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Desinformación e información errónea: por qué nuestro cerebro nos engaña

Desinformación e información errónea: por qué nuestro cerebro nos engaña
Enrico Reatini
Enrico Reatini
Psicólogo con orientación Cognitivo-Conductual
Artículo revisado por nuestra redacción clínica.
Última actualización el
6.8.2026
Desinformación e información errónea: por qué nuestro cerebro nos engaña
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  • La desinformación y la información errónea son fenómenos distintos pero a menudo entrelazados, y pueden afectar a cualquier persona, independientemente de su nivel de formación.
  • El cerebro utiliza atajos cognitivos como el sesgo de confirmación y el efecto de verdad ilusoria, que nos hacen naturalmente vulnerables a las noticias falsas.
  • La exposición a información distorsionada puede generar ansiedad, desconfianza generalizada y polarización, además de dañar la autoestima.
  • La desinformación sobre la salud mental puede llevar a autodiagnósticos erróneos y a la desconfianza hacia los profesionales, lo que retrasa la petición de ayuda.
  • Ir más despacio, entrenar el pensamiento crítico y comunicar con empatía son herramientas concretas para construir una relación más consciente con la información.

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Vivimos inmersos en un flujo continuo de información que pasa ante nosotros: noticias, publicaciones y vídeos que se suceden sin descanso en las pantallas de nuestros dispositivos, con titulares diseñados para captar la atención. En este contexto hiperconectado, distinguir entre lo que es fiable y lo que es inexacto se ha vuelto cada vez más complejo.

La psicología ofrece herramientas fundamentales para comprender por qué somos tan vulnerables a la información falsa y qué consecuencias tiene esto en nuestro bienestar. Por ejemplo, una investigación realizada con estudiantes de Biblioteconomía y Documentación (Library and Information Science) reveló una discrepancia notable entre la familiaridad subjetiva que declaraban tener con estos conceptos y su capacidad real de identificarlos correctamente en tareas prácticas, a pesar de una exposición diaria e intensiva a las redes sociales (Yesmin, 2023).

Cualquiera, con independencia de su nivel de estudios o de su inteligencia, puede toparse con contenidos engañosos o poco fiables. De hecho, nuestro cerebro no está diseñado para analizar de forma crítica la enorme cantidad de información y estímulos que recibimos diariamente.

Al contrario, tiende a utilizar atajos cognitivos, respuestas emocionales rápidas y mecanismos como la confirmación de nuestras creencias previas, lo que facilita que compartamos contenidos inexactos incluso sin ninguna intención manipuladora.

Comprender cómo y por qué se difunde la información falsa, y qué mecanismos mentales favorecen que la asimilemos, es por tanto un paso esencial para promover una mayor conciencia individual y colectiva.

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Arina Krasnikova – Pexels

Desinformación e información errónea: aclaremos conceptos

En el debate público, los términos desinformación e información errónea se utilizan a menudo como sinónimos pero, desde el punto de vista psicológico, comunicativo y teórico, designan fenómenos diferentes.

Como señala Stahl, la propia noción de “información” no es neutra ni unívoca, ya que depende de concepciones de verdad, poder y consenso construidas socialmente (Stahl, 2006). Esto vuelve aún más difuso el límite entre la información correcta y los contenidos distorsionados.

El término información errónea hace referencia a información falsa o inexacta que se difunde sin la intención consciente de engañar. Quien comparte una noticia errónea puede hacerlo porque confía en la fuente, porque el contenido confirma sus creencias o porque responde a necesidades emocionales inmediatas. Desde el punto de vista psicológico, la información errónea suele ser el resultado de procesos automáticos y sociales: el deseo de pertenecer a un grupo, el impulso de ser útil a los demás o la reacción emocional ante contenidos alarmantes o tranquilizadores.

