Las guerras no solo desgarran física y psicológicamente a quienes las sufren en primera persona, sino que también extienden sus hilos invisibles afectando profundamente nuestras vidas, incluso a miles de kilómetros de distancia y desde la comodidad de nuestros hogares.
¿Cómo actuamos ante una situación de amenaza? Atacar, huir o paralizarse
Cuando nos enfrentamos a una situación de miedo, nuestro cuerpo tiene una respuesta automática y natural para protegernos y prepararnos para lo que percibimos como una amenaza. Esta respuesta está mediada por el sistema nervioso autónomo, y se conoce como la respuesta de "lucha o huida".
En términos generales, esta respuesta se caracteriza por tres posibles reacciones: ataque, huida o paralización. Estas respuestas están influidas por varios factores, incluyendo nuestras experiencias pasadas, nuestras capacidades físicas y mentales, así como el contexto y la naturaleza de la amenaza percibida.
Esta respuesta es universal en todos los mamíferos, incluido el ser humano. Pero, ¿qué sucede cuando no es posible activar este mecanismo por motivos de fuerza mayor? No existe en la naturaleza una situación que no permita activar alguna de estas respuestas ante un peligro.
- El ataque es una respuesta de lucha frente al miedo. En esta situación, la persona se siente amenazada y, en lugar de huir, decide enfrentarse a la situación o al objeto de miedo. Esta reacción puede estar influenciada por la necesidad de protegerse a sí misma o a otros, así como por un impulso de controlar o dominar la situación temida.
- La huida implica escapar de la situación o del objeto de miedo. Esta respuesta es una forma de evitar el peligro percibido y buscar la seguridad. La huida puede manifestarse tanto físicamente, intentando alejarse de la situación, como mentalmente, evitando pensar en ello o desconectándose emocionalmente.
- La paralización es otra respuesta común ante el miedo. En esta situación, la persona se siente abrumada y se queda "congelada" o inmovilizada. A veces, esta paralización puede ser temporal, mientras el individuo evalúa la situación y decide cómo reaccionar. Sin embargo, en otras ocasiones, puede ser más duradera, lo que impide que la persona tome cualquier acción.
La falta de capacidad para defenderse en un conflicto armado aumenta aún más la vulnerabilidad de las personas. Aquellas que sufren ataques y abusos pueden tener pocas opciones para protegerse o buscar justicia debido a la superioridad militar o numérica de los actores que cometen las violaciones.
Además, los sistemas legales y de justicia pueden colapsar completamente durante un conflicto armado, lo que dificulta aún más la búsqueda de una protección adecuada y un recurso efectivo.
Como ya sabemos, la capacidad para huir y buscar refugio en otros lugares también puede verse amenazada en un conflicto armado. Así, las personas desplazadas y refugiadas pueden encontrarse atrapadas en zonas de combate activo, donde su seguridad está en peligro constante. Además, las rutas de escape pueden estar bloqueadas o vigiladas, lo que limita su capacidad para encontrar un lugar seguro y protegerse de las violaciones de derechos humanos.
Todo esto se agrava con la falta de acceso a necesidades básicas como alimentos, agua potable, atención médica y refugio. Los civiles atrapados en zonas de conflicto muchas veces se ven privados de estas necesidades debido a la interrupción de los servicios y las infraestructuras, así como a las restricciones impuestas por las partes en conflicto. Esto puede hacerles aún más vulnerables y aumentar los riesgos para su vida y bienestar.
El aprendizaje vicario y la indefensión aprendida
El efecto de la guerra en la salud psicológica no se limita únicamente a quienes están directamente involucrados en el conflicto. Aunque no estemos físicamente presentes en las zonas de guerra, la exposición frecuente a las noticias y eventos relacionados con el conflicto puede tener un impacto significativo en nuestra salud mental.
Un fenómeno psicológico que se vincula a esta experiencia es el aprendizaje vicario de la indefensión. Pero, ¿qué es el aprendizaje vicario?
