Mis hijos y los de mi pareja no se llevan bien
No entiendo por qué no consiguen llevarse bien.
Siento que no consigo mantener todo unido.
Cuando dos personas deciden construir una nueva vida juntas, los hijos que tuvieron con sus parejas anteriores se encuentran compartiendo espacios, tiempos y afectos, aunque no lo hayan elegido. Puede ocurrir que entre los hijos de uno y los del otro surjan tensiones, rivalidades o silencios difíciles de descifrar.
Si experimentas esta situación, debes saber que las dificultades entre hermanastros no son señal del fracaso de la nueva familia. Son más bien una fase de adaptación en la que cada niño o adolescente trata de entender cuál es su lugar en un sistema familiar que ha cambiado.
La edad de los hijos influye mucho en la forma en que se manifiestan estas tensiones: los niños pequeños, los preadolescentes y los adolescentes reaccionan de maneras muy distintas ante la presencia de los hermanastros. Entender lo que pasa es el primer paso para construir un clima más sereno, en el que cada hijo pueda sentirse reconocido y respetado.
Las posibles razones
Qué puede alimentar los conflictos entre hermanastros según la edad
Desde que nos mudamos juntos ha cambiado todo.
Mi hijo dice que esta no es su casa.
Empezar a preguntarte el porqué ya es un paso importante para reencontrar el equilibrio. Comprender de verdad la raíz de ciertas dinámicas y de las emociones que despiertan en nosotros puede ser más sencillo con el apoyo de un psicólogo o una psicóloga. Mientras tanto, intentemos explorar juntos algunas posibles razones de las tensiones familiares que se producen al tener en cuenta cómo la edad puede influir en las dinámicas entre hermanastros.
El miedo a perder a su padre o a su madre
- Los niños más pequeños pueden vivir la llegada de los hermanastros como una amenaza al vínculo exclusivo con su padre o su madre. El miedo a perder atención y afecto puede traducirse en celos, rabietas o la vuelta a comportamientos que parecían superados.
- Para un niño que hasta hace poco tenía a su madre o a su padre solo para él, tener que compartir esa presencia con otros niños puede ser muy desorientador.
- Estas reacciones no indican un problema en el niño: son su manera de comunicar una necesidad de tranquilidad sobre la importancia del vínculo, que conviene acoger con paciencia.
La competencia por los espacios, los roles y las normas
- Los preadolescentes, que están en vías de construir su identidad, pueden percibir a los hermanastros como rivales directos por los recursos, los espacios físicos y los roles dentro de casa.
- Las diferencias de edad entre los grupos de hermanastros generan expectativas distintas sobre las normas, las responsabilidades y la libertad que se les concede. Cuando un grupo o una persona percibe un trato diferente respecto al otro, puede surgir un fuerte sentimiento de injusticia.
- En esta fase, la pregunta que suelen hacerse es: “¿por qué a ellos se les permite y a mí no?”. Encontrar respuestas claras y coherentes puede marcar una gran diferencia.
La necesidad de diferenciarse y los conflictos de lealtad
- Los adolescentes ya atraviesan una fase de búsqueda de autonomía e independencia. La presencia de hermanastros puede amplificar la necesidad de diferenciarse y el rechazo a normas que perciben como impuestas por una familia que no sienten suya.
- Los conflictos de lealtad hacia el padre o la madre que no vive en casa pueden llevar a los hijos a rechazar a los hermanastros como forma de proteger el vínculo con la familia anterior. Aceptar a los nuevos hermanos puede parecer, de forma totalmente inconsciente, una traición.
- Estas vivencias suelen ser muy intensas y difíciles de expresar con palabras, sobre todo para quien todavía está en proceso de aprender a conocer sus emociones.
Ejemplos concretos
Situaciones cotidianas en las que podrías reconocerte
En la mesa es como si fueran dos equipos distintos.
Se encierra en su cuarto en cuanto llegan los demás.
Cada familia es diferente, pero hay algunas situaciones que se repiten con cierta frecuencia en las familias reconstituidas. Aquí tienes algunos ejemplos en los que podrías sentirte identificado/a.
Cuando los más pequeños buscan recuperar la atención
- Un niño de seis años que tenía a su madre solo para él empieza a hacer rabietas o a comportarse de forma agresiva con el hijo de la nueva pareja de su madre, con ello intenta recuperar la atención exclusiva que sentía que tenía antes.