La desinformación, en cambio, implica la intención de dirigir la opinión pública en una dirección concreta. La información falsa se crea y se difunde de forma deliberada con el objetivo de influir en opiniones, actitudes o comportamientos. Como muestra la literatura sobre las redes sociales, estos contenidos suelen estar diseñados para imitar con fidelidad la información veraz, lo que dificulta distinguirlos incluso con herramientas tecnológicas avanzadas (Aïmeur, Amri y Brassard, 2023).

Desde el punto de vista psicológico, la desinformación aprovecha de forma estratégica nuestras vulnerabilidades emocionales y cognitivas, apelando al miedo, la rabia, la indignación o el sentimiento de injusticia, e insertándose en narrativas ya familiares y compartidas culturalmente.

Un aspecto especialmente delicado es que información errónea y desinformación tienden a entrelazarse. Contenidos creados con una intención manipuladora pueden después ser compartidos de buena fe por miles de usuarios.

Desinformación e información errónea: ¿es de verdad vulnerable nuestro cerebro?

Uno de los aspectos más interesantes y, a la vez, más inquietantes de la desinformación es que no se apoya en la ignorancia, sino en el funcionamiento normal de la mente humana. El cerebro es un órgano extraordinariamente eficiente que, para ahorrar tiempo y energía, utiliza atajos cognitivos útiles en la vida cotidiana pero potencialmente problemáticos en un entorno informativo complejo y ruidoso como el actual.

La psicología cognitiva ha demostrado ampliamente que buena parte de nuestras valoraciones se produce de forma rápida, automática y a menudo inconsciente, lo que deja poco espacio para un análisis crítico en profundidad. Desde esta perspectiva, los sesgos cognitivos pueden entenderse como el resultado de procesos de procesamiento de la información inevitablemente “caóticos”, en los que pequeñas distorsiones sistemáticas conducen a juicios que no son óptimos pero sí cognitivamente económicos (Hilbert, 2012).

El papel central del sesgo de confirmación

Entre los mecanismos más relevantes en este ámbito encontramos el sesgo de confirmación, es decir, la tendencia a buscar, interpretar y recordar la información de forma coherente con las creencias que ya teníamos. Las noticias que “nos dan la razón” se aceptan con facilidad, mientras que las que las contradicen provocan incomodidad, escepticismo o rechazo.

Este proceso no ocurre solo después de haber tomado una decisión, sino que puede empezar ya en las fases previas, cuando reestructuramos mentalmente el contexto informativo para favorecer una hipótesis frente a otra, lo que reduce el conflicto y aumenta la sensación de certeza subjetiva (Brownstein, 2003).

Desde una perspectiva evolutiva y social, este sesgo no es necesariamente disfuncional en términos absolutos. Algunos autores han señalado que el sesgo de confirmación puede cumplir una función adaptativa, ya que facilita la coherencia interna, la estabilidad de las creencias y la capacidad de influir en el entorno social para que se ajuste a nuestras expectativas (Peters, 2022).

Sin embargo, en contextos comunicativos como las redes sociales, esta función puede convertirse en un factor de riesgo, porque refuerza las burbujas informativas y vuelve el sistema de creencias más resistente incluso ante información que lo corrige.

Mecanismos y procesos comunicativos

Otro proceso clave es el efecto de verdad ilusoria, por el cual una información repetida varias veces tiende a percibirse como más verdadera, con independencia de su exactitud. La familiaridad genera una sensación de seguridad cognitiva que el cerebro interpreta, erróneamente, como fiabilidad. Este fenómeno puede vincularse a los mismos mecanismos de procesamiento ruidoso de la información descritos por Hilbert (2012), en los que la repetición reduce la incertidumbre subjetiva aunque no aumente la calidad de la evidencia.

También la heurística de la disponibilidad desempeña un papel central, ya que tendemos a evaluar la probabilidad de un acontecimiento según la facilidad con la que nos vienen a la mente ejemplos relevantes. Las noticias emocionalmente intensas, dramáticas o sensacionalistas se graban más en la memoria y se perciben como más frecuentes o importantes de lo que en realidad son. Esto contribuye a una representación distorsionada del mundo, a menudo más amenazante y polarizada que los datos objetivos.

