 2026).
- En el caso del estilo desorganizado puede haber un mayor riesgo de experiencias disociativas, es decir, momentos en los que la mente se “desconecta” de la realidad para protegerse, y de rasgos asociados al trastorno límite de la personalidad, como la inestabilidad emocional y la dificultad para mantener un sentido de sí coherente.
Es fundamental, sin embargo, hacer una distinción importante. Tener un estilo de apego inseguro es un factor de riesgo: significa que ciertas vulnerabilidades pueden estar más presentes, no que su desarrollo sea inevitable. Muchas personas con un apego inseguro llevan vidas satisfactorias, construyen relaciones significativas y nunca desarrollan un trastorno clínico. El contexto, los recursos personales y las experiencias posteriores marcan una diferencia enorme.
¿Se puede superar un apego inseguro?
La buena noticia es que los modelos operativos internos no son inmutables. Se han aprendido y, precisamente por eso, pueden revisarse, también en la edad adulta, a través de nuevas experiencias relacionales significativas que ofrezcan algo distinto de lo que se esperaba.
Esto vale también en los primeros años de vida: el estudio de McIntosh y colaboradores mostró que los niños que habían perdido un apego seguro con la madre antes de los 4 años presentaban una caída en la sensibilidad parental materna, mientras que quienes habían adquirido un apego seguro en ese mismo periodo se beneficiaban de un aumento de esa sensibilidad (McIntosh et al., 2024). En otras palabras, el estilo de apego no está “fijado” de una vez para siempre, sino que puede cambiar en respuesta a unos cuidados más atentos y sintonizados, a cualquier edad.
La psicoterapia es una de las herramientas más eficaces en este proceso. La relación con el psicólogo, basada en la constancia, la confianza y la ausencia de juicio, puede convertirse ella misma en una experiencia correctiva, es decir, en un modelo de relación segura que, con el tiempo, se interioriza. Los estudiosos llaman a este resultado “seguridad adquirida”. No se nace necesariamente con un apego seguro, pero se puede construir, paso a paso.
Como confirmación de esta posibilidad de cambio, la investigación muestra que el apego inseguro tiende a ser menos estable en el tiempo que el seguro, lo que significa que está más abierto a transformaciones positivas (McIntosh et al., 2024). En otras palabras, haber desarrollado un apego inseguro de pequeños no significa quedarse bloqueado en ese esquema para siempre: con las experiencias adecuadas, como un proceso de psicoterapia, es posible construir nuevas formas de estar en relación, más seguras y más serenas.
En el proceso de crecimiento personal, existen diversas pautas cotidianas que pueden favorecer el cambio:
- Identificar patrones: permite detectar qué mecanismos internos se ponen en marcha antes de reaccionar de manera impulsiva.
- Expresar las necesidades: facilita una comunicación más nítida sobre tu estado emocional.
- Afrontar el temor al abandono: consiste en practicar la tolerancia a la incertidumbre de forma gradual.
- Observar los esquemas: ayuda a reconocer qué se activa en nuestro interior antes de actuar por impulso.
- Comunicar las necesidades: permite expresar de forma más clara lo que se vive emocionalmente.
- Gestionar el miedo al abandono: significa aprender a tolerar la incertidumbre en pequeñas dosis.
Si, en cambio, estás en pareja con una persona con un apego inseguro, tu papel puede marcar una diferencia enorme. No se trata de arreglar al otro, sino de crear un clima de seguridad emocional compartida: escuchar sin juzgar, responder con coherencia y aprender a comunicarse de forma que el otro no se sienta amenazado ni abandonado. No siempre es fácil, y puede que tú también necesites apoyo en este proceso.
Hacia relaciones más seguras
Llegar hasta aquí, reconocer tus esquemas y preguntarte “¿por qué me comporto así en las relaciones?” es ya, en sí mismo, un acto de valentía.
No es poco. Al contrario, suele ser el paso más difícil.
El apego inseguro no es una etiqueta que te defina para siempre, ni una sentencia sobre el tipo de persona que eres o que puedes llegar a ser. Es una forma de relacionarse que aprendiste en un momento en que era la única respuesta posible, y que hoy puedes, con tiempo y el apoyo adecuado, aprender a transformar.
Un proceso terapéutico puede convertirse precisamente en ese espacio, esa base segura desde la que volver a empezar: un lugar en el que experimentar, quizá por primera vez, qué significa ser acogido sin condiciones.
Si sientes que ha llegado el momento de hacer algo por ti, puedes encontrar un psicólogo con quien empezar. Aprender a confiar y a construir vínculos más serenos es posible.