- Durante las comidas o las actividades compartidas, los hermanastros más pequeños buscan de manera constante la aprobación de su padre o madre biológico y evitan cualquier interacción espontánea con los hijos de la pareja, como si quisieran demostrar vínculos de pertenencia concretos.
- Los hijos mayores de un miembro de la pareja tratan con superioridad a los más pequeños del otro, usan la diferencia de edad como herramienta para afirmar su papel y su prioridad dentro de la “jerarquía” de la casa.
Cuando el silencio se convierte en un muro
- Dos hermanastros adolescentes, uno de catorce y otro de diecinueve años, no se dirigen la palabra y se ignoran cuando coinciden en la misma casa, expresan a través del silencio y el aislamiento su malestar por la nueva situación familiar.
- Un adolescente que vive con su madre se niega a respetar las normas de casa cuando está en el hogar de su padre con los hermanastros y manifiesta con la transgresión la sensación de no pertenecer a ese espacio.
- Los hijos de un miembro de la pareja se alían entre ellos y excluyen de manera sistemática a los del otro, forman un subgrupo compacto que reproduce los límites de la familia anterior y se resiste a integrarse con los demás.
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Estrategias prácticas
Pequeños pasos para construir una convivencia más serena
Me doy cuenta de que tengo que pasar más tiempo a solas con ella.
Hablarlo entre nosotros nos ha ayudado mucho.
Respetar los tiempos de cada hijo sin forzar el vínculo
Cada hijo necesita sus tiempos para adaptarse a la nueva situación. Puedes intentar no empujar a los niños o a los adolescentes a comportarse como hermanos si todavía no se sienten preparados. Los más pequeños necesitan tranquilidad constante, los preadolescentes sentirse tratados de forma justa y los adolescentes ver respetada su autonomía. Forzar la cercanía puede tener efectos contraproducentes.
Establecer juntos normas de convivencia claras y compartidas
Podéis intentar, como pareja, definir algunas normas básicas que valgan para todos los hijos, independientemente de la edad o del padre o la madre biológicos. Cuando las normas son las mismas para todos, es más difícil que alguien perciba favoritismos. Lo importante es que estas normas surjan de un acuerdo entre los dos miembros de la pareja, no de decisiones tomadas por uno solo.
Garantizar a cada hijo momentos exclusivos con su padre o su madre
Una de las cosas más sencillas y eficaces que puedes hacer es reservar tiempo para pasarlo solo con tus hijos, sin los demás. Esto reduce la rivalidad, porque el niño o el adolescente no siente que tenga que competir con los hermanastros para conseguir atención y afecto. Puede ser incluso un simple paseo, una cena fuera o una hora dedicada a una actividad que os guste a los dos.
Hablar abiertamente en pareja de cómo os sentís
Puedes intentar compartir con tu pareja tus emociones sobre lo que ocurre entre los hijos, sin acusar ni juzgar. Desplazar el foco de los comportamientos de los hijos a las necesidades emocionales de todos, incluidos los adultos, puede ayudaros a sentiros un equipo en lugar de estar en bandos opuestos. Por ejemplo, en lugar de decir “tus hijos no respetan las normas”, puedes probar con “me siento mal cuando pasa esto”.
Posponer el impulso de intervenir enseguida durante un conflicto
Cuando estalla una pelea entre hermanastros, la tentación de intervenir de inmediato es fuerte. Puedes intentar, cuando la situación no es realmente peligrosa, esperar unos minutos antes de actuar. A menudo, los conflictos entre niños y adolescentes se calman solos si los adultos no los amplifican con su ansiedad. Tomarte un momento también te permite responder con más claridad.
Evitar pedir a los hijos que tomen partido o que juzguen al otro grupo
Puede ocurrir, incluso sin querer, que preguntes a tus hijos qué piensan de los hermanastros o que comentes los comportamientos de los otros niños. Con esta actitud se puede correr el riesgo de poner a los hijos en una posición muy incómoda y alimentar conflictos de lealtad que ya están presentes. Es mejor escuchar cuando son ellos quienes hablan de ello de forma espontánea, sin pedirles que juzguen.
Plantear hacer terapia familiar o de pareja
Un proceso terapéutico, ya sea individual, de pareja o familiar, puede ser un espacio valioso para recibir herramientas concretas en la gestión de los conflictos entre hermanastros. No hace falta esperar a que las cosas se vuelvan inmanejables para empezar: puede ser útil sentirse acompañado en esta fase de adaptación. Sobre todo cuando las diferencias de edad hacen que las dinámicas sean especialmente complejas, el apoyo de un psicólogo o una psicóloga puede ayudar a toda la familia a encontrar un equilibrio más sostenible.