Por supuesto, las emociones también influyen de forma profunda en nuestro juicio. Los estados emocionales intensos, como el miedo, la rabia o la indignación, reducen la capacidad de pensamiento reflexivo y aumentan la probabilidad de recurrir a procesos de decisión rápidos y orientados a la confirmación. En los modelos duales del funcionamiento cognitivo, cuando predomina el pensamiento intuitivo y automático, el control crítico del pensamiento más lento y analítico se debilita. Es justo en ese espacio, entre la eficiencia cognitiva y la vulnerabilidad emocional, donde la desinformación encuentra terreno fértil y se insinúa en los procesos mentales normales que usamos cada día para orientarnos en la realidad.

Efectos psicológicos de la información distorsionada

La exposición continua a información falsa o distorsionada no está exenta de consecuencias en el plano psicológico. Uno de los efectos más comunes e inmediatos es el aumento de los niveles de ansiedad y de la sensación de amenaza que provocan las noticias alarmistas, sobre todo cuando se repiten y no se contextualizan.

Estos niveles elevados de ansiedad pueden, a su vez, alimentar una percepción del mundo como algo imprevisible y peligroso. Este estado de hiperactivación emocional puede volvernos más vulnerables, menos dados a la reflexión y más propensos a buscar explicaciones simples o culpables fáciles de identificar.

Otro efecto relevante es la desconfianza generalizada. Cuando resulta difícil distinguir lo verdadero de lo falso, algunas personas pueden desarrollar una actitud de escepticismo radical que llega a extenderse a las instituciones, a las personas expertas e incluso a las relaciones interpersonales. Paradójicamente, la desinformación puede llevar tanto a creerlo todo como a no creer en nada, lo que socava la posibilidad de construir conocimiento compartido y diálogo.

De forma menos intuitiva, la polarización que observamos a diario o en las redes sociales representa otra consecuencia psicológica. La información falsa tiende a reforzar identidades enfrentadas y alimenta dinámicas de “nosotros contra ellos”. Esto puede traducirse en conflictos interpersonales, rupturas en las relaciones y dificultades de comunicación, incluso dentro de familias o grupos de amigos. A nivel individual, sentirnos constantemente en oposición puede aumentar el estrés, la rabia y la sensación de aislamiento.

En este sentido, la desinformación puede incidir en la identidad personal y en la autoestima. Adherirse a determinadas narrativas puede aportar un sentimiento de pertenencia y significado pero, cuando estas se revelan frágiles o infundadas, el riesgo es experimentar confusión, vergüenza o actitudes defensivas. Así, el impacto de la desinformación va mucho más allá de la simple comprensión errónea de los hechos y toca aspectos profundos del equilibrio psicológico.

Desinformación e información errónea sobre la salud mental

El vínculo entre desinformación y salud mental es especialmente delicado, sobre todo cuando la información falsa afecta a temas como el bienestar psicológico, el diagnóstico o el tratamiento de los trastornos mentales. En internet abundan los contenidos que simplifican fenómenos complejos, proponen etiquetas diagnósticas inadecuadas o sugieren soluciones rápidas sin ningún fundamento científico. Desde el punto de vista psicológico, estos mensajes pueden resultar muy atractivos, porque ofrecen explicaciones inmediatas al malestar y reducen la incertidumbre (Starvaggi, Dierckman y Lorenzo-Luaces, 2024; Borges do Nascimento et al., 2022).

Uno de los principales riesgos es el autodiagnóstico basado en información poco fiable. Identificarse con descripciones genéricas o con listas de síntomas descontextualizados puede llevarnos, de hecho, a interpretaciones erróneas de nuestra propia experiencia emocional, lo que aumenta la ansiedad y la confusión. En algunos casos, este proceso puede retrasar o dificultar la petición de acompañamiento profesional adecuado y favorecer, en su lugar, soluciones caseras ineficaces o potencialmente dañinas (Borges do Nascimento et al., 2022; Starvaggi et al., 2024).