El aprendizaje vicario
Para entender en qué consiste el aprendizaje vicario, es importante considerar cómo las personas adquieren y modifican su comportamiento observando a otros, asimilando las consecuencias de esas acciones y luego replicándolas o evitándolas en función de si los resultados observados son positivos o negativos. En definitiva, el aprendizaje vicario tiene un significado social.
En psicología, el aprendizaje vicario es un tipo de aprendizaje que ocurre a través de la observación de las acciones, comportamientos y consecuencias de otras personas. En lugar de aprender directamente de la propia experiencia, una persona puede aprender de manera indirecta al observar a otros y ver cómo se enfrentan a diferentes situaciones. En resumen, es un tipo de aprendizaje por observación.
En el aprendizaje por observación o vicario, la persona que observa puede aprender nuevos conocimientos, habilidades y comportamientos simplemente viendo cómo otros actúan y se desenvuelven en diversas situaciones. Este tipo de aprendizaje se basa en la teoría del aprendizaje social, propuesta por Albert Bandura, una de las teorías de la psicología social más importantes, que sostiene que el aprendizaje puede ocurrir a través de la observación y la imitación de modelos de comportamiento (Rumjaun & Narod, 2020).
Este tipo de aprendizaje, dado en el condicionamiento vicario, es común en diversas situaciones de la vida cotidiana, como observar a alguien nadar para aprender a hacerlo, ver a un maestro demostrar una técnica para aprender un deporte o mirar a un compañero de trabajo realizar una tarea para aprender cómo hacerla.
El aprendizaje vicario puede ser una forma eficiente de adquirir conocimientos y habilidades sin tener que pasar por la propia experiencia directa; es lo que se conoce como condicionamiento observacional. Este aprendizaje se da porque se produce un refuerzo vicario, es decir, la observación de una “recompensa” que otros reciben por ese mismo comportamiento.
Algunas investigaciones han demostrado que este tipo de aprendizaje puede ir más allá de la simple imitación: por ejemplo, se observó un efecto de segundo orden, donde los niños también desarrollaron respuestas de miedo hacia otros animales que se presentaron junto al animal previamente asociado con caras temerosas, aunque estos nuevos animales nunca se mostraron con caras temerosas (Reynolds et al., 2017).

Las fases del aprendizaje vicario según Bandura
El psicólogo Albert Bandura, reconocido por su trabajo en el aprendizaje vicario, identificó cuatro fases esenciales que ayudan a comprender cómo aprendemos a través de la observación de otras personas. Entender estas etapas nos permite reconocer cómo se desarrolla este tipo de aprendizaje en distintos contextos.
- Atención: para que el aprendizaje vicario sea posible, primero necesitamos centrar nuestra atención en el modelo y en sus acciones. Elementos como la novedad, la relevancia o el atractivo del modelo pueden influir en el grado de atención que le prestamos.
- Retención: después de observar el comportamiento, es importante poder recordarlo. En esta fase, almacenamos mentalmente lo que hemos visto, ya sea a través de imágenes o palabras, para poder acceder a esta información más adelante.
- Reproducción: en este momento, tratamos de poner en práctica el comportamiento que hemos observado. Para lograrlo, es necesario contar con las habilidades físicas y cognitivas adecuadas, además de practicar para afinar la acción.
- Motivación: por último, la motivación influye en si finalmente llevamos a cabo el comportamiento aprendido. Si notamos que el modelo recibe recompensas o reconocimiento, es más probable que imitemos esa conducta. Si, en cambio, las consecuencias son negativas, solemos evitar repetirla.
Estas fases se relacionan entre sí y pueden verse afectadas por factores personales y del entorno, lo que ayuda a explicar por qué cada persona puede aprender de forma diferente ante una misma situación.