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Construir con paciencia
Cada hijo necesita encontrar su lugar, a su ritmo
Lleva tiempo, pero las cosas comienzan a mejorar.
Hemos decidido pedir ayuda juntos.
Las rivalidades entre hermanastros no son una señal de incompatibilidad definitiva. Son más bien la expresión de necesidades emocionales profundas que cada hijo manifiesta con las herramientas que su edad le permite. Lo que funciona con un niño de seis años no funciona con un adolescente de quince, y reconocer esta diferencia permite encontrar respuestas más eficaces y respetuosas.
Los hijos no han elegido la separación de sus padres ni la formación de la nueva familia: son la parte más vulnerable del sistema y merecen paciencia, comprensión y tiempo para adaptarse. La coherencia entre los dos miembros de la pareja es la base sobre la que construir un clima de respeto mutuo: sin un frente común entre los adultos, los conflictos entre hermanastros tienden a amplificarse.
No existe una familia reconstituida libre de tensiones, pero sí la posibilidad de construir un entorno en el que cada hijo se sienta seguro y reconocido, libre de desarrollar sus vínculos al ritmo que necesita. El camino hacia una convivencia más serena es gradual y no lineal: habrá avances y momentos de retroceso.
Si sientes que la situación es difícil de gestionar, empezar a hacer terapia con un psicólogo o una psicóloga puede ofrecer un espacio de reflexión y herramientas específicas para afrontar esta fase con mayor serenidad. Reconocer que se necesita ayuda es, en sí mismo, un gesto de cuidado hacia toda la familia.
El siguiente paso, si te sientes preparado/a
La terapia psicológica no es solo para quienes atraviesan una crisis, es un espacio de escucha para cuidar de tu bienestar mental.
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FAQ
Preguntas frecuentes
¿Es normal que los hijos de mi pareja y los míos no se lleven bien?
Sí, es una situación mucho más común de lo que se piensa y no es una señal del fracaso de la nueva familia. Cuando dos núcleos familiares se unen, los hijos encuentran que comparten espacios, tiempos y afectos con personas que no han elegido. Las tensiones que surgen entre hermanastros suelen ser la expresión de necesidades emocionales profundas: el miedo a perder la atención de su padre o de su madre, la necesidad de sentirse seguro en un contexto que ha cambiado, la dificultad para aceptar nuevas normas y nuevos equilibrios. Cada hijo reacciona según su edad y su sensibilidad, y esto hace que las dinámicas sean aún más complejas. Es importante recordar que se trata de una fase de adaptación que requiere tiempo, paciencia y comprensión por parte de los adultos. Si las dificultades persisten o te sientes desbordado, iniciar una terapia con un psicólogo puede ofrecerte herramientas concretas para afrontar esta fase.
¿Cómo influye la edad de los hijos en los conflictos entre hermanastros?
La edad influye de forma muy significativa en cómo los hijos viven y manifiestan el malestar ligado a la nueva familia. Los niños más pequeños tienden a expresar el miedo a perder el vínculo exclusivo con su padre o su madre a través de rabietas, celos o la vuelta a comportamientos que parecían superados. Los preadolescentes, que están en proceso de construir su identidad, pueden percibir a los hermanastros como rivales directos por los espacios, los roles y las normas, y desarrollan un fuerte sentimiento de injusticia cuando perciben un trato diferente. Los adolescentes, ya enfrentados a la necesidad de autonomía, pueden rechazar a los hermanastros como forma de proteger el vínculo con la familia anterior y vivir conflictos de lealtad hacia el padre o la madre que no vive en casa. Reconocer estas diferencias te permite responder de forma más adecuada a las necesidades específicas de cada hijo.
¿Qué puedo hacer en concreto para mejorar la relación entre los hijos?
Hay algunos pasos que puedes intentar poner en práctica en el día a día. Antes de nada, respeta los tiempos de cada hijo sin forzar el vínculo: empujar a los hijos a comportarse como hermanos cuando no se sienten preparados puede tener efectos contraproducentes. Resérvate momentos exclusivos con tus hijos, aunque sean tan sencillos como un paseo o una cena juntos, para reducir la sensación de tener que competir por tu atención. Como pareja, intentad establecer normas de convivencia claras y válidas para todos, de modo que nadie perciba favoritismos. Cuando estalla un conflicto y la situación no es peligrosa, prueba a esperar unos minutos antes de intervenir: a menudo las peleas se calman solas. Por último, habla abiertamente con tu pareja de cómo te sientes y céntrate en las necesidades emocionales más que en los comportamientos de los hijos.
