La naturaleza y la gravedad del estrés dependen en gran medida de la personalidad de cada persona y de cómo vive e interpreta los acontecimientos y las situaciones potencialmente estresantes. En este artículo exploramos algunos de los factores individuales que se asocian con más frecuencia al estrés.
El estrés puede aparecer en muchas situaciones diferentes, por ejemplo cuando:
- la percepción e interpretación de los acontecimientos y las situaciones difíciles es negativa;
- la personalidad de la persona está predispuesta al estrés;
- sentimos la carencia de una necesidad fundamental;
- la diferencia entre las experiencias y las expectativas es muy grande;
- los conflictos emocionales, conscientes e inconscientes, son intensos y no están resueltos;
- nos encontramos físicamente debilitados en un momento determinado de nuestra vida;
- sentimos el peso de la responsabilidad por lo que se nos pide o por lo que creemos que debemos hacer.
Cuanto más intenso y prolongado es el “aprendizaje” de responder de forma poco funcional a las situaciones estresantes, más fácil resulta desarrollar el hábito de reaccionar siempre del mismo modo en circunstancias parecidas.
Factores subjetivos relacionados con el estrés
Cada persona es única, pero hay factores relacionados con el estrés que se repiten en muchas experiencias. Veamos algunos de ellos:
Carencia de una necesidad fundamental
Cuando vivimos en un estado de privación de una necesidad fundamental, nos encontramos en una situación de mayor vulnerabilidad psicológica frente al estrés.
Según el psicólogo Abraham Maslow, existen cinco categorías de necesidades, organizadas en una jerarquía de importancia. Por lo general, no nos sentimos motivados para satisfacer las necesidades de nivel superior si antes no hemos satisfecho, al menos en parte, las de nivel inferior. Las categorías de la pirámide de Maslow, empezando por las más fundamentales, son:
- fisiológicas;
- de seguridad;
- de amor y pertenencia;
- de identidad social y autoestima;
- de autorrealización.

Expectativas que no se corresponden con la realidad
Aspirar a mejorar es sano y productivo, pero cuando la distancia entre las experiencias que vivimos y nuestras expectativas es demasiado amplia, podemos volvernos más vulnerables al estrés. Un ejemplo es el estrés en vacaciones, que puede aparecer cuando tenemos expectativas muy altas sobre lo que vamos a vivir y pensamos que debemos volver de las vacaciones necesariamente renovados, bronceados y en plena forma.
La predisposición genética y orgánica
Hoy se reconoce que en nuestro patrimonio genético, así como en el funcionamiento orgánico, pueden existir predisposiciones más o menos marcadas al desarrollo de enfermedades. Estas predisposiciones no afectan solo a condiciones físicas, sino que incluyen también trastornos como la ansiedad, la depresión y el síndrome de estrés.
Además, la variabilidad individual en los sistemas endocannabinoide, serotoninérgico y dopaminérgico desempeña un papel fundamental a la hora de influir en la percepción del estrés y en las estrategias de coping que adopta cada persona (Fonseca et al., 2021). Por este motivo, cuando las formas de estrés se vuelven graves, puede ser útil acudir a uno o varios profesionales, como el psicólogo, el médico de familia o el psiquiatra, para recibir un acompañamiento adecuado.
Debilitación psicológica o física
El estrés puede provocar un cansancio psicofísico intenso, que tiende a intensificarse cuando coexisten otras condiciones de fragilidad o agotamiento.
Un aspecto que conviene tener en cuenta son algunos hábitos de vida poco saludables, como el consumo de alcohol, el tabaco, una alimentación excesiva o desordenada, la falta de actividad física o un ritmo de vida frenético con poco tiempo para el sueño y la recuperación mental y física.

