La exposición a traumas repetidos y prolongados a lo largo de la vida puede afectar profundamente a múltiples áreas del funcionamiento psicológico: desde la capacidad de apego hasta las respuestas biológicas al estrés, desde los procesos cognitivos hasta la regulación de la conducta, e incluso los fenómenos disociativos.
La psicóloga Janina Fisher describe el trauma complejo como una condición en la que la persona, para poder sobrevivir a experiencias emocionalmente inmanejables, se ve obligada a fragmentar partes de su propia identidad. Este proceso, denominado “fragmentación del yo”, refleja la creación de “partes internas” que guardan emociones, recuerdos y estrategias de protección a menudo en conflicto entre sí.
Comprender este concepto nos permite entender que el sufrimiento no es una señal de debilidad, sino el resultado de una adaptación: una respuesta creativa que se pone en marcha para seguir existiendo frente a lo insoportable.
El trauma psíquico en la infancia
El trauma psíquico se produce cuando nos exponemos a una amenaza de la que no podemos escapar, una situación en la que no es posible evitar el peligro ni huyendo ni atacando. Este tipo de trauma puede vivirse ya en la infancia. Los niños pequeños dependen por completo de sus padres, lo que los hace especialmente vulnerables. Si sufren malos tratos o están expuestos a la negligencia, experimentan una amenaza sin escapatoria que constituye una dimensión traumática.
Las personas que han vivido traumas infantiles pueden estar más predispuestas a desarrollar en el futuro problemas de salud mental, como los trastornos de la personalidad, entre ellos el trastorno paranoide de la personalidad, el trastorno evitativo, el trastorno límite —en el que a menudo no se consigue construir un autoconcepto coherente y se experimenta una fragmentación temporal del yo, viviendo sobre todo en el presente sin lograr integrar pasado y futuro (Fuchs, 2007)—, el trastorno de la personalidad dependiente, el narcisista y otros más.
Trauma relacional temprano y trauma complejo
Cuando hablamos de trauma complejo nos referimos a aquellos cuadros sintomáticos que derivan de experiencias traumáticas repetidas en el tiempo, sobre todo durante las etapas del desarrollo. Se trata de acontecimientos múltiples, crónicos y prolongados, a menudo caracterizados por la imprevisibilidad y por la ausencia de vías de escape.
En muchos casos, el origen del trauma no es un episodio aislado, sino la propia relación con las figuras primarias de cuidado. Por eso el psicólogo Allan Schore habla de trauma relacional temprano: una forma de trauma que se arraiga en las primeras interacciones afectivas y que, precisamente por su continuidad e invasividad, se denomina también trauma complejo.
Los estudios muestran que las personas que han crecido en contextos marcados por la negligencia emocional, la imprevisibilidad o el abuso pueden desarrollar:
- Dificultades para regular las emociones y para comprender y modular su mundo interior.
- Hiperactivación del sistema de defensa, con una sensación constante de amenaza y dificultad para sentirse a salvo, incluso en ausencia de peligros reales.
- Mayor vulnerabilidad a los fenómenos disociativos, empleados como estrategia automática para alejarse de emociones o recuerdos demasiado dolorosos.
Estos efectos no representan un fracaso personal, sino una adaptación de supervivencia a condiciones emocionalmente inmanejables: estrategias que resultaron útiles en el pasado, pero que en la edad adulta pueden volverse limitantes.
La disociación y la fragmentación del yo
La disociación es una de las consecuencias más relevantes del estrés postraumático y puede describirse como una dificultad para mantener integrados los pensamientos, las emociones, las sensaciones corporales y los recuerdos en una experiencia coherente. En condiciones de peligro inminente, representa un mecanismo de protección: permite a la persona “desconectarse” de aquello que resulta emocionalmente insoportable y preservar su sentido de identidad, aun a costa de interrumpir la continuidad de su propia experiencia consciente.
La investigación ha puesto de manifiesto que la edad de aparición, la repetición y la gravedad de la experiencia traumática son factores estrechamente relacionados entre sí y capaces de predecir la intensidad de los síntomas disociativos a lo largo de la vida (Ogawa et al., 1997). Cuando el trauma se produce durante el desarrollo, la disociación tiende a arraigarse como una estrategia automática y persistente.