Donna seduta sul comodino che usa il cellulare con le cuffie
Thirdman - Pexels

La desinformación contribuye también a la pérdida de confianza en las personas expertas. Las narrativas que deslegitiman la psicología científica o que presentan a los psicólogos de forma distorsionada pueden reforzar resistencias que ya existían hacia el cuidado de la salud mental.

Este fenómeno forma parte de un contexto más amplio en el que la digitalización de la salud y el acceso a los datos sanitarios pueden representar tanto oportunidades como retos, y exigen estrategias de comunicación pública basadas en la transparencia, en la anticipación de la desinformación y en la participación de fuentes fiables (EUPHA, 2025).

Por último, en los momentos de mayor vulnerabilidad psicológica estamos más expuestos a los efectos negativos de la desinformación. Los estados de estrés, depresión o ansiedad pueden reducir los recursos cognitivos necesarios para evaluar de forma crítica la información, lo que facilita que nos adhiramos a narrativas simples pero engañosas. En este sentido, la desinformación no es solo un problema informativo, sino un fenómeno que puede influir en el bienestar psicológico y en la calidad de vida (Borges do Nascimento et al., 2022; Starvaggi et al., 2024; EUPHA, 2025).

Desarrollar una nueva relación con la información

Contrarrestar la desinformación y la información errónea no significa volvernos desconfiados o hipercríticos con cualquier contenido, sino desarrollar competencias psicológicas que permitan una relación más consciente con la información. A nivel individual, una de las estrategias más importantes es ir más despacio. La mayoría de la información falsa o engañosa se apoya en reacciones emocionales inmediatas, así que tomarnos un momento antes de creer o compartir un contenido nos permite reactivar procesos de pensamiento reflexivo y analítico. Aprender a reconocer nuestras emociones y preguntarnos, por ejemplo, “¿esta noticia me hace enfadar o me asusta?” ya es un primer paso hacia una mayor lucidez.

Otra competencia clave es entrenar el pensamiento crítico. Esto incluye verificar las fuentes, buscar información alternativa y ser capaces de tolerar la incertidumbre sin recurrir a explicaciones simplistas.

Desde el punto de vista psicológico, aceptar el “no saber” puede resultar costoso pero es esencial para reducir la vulnerabilidad a la desinformación. También ser conscientes de nuestros sesgos cognitivos ayuda a no confundir lo que parece convincente con lo que está realmente fundamentado.