El peso de la responsabilidad y el sentimiento de culpa
El peso de la responsabilidad puede hacer la vida más compleja y hacer que percibamos las situaciones como más graves y dramáticas de lo que son en realidad. Si a esto se suma un sentimiento de culpa exagerado por posibles incumplimientos, hasta las tareas más sencillas pueden volverse muy estresantes.
El resultado es una inversión de energía y de emociones excesiva, que a menudo se emplea en gestionar el miedo más que en resolver los problemas.
Factores de vulnerabilidad y factores protectores individuales
No todas las personas reaccionan al estrés del mismo modo: algunas son más vulnerables, mientras que otras tienen características que las ayudan a afrontar mejor las dificultades. Entre los factores principales se encuentran:
- la baja autoestima,
- la tendencia al perfeccionismo,
- la dificultad para gestionar las emociones,
- la adopción de estilos de coping disfuncionales, como la evitación o la negación.
Conviene subrayar que una menor flexibilidad psicológica y el uso de estrategias de coping poco adaptativas se han identificado como los principales predictores tanto del estrés traumático secundario como del burnout (Chapman et al., 2024).
Por el contrario, los factores protectores son recursos personales que ayudan a gestionar el estrés de forma más eficaz. Entre ellos destacan:
- la resiliencia,
- el optimismo realista,
- las habilidades de resolución de problemas,
- el apoyo social percibido.
Reconocer nuestros factores de vulnerabilidad y poner en valor los protectores puede ser un paso fundamental para desarrollar estrategias de gestión del estrés más eficaces.
El impacto de las características demográficas y culturales en los factores individuales del estrés
Además de los rasgos de personalidad, factores como la edad, el género, el contexto cultural y las condiciones de vida también pueden influir en la respuesta individual al estrés. Por ejemplo, un nivel educativo bajo, el tabaquismo intenso, la inactividad física, la falta de una red social y unas condiciones laborales desfavorables se han asociado a niveles más altos de estrés percibido (Nielsen et al., 2008).
En cuanto al género, según una investigación de la OMS de 2022, las mujeres refieren niveles de estrés más altos que los hombres, a menudo asociados a la doble jornada entre el trabajo y la familia, y a una mayor exposición a factores de riesgo psicosocial.
En cuanto a la edad, los adolescentes y los jóvenes adultos pueden ser más vulnerables al estrés por los cambios físicos, emocionales y sociales propios de estas etapas de la vida, mientras que algunas investigaciones sugieren que las personas mayores, gracias a la experiencia acumulada, pueden desarrollar estrategias de coping más eficaces.
El contexto cultural, además, influye en la forma en que percibimos y expresamos las emociones relacionadas con el estrés: en algunas culturas está más aceptado hablar abiertamente de las dificultades, mientras que en otras se tiende a minimizar o a esconder las señales de malestar.
Estos elementos no determinan por sí solos la respuesta al estrés, pero interactúan con las características individuales y pueden contribuir a hacer que la experiencia de cada persona sea única.
¿Cómo gestionar el estrés? Algunos consejos
Para afrontar las emociones que genera una situación estresante, es importante expresarlas: podemos elegir entre hablar de ellas o escribir, según lo que nos haga sentir mejor. Expresar las emociones puede ayudarnos a:
- reducir su intensidad;
- definir con más claridad lo que sentimos;
- acoger nuestro mundo interior sin huir de él.
Actuar también es fundamental: a menudo importa más la forma en que creemos que podemos afrontar un acontecimiento que el acontecimiento en sí. Nunca es solo la situación la que determina lo que sentimos, sino la forma en que la percibimos.
Lo que intentamos evitar difícilmente desaparece por sí solo. Cualquier persona que haya vivido una situación parecida y haya pensado lo mismo suele experimentar emociones similares; por eso forman parte de la experiencia humana. Además, puede ser útil recurrir a técnicas de relajación y meditación, como el entrenamiento autógeno o la relajación progresiva de Jacobson, y mantener un estilo de vida saludable.
Prevenir y gestionar el estrés paso a paso
En resumen, para prevenir y gestionar el estrés, algunos de los pasos que podemos dar son:
- intervenir en el entorno o en las causas y concausas externas;
- actuar sobre la percepción e interpretación subjetiva de las situaciones y los acontecimientos estresantes;
- actuar sobre las reacciones emocionales;
- actuar sobre el mecanismo de las reacciones fisiológicas;
- actuar sobre la respuesta conductual, reforzando las experiencias positivas.
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Si sientes que cada vez te cuesta más gestionar el estrés por tu cuenta, recuerda que pedir ayuda es un acto de autocuidado. Un psicólogo o psicóloga que trabaje temas relacionados con el estrés puede ayudarte a afrontar lo que vives con herramientas y estrategias personalizadas, en un proceso de consciencia y bienestar.



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