Al principio, la persona se siente sobrepasada: el cuerpo activa respuestas neurobiológicas de supervivencia para hacer frente a la amenaza percibida, mientras la mente intenta protegerse desconectándose de la experiencia. Si el acontecimiento resulta demasiado doloroso o desestabilizador como para integrarse en la memoria consciente, puede surgir una sensación de fractura interna, de pérdida de continuidad, como si algunas partes de la persona quedaran bloqueadas en el pasado mientras otras siguen avanzando en el presente.
Una persona, dos partes en conflicto
En la experiencia disociativa, el yo puede organizarse en partes internas con funciones distintas y a menudo opuestas. Por un lado, emerge una parte protectora y aparentemente adaptada, que se centra en la vida cotidiana e intenta mantener una sensación de normalidad. Por otro lado, una parte traumatizada permanece anclada a la experiencia traumática y reactiva recuerdos, emociones y sensaciones corporales que resultan abrumadores.
Esta división representa un intento de supervivencia: para seguir adelante, algunos aspectos de la experiencia tienen que quedar “fuera de escena”. Sin embargo, si esta organización se estabiliza con el tiempo, puede generar una sensación de conflicto interno continuo.
La fragmentación del yo también puede manifestarse a través del diálogo interno en segunda persona y con tonos imperativos, como si una parte le hablara a la otra dándole órdenes o juicios severos. Los estudios sobre el lenguaje interior han mostrado que esta modalidad tiende a acentuarse cuando la persona percibe una fuerte necesidad de ejercer control sobre su propia conducta (Zell et al., 2012).
En esta dinámica se establece un equilibrio inestable:
- La parte traumatizada intenta expresar el dolor que ha quedado pendiente.
- La parte protectora/adaptada trata de silenciarla para garantizar el funcionamiento cotidiano.
El resultado es un conflicto psíquico sin un verdadero vencedor: aquello que protege a corto plazo puede acabar dificultando la recuperación con el paso del tiempo , al impedir la integración, la continuidad y la sensación de seguridad interna.

Qué es la fragmentación del yo: una analogía visual
Para comprender mejor la fragmentación del yo, puede resultar útil recurrir a una analogía visual: imaginar el yo como un jarrón de cristal que se rompe en diferentes fragmentos. Cuando el jarrón cae al suelo a causa de un trauma, se rompe en varios pedazos. Cada fragmento representa una parte de nuestra identidad, de nuestras emociones y de nuestros recuerdos que, tras el suceso traumático, dejan de integrarse de la misma manera que antes.
Esta analogía ayuda a comprender cómo, tras vivir traumas complejos, la persona puede percibir una pérdida de coherencia interna y sentirse “dividida” o “rota”. Según la psicóloga Janina Fisher, esta fragmentación no es una debilidad, sino una estrategia de supervivencia que la mente pone en marcha para protegerse de experiencias demasiado dolorosas de afrontar de forma unitaria.
Mecanismos psicológicos que están en la base de la fragmentación del yo
La fragmentación del yo puede surgir tras traumas complejos mediante procesos psicológicos que implican la memoria, la identidad y la regulación emocional. Según la teoría de la disociación estructural propuesta por van der Hart, Nijenhuis y Steele, cuando una persona se expone a traumas repetidos e insoportables, la mente separa los aspectos traumáticos de la experiencia cotidiana para protegerla del dolor.
Estos mecanismos incluyen:
- Disociación de la memoria: los recuerdos traumáticos quedan aislados de la conciencia ordinaria, lo que genera lagunas de memoria o dificultades en la continuidad autobiográfica.
- Segmentación de las emociones: las vivencias emocionales intensas quedan asociadas en partes internas especializadas en gestionar el trauma.
- Alteraciones de la identidad: la persona puede percibirse como formada por partes diferentes, con estados mentales y conductas a veces irreconciliables entre sí.
A corto plazo, estas estrategias permiten la supervivencia psicológica; a largo plazo, sin embargo, pueden dificultar la construcción de un yo integrado y coherente. Desde esta perspectiva, los niveles elevados de diferenciación del concepto del yo (Self-Concept Differentiation, SCD) —es decir, una fuerte variabilidad de la imagen de uno mismo según los contextos— se han asociado a un menor bienestar psicológico y a una mayor vulnerabilidad emocional (Diehl y Hay, 2007).
Datos sobre la prevalencia de la fragmentación del yo en los traumas complejos
La fragmentación del yo aparece con especial frecuencia en las personas que han vivido traumas complejos, sobre todo durante la infancia. Según el DSM-5-TR (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales), los trastornos disociativos, a menudo asociados a la fragmentación del yo, son más comunes entre quienes han sufrido abusos o negligencia prolongada.