¿Cuándo conviene acudir a un psicólogo por los conflictos entre hermanastros?
No es necesario esperar a que la situación se vuelva muy difícil para pedir ayuda. Un proceso terapéutico, ya sea individual, de pareja o familiar, puede ser útil para sentirte escuchado, comprendido y acompañado en una fase de cambio importante. Algunas señales que pueden indicar que conviene buscar apoyo profesional son: conflictos que se intensifican con el tiempo en lugar de calmarse, un hijo que muestra signos de fuerte malestar emocional como aislamiento prolongado, agresividad constante o dificultades escolares, o la sensación, como pareja, de no conseguir un frente común en la gestión de los hijos. Un psicólogo o una psicóloga puede ofrecer un espacio de reflexión y herramientas específicas para afrontar las dinámicas familiares con mayor serenidad. Reconocer que se necesita ayuda es ya un gesto de cuidado hacia toda la familia.
¿Los conflictos entre hermanastros se resuelven con el tiempo?
El camino hacia una convivencia más serena es gradual y no lineal: habrá avances y momentos de retroceso, y es algo totalmente natural. Con el tiempo, la paciencia y la atención adecuada, muchas tensiones tienden a calmarse a medida que cada hijo encuentra su lugar en el nuevo sistema familiar. Sin embargo, el tiempo por sí solo no basta: hacen falta también la coherencia entre los dos miembros de la pareja, el respeto por las necesidades emocionales de cada hijo y la disposición a crear un entorno en el que todos se sientan seguros y reconocidos. No existe una familia reconstituida libre de tensiones, pero sí la posibilidad de construir relaciones en las que cada hijo sea libre de desarrollar sus vínculos al ritmo que necesita. Si sientes que las cosas no mejoran, no dudes en plantearte el iniciar un proceso terapéutico que pueda sostener a toda la familia.
Preguntas frecuentes sobre la terapia
¿Cuántos tipos de terapia hay en Unobravo?
Con Unobravo puedes realizar terapia psicológica individual o terapia de pareja, en función de tus necesidades. Por ejemplo, la terapia individual después de una infidelidad puede ser útil para mejorar la comunicación y afrontar los retos personales que influyen en las dinámicas relacionales. Tras una infidelidad, optar por la terapia individual o de pareja depende de las necesidad de cada uno.
¿Qué es y en qué consiste la terapia individual con Unobravo?
Un proceso de terapia individual puede ofrecer un espacio seguro para explorar tus emociones y comportamientos junto a un profesional de la salud mental.
Aunque no siempre sea fácil saber cómo encontrar apoyo y empezar un proceso terapéutico, con Unobravo no tendrás que preocuparte de cómo elegir un psicólogo. Solo necesitas rellenar el cuestionario y, en la primera cita gratuita, conocer al psicólogo que te haya sido asignado entre los psicólogos y psicólogas de Unobravo.
Si resulta ser el profesional adecuado para ti, emprenderéis juntos un proceso creado a medida para ti.
¿Por qué elegir la terapia online?
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Todo cómodamente online, usando cualquier dispositivo y conectándote donde y cuando quieras.
¿Cuánto cuesta la terapia individual?
El precio del psicólogo presencial puede variar mucho, sin contar con el tiempo y el coste que supone desplazarse a la consulta del profesional.
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¿Cuánto dura un proceso de terapia individual?
La decisión de cuánto dura un proceso terapéutico la tomaréis entre tu psicólogo y tú: cada persona es única y también lo es el viaje hacia tu bienestar psicológico.
¿Cómo puedo saber si necesito hacer terapia?
Cada proceso terapéutico es único y la motivación o la necesidad de empezar a hacer terapia depende de cada uno. Es importante recordar que ir a terapia no solo ayuda a afrontar dificultades y a tratar trastornos, también es un apoyo para quienes desean emprender un proceso de crecimiento personal y proporciona herramientas y estrategias útiles para mejorar el bienestar cotidiano.
Es importante recordar que hacer terapia es una forma de autocuidado y no un signo de debilidad, así que no es necesario esperar a estar al límite para pedir ayuda.
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