Cada vez con más frecuencia olvidamos dónde hemos aparcado el coche: nos quedamos inmóviles frente al portal de casa intentando recordar, tratando de reconstruir el trayecto de la noche anterior antes de volver, pero nada. O puede que amigos y familiares se quejen porque olvidamos fechas importantes, cumpleaños o celebraciones.
En definitiva, los lapsus de nuestra memoria se vuelven más frecuentes. Pero, ¿cuándo deberíamos empezar a preocuparnos? Y, sobre todo, ¿cuáles pueden ser las causas? Lo exploramos en este artículo.
La memoria
La memoria, aunque es común a todos los seres humanos, es dinámica: puede variar con el paso del tiempo y, como todas las funciones cognitivas, se ve influida por factores personales. Según su definición, la memoria es la capacidad de almacenar y conservar en el tiempo la información aprendida y de recuperarla cuando la necesitamos. El proceso de elaboración de la información se articula en tres fases importantes:
- la codificación: la información se adquiere y el sujeto la aprende;
- el almacenamiento: permite mantener la información en la memoria mientras hace falta;
- la recuperación: permite, precisamente, recuperar la información almacenada previamente.
Además, distinguimos entre:
- memoria a corto plazo (MCP), que puede almacenar información durante alrededor de medio minuto y tiene una capacidad limitada;
- memoria a largo plazo (MLP), que presenta una capacidad de contenidos y una duración ilimitadas.
Tipos de lapsus de memoria
Cuando decimos “tengo una laguna mental”, a menudo describimos fallos distintos que ocurren en fases diferentes del proceso mnésico. Entenderlo puede ayudarnos a no alarmarnos y a elegir estrategias específicas.
- Fallo de codificación: la información no llega realmente a la memoria porque la atención estaba en otra parte. Por ejemplo: dejas las llaves mientras respondes a un mensaje y luego “desaparecen”.
- Fallo de almacenamiento (consolidación): la información se ha aprendido, pero no se estabiliza con el tiempo. Por ejemplo: recuerdas un nombre recién presentado, pero al día siguiente ya no lo recuperas.
- Fallo de recuperación: la información está ahí, pero no encuentras el “camino” para llegar a ella. Por ejemplo: tienes una palabra “en la punta de la lengua” y solo te viene a la mente más tarde.
Muchos olvidos cotidianos se deben sobre todo a la codificación y la recuperación, más que a una pérdida real del contenido: dicho de otro modo, a menudo la información no ha “desaparecido”, sino que en ese momento resulta difícil de recuperar. En línea con esta idea, una revisión concluye que la mayor parte del olvido se debe a un fallo de recuperación (retrieval failure) más que a un borrado irreversible de la huella mnésica (Miller, 2021).
Mecanismos de los fallos de memoria
Los fallos de memoria en la vida cotidiana pueden entenderse a la luz de cuatro grandes familias de mecanismos:
- Interferencia asociativa: cuando la información nueva y la antigua compiten entre sí.
- Decaimiento espontáneo a medida que aumenta el intervalo de retención: cuando el recuerdo se debilita con el paso del tiempo.
- Desplazamiento de la memoria a corto plazo por información irrelevante: cuando las distracciones y los detalles poco pertinentes “ocupan espacio” y sustituyen lo que necesitamos.
- Señales de recuperación inadecuadas en el momento de la prueba: cuando el contexto o las pistas disponibles no son los adecuados para reactivar el recuerdo.
En otras palabras, los fallos de memoria no dependen solo de “lo buenos que somos recordando”, sino de mecanismos predecibles estudiados por la psicología cognitiva:
- Decaimiento: si una información no se reactiva, tiende a debilitarse. Por ejemplo: un código o una contraseña que usamos rara vez se vuelven más difíciles de recuperar.
- Interferencia proactiva: lo antiguo dificulta lo nuevo. Por ejemplo: sigues tecleando el PIN antiguo incluso después de haberlo cambiado.
- Interferencia retroactiva: lo nuevo “tapa” lo antiguo. Por ejemplo: después de aprender un número de teléfono nuevo, te cuesta recordar el anterior.
- Fallo de las claves (pistas de recuperación): faltan los ganchos adecuados (contexto, olores, lugares, palabras asociadas). Por ejemplo: no recuerdas dónde has aparcado hasta que recorres de nuevo el mismo camino.
- Errores de codificación por distracción: la multitarea y las prisas reducen la calidad de la huella mnésica. Por ejemplo: “no recuerdo si he cerrado la puerta” porque la acción era automática y no se registró de forma consciente.