Los estudios recientes señalan que las personas expuestas a traumas repetidos y prolongados durante la infancia presentan una probabilidad significativamente mayor de desarrollar síntomas disociativos en la edad adulta. Un metaanálisis realizado con más de 7.000 personas con antecedentes de abuso o negligencia infantil halló niveles de disociación mucho más altos que en la población general, sobre todo cuando el trauma comenzó de forma temprana y fue ejercido por figuras de cuidado (Vonderlin et al., 2018).
Estas evidencias muestran lo esencial que es reconocer a tiempo la disociación y la fragmentación del yo en los traumas complejos, para poder ofrecer una atención psicológica adecuada y favorecer los procesos de integración y seguridad interna.
El modelo de la disociación estructural
La experiencia de un suceso traumático, sobre todo si se prolonga en el tiempo, puede llevar a una disociación de las partes del yo. Esta dinámica se ha descrito en la “teoría de la disociación estructural”, que pone de relieve el papel de las dos partes en conflicto:
- “Parte aparentemente normal” (PAN): intenta seguir adelante con la vida diaria y trata de ignorar el trauma.
- “Parte emocional de la personalidad” (PE): permanece vinculada a la experiencia traumática.
La PAN trata de continuar con su vida, pero esto puede resultar difícil por las continuas intrusiones de la PE. Al estar fijada en el trauma, la PE tiene dificultades para percibir el presente y sufre dolorosos recuerdos traumáticos: revive las emociones del pasado y puede activar respuestas defensivas como la huida, la protección o el ataque.
¿Cómo integrar las dos partes?
En el tratamiento de las personas con trastorno traumático complejo, la relación terapéutica es el elemento central.
Es posible elaborar las experiencias traumáticas relacionales del pasado a través de la experiencia de una relación segura, respetuosa y con límites adecuados. El objetivo de una terapia de este tipo es favorecer la elaboración de las experiencias traumáticas y, al mismo tiempo, tolerar las emociones y sensaciones negativas que surgen de ellos, manteniendo una sensación de seguridad durante el proceso.
El trabajo final se centra precisamente en la capacidad de integrar las experiencias negativas del pasado y el día a día dentro de una narración coherente, en la que la conciencia de lo ocurrido siga siendo un recuerdo que no reactive el trauma.
Estrategias prácticas para afrontar la fragmentación del yo
Afrontar la fragmentación del yo requiere tiempo, paciencia y, a menudo, el apoyo de un profesional. Aun así, existen algunas estrategias que pueden ayudar a manejar esta situación en el día a día:
- Practicar la atención plena (mindfulness): los ejercicios de mindfulness pueden ayudar a reconocer y aceptar las distintas partes de uno mismo sin juzgarlas, y favorecen una mayor integración interna.
- Llevar un diario de las emociones: escribir lo que sentimos puede facilitar el diálogo entre las distintas partes del yo y ayudar a dar sentido a las experiencias fragmentadas.
- Establecer rutinas y puntos de referencia: tener hábitos regulares puede aportar una sensación de estabilidad y seguridad, elementos fundamentales para quien vive la fragmentación del yo.
- Buscar relaciones seguras: construir vínculos basados en la confianza y el respeto mutuo puede favorecer la reconstrucción de un sentido del yo más cohesionado.
Estas estrategias no sustituyen un proceso terapéutico, pero pueden representar un primer paso hacia una mayor integración y bienestar. La investigación disponible sugiere una fuerte interconexión y flexibilidad entre los aspectos corporales y conceptuales del sentido del yo, con implicaciones relevantes para comprender las experiencias disociativas y la salud mental (Tacikowski y Ehrsson, 2025).
Afrontar la fragmentación del yo puede parecer un camino complejo, pero no tienes por qué afrontar este proceso en soledad. Reconocer las propias partes internas y aprender a integrarlas es posible, sobre todo con el acompañamiento de un profesional que sepa escuchar y guiar con respeto y seguridad.
En Unobravo creemos que toda persona tiene derecho a trabajar para reconstruir su coherencia interna y vivir con mayor serenidad. Si sientes que ha llegado el momento de cuidarte y de empezar un proceso de autoconocimiento e integración, puedes empezar el cuestionario para encontrar tu psicólogo online: un psicólogo podrá acompañarte durante este proceso para ayudarte a recuperar esa sensación de unidad.





