Hay películas que hablan de victorias, talento y ascenso personal, pero estas películas no son Marty Supreme. La película de Josh Safdie nos engaña haciéndonos creer que estamos viendo un biopic y nos incita a reflexionar sobre la búsqueda de sentido. Sin necesidad de efectos espectaculares ni giros forzados, la película adentra al espectador en la vida de un protagonista movido por una ambición poderosa, casi totalizadora.
Precisamente esta ambición es la que se convierte en el terreno ideal para una reflexión psicológica sobre los valores, las metas y aquello que, en la carrera por el éxito, corremos el riesgo de perder de vista. En este artículo utilizamos Marty Supreme como marco narrativo, evitando spoilers, para explorar algunos conceptos clave, útiles para ejercitar la flexibilidad psicológica y una vida guiada por lo que realmente nos importa.
Un vistazo a la trama
Marty Supreme cuenta la historia de un hombre que se construye a sí mismo desde una posición marginal, impulsado por una determinación fuera de lo común. El protagonista no se limita a desear el éxito, sino que lo persigue con disciplina, astucia (incluso demasiada) y una fe inquebrantable en sus capacidades. La película sigue su ascenso en un mundo competitivo, donde el reconocimiento, el estatus y el poder se convierten en indicadores de la valía personal.
La narración no solo se centra en los logros, sino también en el proceso de elección: las elecciones, los compromisos, las relaciones que cambian de forma a medida que el objetivo se va acercando. Sin juzgar abiertamente a la protagonista, la película permite que surja una pregunta silenciosa pero insistente:
"¿Qué ocurre cuando lo que deseamos se convierte en el único rasero con el que medimos nuestras vidas?"
Aquí es donde el cine se encuentra con la psicología.

Marty, objetivos y valores
En la vida cotidiana, a menudo tendemos a utilizar objetivos y valores como si fueran sinónimos. Sin embargo, en realidad, estos conceptos indican dos niveles muy diferentes de la experiencia humana.
Los objetivos son lo que queremos conseguir. Se definen como resultados concretos, limitados en el tiempo y mensurables. Se pueden ganar, conquistar, completar. Tienen un principio y un fin, y una vez alcanzados dejan de guiarnos.
En cambio, los valores no se refieren a lo que conseguimos, sino a cómo elegimos estar en el mundo. Nos marcan la dirección, no son una meta. Podríamos decir que representan la calidad de la acción que guía nuestras elecciones día tras día. No son exhaustivos, no marcan una lista ni garantizan resultados inmediatos, pero dan coherencia y profundidad a la experiencia.
En Marty Supreme, el protagonista aparece claramente impulsado por una constelación de objetivos. El personaje interpretado por un Timothée Chalamet muy centrado quiere surgir, afirmarse, demostrar su valía y dejar una huella visible. Objetivos comprensibles, en parte necesarios y a menudo incluso eficaces. El punto crítico no es la ambición en sí, sino el momento en que el éxito deja de ser una herramienta y se convierte en una medida de la identidad personal.
Cuando la consecución de un objetivo se vive como una condición para sentirse digno, realizado o "suficiente", se corre el riesgo de que toda la vida se estreche en torno a un único parámetro. Cada obstáculo se convierte en una amenaza, cada revés en un fracaso, cada alternativa en una distracción.
Por supuesto, el objetivo no es renunciar a los objetivos, sino ponerlos en su sitio. Los objetivos funcionan cuando están al servicio de lo que realmente nos importa.
En este sentido, Marty Supreme sugiere una pregunta silenciosa y poderosa, que no solo lleva al espectador a preguntarse hasta dónde estamos dispuestos a llegar para conseguir lo que queremos, sino también y más importante, en quién nos convertimos por el camino.
Olvidar por qué lo hacemos
En Marty Supreme, la incansable energía del protagonista puede leerse como algo más que simple ambición. El frenesí, la acción continua, la necesidad de sobresalir y el control obsesivo de los resultados parecen convertirse en una forma de no parar nunca de escuchar lo que duele. Desde esta perspectiva, el éxito corre el riesgo de convertirse en una elegante defensa contra el vacío, la duda o el miedo a no valer lo suficiente.
Cuando toda la vida está orientada al rendimiento, incluso lo que parece exitoso desde fuera puede volverse internamente rígido y sin aliento.
Si los resultados hablan de logros, los valores hablan de dirección. Si los primeros se consiguen, los segundos se plasman en la forma en que nos tratamos a nosotros mismos, a los demás y a las inevitables dificultades del camino. De modo que cuando un objetivo se convierte en una identidad, cada obstáculo adquiere el peso de una amenaza personal; y por el contrario, cuando sigue siendo una herramienta, podemos revisarlo, modificarlo o incluso dejarlo ir sin cuestionar nuestro valor.
El personaje de Marty invita al espectador a replantearse el éxito no como una acumulación de objetivos, sino como la capacidad de mantenerse en contacto con lo que realmente importa, incluso cuando frenar, cambiar de dirección o tolerar la incomodidad se convierten en parte del viaje.

El éxito como pregunta
Marty Supreme no ofrece respuestas definitivas ni moralejas explícitas y quizás esa sea su fuerza, ya que deja al espectador un espacio para cuestionarse. Observando el camino que recorre el protagonista resulta difícil no reconocer algo familiar en el afán por hacer más, por llegar antes, por demostrar valor a través de los resultados. En un contexto cultural que premia el rendimiento y mide el éxito en términos de visibilidad y reconocimiento, pararnos a reflexionar sobre el significado de nuestras propias elecciones se convierte en un acto contracorriente.
La película sugiere que el problema no es la ambición, sino la ausencia de una dirección interna que le dé sentido. Sin esta dirección, incluso los logros más brillantes corren el riesgo de dejar una sensación de incompletud, como si siempre faltara algo por conseguir para sentirse finalmente bien. Aquí es donde la pregunta cambia de forma: ya no se trata de preguntarse hasta dónde podemos llegar, sino si la forma en que vivimos se parece realmente a nosotros.
Reconsiderar la relación entre lo que hacemos y lo que nos importa implica aceptar una cierta dosis de incertidumbre. Significa renunciar a la idea de que existe un objetivo que puede arreglarlo todo por sí solo. También significa reconocer que cambiar de rumbo no es lo mismo que fracasar, sino que puede ser un signo de escucha y madurez. En este sentido, el éxito deja de ser un objetivo rígido para convertirse en un proceso dinámico, hecho de ajustes continuos y elecciones conscientes.
Al final, la pregunta más útil no es "¿estoy ganando?", sino "¿esta dirección me está acercando a la vida que quiero vivir?". No es una pregunta que haya que resolver de una vez por todas, sino un criterio que hay que mantener vivo a lo largo del tiempo. Porque quizá una vida plena no sea aquella en la que uno llega más alto que los demás, sino aquella en la que, paso a paso, uno es capaz de reconocerse en su propio camino.