¿Por qué olvidamos tan rápido? La curva del olvido
Una parte de los lapsus de memoria es “natural”: el cerebro selecciona qué conservar y qué dejar ir. Un modelo clásico es la curva del olvido descrita por el psicólogo alemán Hermann Ebbinghaus (1885), que mostró cómo la pérdida de información es más rápida en las primeras horas y días tras el aprendizaje y luego se ralentiza. En la práctica, si no repasamos ni reutilizamos lo que hemos aprendido, la probabilidad de recuperarlo baja con rapidez.
Esto no significa que la memoria “se rompa”: a menudo indica que la información no se ha consolidado con repeticiones, conexiones de significado o recuerdos repartidos en el tiempo. La buena noticia es que, precisamente porque el mecanismo es predecible, podemos contrarrestarlo con estrategias sencillas como los repasos espaciados y las pistas de recuperación.
¿Qué diferencia hay entre memoria y recuerdo?
La memoria y la capacidad de aprender forman parte de nosotros desde muy pequeños: nos ayudan a crecer, a hacer planes, a construir un bagaje cultural que nos permitirá adquirir un rol, una identidad. Memoria y recuerdo son dos términos afines, pero en esencia señalan dos efectos de nuestro mundo interior:
- Memoria: capacidad de almacenar y recuperar la información a lo largo del tiempo, aunque desligándola por completo de nuestra vivencia emocional.
- Recuerdo: todo aquello que, dentro de nuestra memoria, adquiere un matiz nostálgico.
Memoria y recuerdo van, por tanto, de la mano y se necesitan mutuamente. Si no viviéramos de recuerdos, probablemente seríamos como nuestros ordenadores: llenos de información, pero incapaces de sentir emociones.
Sin embargo, precisamente esa naturaleza “viva” y emotiva hace que nuestra memoria sea menos precisa que un disco duro: no se limita a conservar los datos, sino que los reelabora de forma continua, influida por el tiempo y por las sugestiones externas. Es en esa grieta entre lo que ocurrió y lo que evocamos donde pueden surgir pequeñas fisuras. Otras veces, en cambio, el recuerdo puede contaminarse con información falsa: este fenómeno recibe el nombre de “efecto Mandela”.
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Cuándo preocuparse por los lapsus de memoria y a quién acudir
Si notamos “lapsus de memoria” frecuentes, puede ser útil acudir a un neurólogo: mediante una evaluación especializada y test neuropsicológicos, el especialista podrá determinar si se trata de un problema de naturaleza neurológica (y, por tanto, de su competencia) o de una alteración del estado psicológico ligada, por ejemplo, a un periodo de desmotivación o a síntomas depresivos.
Olvidar un nombre, perder el hilo de una conversación o no recordar dónde hemos dejado las llaves puede generar preocupación, pero no siempre lo que percibimos como “laguna mental” indica un problema real. De hecho, un estudio demostró que la forma en que evaluamos nuestra memoria a menudo no coincide con cómo funciona en realidad. Muchas personas que referían grandes dificultades cognitivas obtuvieron después excelentes resultados en los test de laboratorio (Rabbitt y Abson, 1990).
Por eso, para saber si se trata de simples despistes o de verdaderas señales de alarma, podemos observar cómo evolucionan estos olvidos con el tiempo y cuánto pesan en el día a día. Más que el episodio aislado, lo que cuenta es la continuidad: conviene preguntarte si las dificultades empeoran, si complican gestionar el trabajo y las obligaciones cotidianas, o si las personas cercanas a ti han empezado a notar cambios poco habituales.
Al fin y al cabo, no todos los olvidos tienen el mismo valor. Por lo general, las pequeñas lagunas de memoria son pasajeras, ligadas a periodos de mucho estrés o distracción, y se resuelven con facilidad adoptando alguna pequeña estrategia o una rutina más ordenada. Otras señales, en cambio, merecen una atención diferente y una opinión profesional, porque podrían indicar un cansancio más profundo de nuestro cerebro:
- Progresión: las lagunas aumentan con el tiempo y ya no oscilan.
- Impacto funcional: la memoria compromete el trabajo, la gestión del hogar, la medicación o el dinero.
- Repetición de preguntas o relatos: no es solo “olvidar un detalle”, sino no recordar haber preguntado o dicho algo ya.
- Desorientación: dificultad para orientarse en lugares familiares o para seguir recorridos habituales.
- Nuevas dificultades de aprendizaje: gran esfuerzo para aprender información sencilla y reciente, incluso con calma y repetición.
Si reconoces varias de estas señales a la vez, tiene sentido hablarlo con el médico y valorar una evaluación neuropsicológica más a fondo.
La influencia del estrés y el estado de ánimo en la memoria
El estrés, la ansiedad y el estado de ánimo pueden “apagar” nuestra capacidad de codificar y recuperar la información: cuando la mente está sobrecargada, la atención se fragmenta y se vuelve más difícil fijar lo que vivimos en el momento presente y, después, recuperarlo con claridad.