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FAQ

La desinformación y la información errónea son dos fenómenos distintos ligados a la difusión de información falsa. La información errónea se refiere a contenidos inexactos que se comparten sin intención de engañar, a menudo por confianza en la fuente o por confirmación de las propias creencias. La desinformación, en cambio, implica la intención deliberada de distorsionar la opinión pública creando y difundiendo contenidos falsos. Ambas pueden entrelazarse, lo que convierte a cada persona en un posible vector del problema, incluso de buena fe.
Sí, es completamente natural, y no afecta solo a quienes tienen menos formación o alfabetización mediática. Nuestro cerebro no está optimizado para gestionar una sobrecarga de información constante y tiende a usar atajos cognitivos, reacciones emocionales inmediatas y la confirmación de sus creencias. Incluso personas con formación específica en el campo de la información pueden tener dificultades para reconocer correctamente la información errónea y la desinformación, como muestran algunos estudios citados en el artículo.
Nuestro cerebro prioriza los procesos rápidos y automáticos para ahorrar tiempo y energía, y eso lo hace vulnerable en un entorno informativo complejo. Mecanismos como el sesgo de confirmación, el efecto de verdad ilusoria y la heurística de la disponibilidad distorsionan la valoración de la información sin que nos demos cuenta. Las emociones intensas, como el miedo o la rabia, reducen aún más la capacidad de pensamiento reflexivo y favorecen que nos adhiramos a contenidos falsos. Es en ese espacio, entre la eficiencia cognitiva y la vulnerabilidad emocional, donde la desinformación encuentra terreno fértil.
Algunas señales útiles son el aumento de la ansiedad después de leer ciertas noticias, la tendencia a fiarnos solo de los contenidos que confirman nuestras ideas y una creciente sensación de desconfianza hacia las instituciones y las personas expertas. También la sensación de estar constantemente en oposición con quien piensa distinto puede indicar el efecto de la polarización informativa. Pararnos a preguntarnos si una noticia nos genera rabia o miedo inmediato es un primer paso para reconocer esta influencia.
La exposición continua a información distorsionada puede aumentar la ansiedad, la sensación de amenaza y la desconfianza generalizada hacia las personas y las instituciones. También puede alimentar la polarización social, con consecuencias en las relaciones familiares y de amistad, e incidir en la identidad personal y en la autoestima cuando las narrativas en las que se cree resultan infundadas. El impacto va, por tanto, más allá de la simple comprensión errónea de los hechos y afecta al equilibrio psicológico general de la persona.
Cuando la desinformación afecta a temas como el bienestar psicológico o el diagnóstico de los trastornos mentales, puede llevar al autodiagnóstico basado en síntomas descontextualizados, lo que aumenta la ansiedad y la confusión. También puede generar pérdida de confianza en los psicólogos y en las personas expertas, y retrasar la petición de acompañamiento profesional adecuado. Las personas que atraviesan momentos de mayor vulnerabilidad psicológica, como estados de estrés o depresión, resultan especialmente expuestas a estos efectos negativos.
Una estrategia útil es ir más despacio antes de creer o compartir un contenido, dando espacio a un pensamiento más reflexivo. También es útil entrenar el pensamiento crítico verificando las fuentes y aprendiendo a tolerar la incertidumbre sin buscar explicaciones simplistas. Reconocer nuestros sesgos cognitivos ayuda a distinguir lo que parece convincente de lo que está realmente fundamentado, lo que reduce la vulnerabilidad a los errores de valoración.
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  • Aïmeur, E., Amri, S., & Brassard, G. (2023). Fake news, disinformation and misinformation in social media: A review. Social Network Analysis and Mining, 13(1), 30. https://doi.org/10.1007/s13278-023-01028-5
  • Borges do Nascimento, I. J., Pizarro, A. B., Almeida, J. M., Azzopardi-Muscat, N., Gonçalves, M. A., Björklund, M., & Novillo-Ortiz, D. (2022). Infodemics and health misinformation: A systematic review of reviews. Bulletin of the World Health Organization, 100(9), 544. https://doi.org/10.2471/BLT.21.287654
  • Brownstein, A. L. (2003). Biased predecision processing. Psychological Bulletin, 129(4), 545. https://doi.org/10.1037/0033-2909.129.4.545
  • EUPHA. (2025). Public health in the era of misinformation and disinformation. European Journal of Public Health, 35(Supplement_4), ckaf161.002.
  • Hilbert, M. (2012). Toward a synthesis of cognitive biases: How noisy information processing can bias human decision making. Psychological Bulletin, 138(2), 211. https://doi.org/10.1037/a0025940
  • Peters, U. (2022). What is the function of confirmation bias? Erkenntnis, 87(3), 1351–1376. https://doi.org/10.1007/s10670-020-00252-1
  • Stahl, B. C. (2006). On the difference or equality of information, misinformation, and disinformation: A critical research perspective. Informing Science, 9, 83.
  • Starvaggi, I., Dierckman, C., & Lorenzo-Luaces, L. (2024). Mental health misinformation on social media: Review and future directions. Current Opinion in Psychology, 56, 101738. https://doi.org/10.1016/j.copsyc.2023.101738
  • Yesmin, S. (2023). Misinformation, disinformation and malinformation and related issues: Experimental evidence of LIS students' recognition and capacity of dealing. Journal of Academic Librarianship, 49(5), 173–187. https://doi.org/10.1080/0194262X.2023.2238005

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