Conviene recordar que también la forma en que nos sentimos puede modificar la percepción de nuestros lapsus de memoria. De hecho, un estudio sugiere que un estado de ánimo deprimido o una peor autoestima pueden hacernos creer que tenemos más problemas de memoria de los que en realidad tenemos (Rabbitt y Abson, 1990).
Cuando estamos bajo estrés o en un estado de ansiedad, el problema a menudo no está en perder los recuerdos, sino en que la información no se haya registrado adecuadamente o en que resulte difícil recuperarla en ese momento. La atención se estrecha en torno a lo que nos preocupa (rumiación, alerta, urgencias) y deja menos recursos para codificar detalles como dónde hemos dejado un objeto o qué nos han dicho.
En un estado de ánimo deprimido, en cambio, pueden aparecer lentitud mental, menos iniciativa y dificultad para concentrarse: también aquí la memoria puede parecer peor, porque la información entra de forma más “difusa” y se recupera con más esfuerzo. Por eso, trabajar sobre el estrés y los síntomas emocionales puede tener un efecto directo también en la memoria del día a día.
Estrategias prácticas para afrontar los lapsus de memoria
Si los lapsus de memoria están relacionados principalmente con problemas de codificación y recuperación, algunas técnicas pueden reducir los olvidos cotidianos mejorando la atención y la organización:
- Atención intencionada (10 segundos): cuando dejes un objeto, párate y “nombra” la acción. Por ejemplo: “Llaves en el cajón de la entrada”.
- Agrupamiento (chunking): agrupa la información en unidades con significado. Por ejemplo: un número largo se convierte en 3 bloques, más fáciles de mantener.
- Uso de pistas (cueing): crea un gancho sensorial o semántico. Por ejemplo: asociar un nombre a un detalle (“Marco, el de la camiseta verde”).
- Repetición espaciada (spaced repetition): repasos breves y espaciados en el tiempo, en lugar de uno solo muy largo. Por ejemplo: repetir un nombre al cabo de 1 minuto, luego de 1 hora y después al día siguiente.
- Intenciones de implementación: automatiza la recuperación. Por ejemplo: “Si entro en casa, entonces dejo enseguida las llaves en el gancho”.
Estas estrategias no “potencian” mágicamente la memoria, pero pueden reducir las condiciones que la hacen fallar.
Ejemplo guiado: tres fallos típicos, tres estrategias específicas
Veamos tres situaciones comunes que pueden ayudarte a ver cómo cambian las estrategias según el tipo de fallo:
- Aparcamiento (pista de recuperación): en cuanto bajes del coche, crea 2 pistas. Por ejemplo: “Segunda planta, columna B, cerca de la salida”, más una foto rápida del cartel. Cuando no lo recuerdes, intenta no “forzar” en vano: reconstruye el contexto (¿por qué entrada entraste?, ¿qué tienda viste?).
- Llaves (codificación distraída): reduce la multitarea en el momento crítico. Por ejemplo: antes de contestar al teléfono, deja las llaves en su sitio fijo y verbaliza: “gancho de la entrada”. Poner palabras a la acción puede mejorar la huella, porque añade un canal lingüístico.
- Nombres (interferencia y consolidación): puedes repetir el nombre enseguida y asociarlo a un significado. Por ejemplo: “Encantado, Luca, como mi primo Luca”, y luego úsalo una segunda vez en la conversación. Un repaso temprano reduce el olvido inicial.
El objetivo no es recordarlo todo, sino hacer más fiables los recuerdos que de verdad necesitas.
Cuidar las emociones para recuperar la memoria
Es natural asustarse ante una laguna mental, pero antes de interpretar estos olvidos como señales de un problema grave, conviene observar la situación con perspectiva. A menudo nuestro cerebro usa el olvido como una señal de “sobrecarga”: nos dice que el estrés es excesivo, que el estado de ánimo está bajo mínimos o que hay un nudo emocional que necesita atención.
Puedes preguntarte: “¿Hay algo que me inquiete en esta etapa? ¿Estoy sometido a una presión excesiva? ¿Mi estado de ánimo suele estar bajo?”. Si la respuesta es sí, el siguiente paso no es convivir con la ansiedad, sino practicar el autocuidado. Acudir a un psicólogo puede marcar la diferencia: no solo para recuperar la calma y el bienestar, sino también para favorecer una mayor claridad mental y bienestar emocional.
Si sientes la necesidad de hablar de ello, puedes encontrar al profesional más adecuado para ti en Unobravo. Empezar a hacer terapia significa dar espacio a lo que sientes, para permitir que tu memoria, y tu vida, vuelvan a fluir con ligereza.