El aprendizaje vicario y sus efectos
Se pueden intuir las ventajas que este proceso psicológico tiene para la supervivencia. Pero, ¿puede jugar en nuestra contra? Podemos imaginar qué aprende nuestro cerebro con la observación de los sucesos en relación con las guerras en general y, en concreto, con los últimos conflictos armados de los que estamos siendo testigos en la actualidad.
Abrimos el debate sobre si podemos aprender a creer que somos vulnerables, que los estados y los sistemas realmente no nos protegerán, y qué consecuencias sociales puede traer este hecho.
La indefensión aprendida es un concepto psicológico que se refiere a la creencia de una persona de que no tiene control sobre las situaciones en las que se encuentra, independientemente de los esfuerzos que pueda realizar para cambiarlas. Se originó a partir de los estudios realizados por el psicólogo Martin Seligman en la década de 1960, inicialmente en animales y luego aplicado a seres humanos.
En el contexto social, la indefensión aprendida se puede relacionar con la incapacidad del ciudadano de defenderse, huir o atacar en un contexto de guerra y conflicto. En estas situaciones, la violencia y la agresión pueden ser abrumadoras y la gente puede sentir que no tiene poder para protegerse o cambiar la situación.
Las personas que experimentan indefensión aprendida social pueden desarrollar una actitud de resignación y de falta de iniciativa, lo que puede llevar a una disminución de la participación y la resistencia activa frente a la injusticia. En los casos más extremos, como por ejemplo lo que ocurrió en el experimento de la cárcel de Standford, se puede llegar a un estado de obediencia extrema.
Pueden experimentar una sensación de impotencia y desesperanza, creyendo que cualquier acción que tomen será inútil o incluso perjudicial. Y esto puede ser aprendido por quienes observamos.
La indefensión aprendida puede tener consecuencias negativas tanto para el individuo como para la sociedad en su conjunto. A nivel individual, puede llevar a problemas de salud mental, como depresión y ansiedad, así como a un deterioro de la autoestima y la autoeficacia. Además, puede perpetuar la desigualdad, la opresión y los abusos de poder, ya que la falta de resistencia activa permite que estas condiciones se mantengan.
Consecuencias del aprendizaje vicario y la indefensión aprendida en la guerra
El aprendizaje vicario de la indefensión se refiere a la adquisición de creencias y comportamientos resultantes de la observación de la impotencia y la falta de control sobre las situaciones. En el contexto de la guerra, esto implica presenciar a través de los medios de comunicación las consecuencias devastadoras que el conflicto tiene en la vida de las personas, como la destrucción de hogares, la muerte de seres queridos y la pérdida generalizada.
Además, existe una relación directa y positiva entre el aprendizaje vicario del trauma de familiares y amigos cercanos y la sintomatología traumática en los niños (Howard, 2021), lo que subraya la importancia de considerar el impacto emocional que la exposición indirecta a situaciones traumáticas puede tener en los más jóvenes.
Un ejemplo claro de aprendizaje vicario e indefensión aprendida ocurre cuando nos sentimos abrumados por las noticias constantes de la guerra y sentimos que no podemos hacer nada por cambiar la situación, lo que puede llevar a un estado de resignación y apatía sin haber experimentado directamente ninguno de los efectos del conflicto armado.
La exposición constante a imágenes y noticias de guerra puede generar en quienes las observamos una sensación de impotencia y desesperanza. Podemos sentirnos abrumados por la magnitud del sufrimiento y las terribles consecuencias que el conflicto tiene en la vida de las personas afectadas. Este aprendizaje vicario de la indefensión puede afectar nuestra salud mental de varias maneras.
En primer lugar, puede generar sentimientos de ansiedad y estrés. La constante exposición a noticias y relatos de los horrores de la guerra puede hacer que nos sintamos constantemente amenazados y en un estado de alerta. Esta ansiedad puede interferir en nuestro día a día y dificultar nuestro funcionamiento normal.
Además, puede generar sentimientos de tristeza, angustia y desesperanza. La repetida exposición a escenas de violencia y sufrimiento puede generar una sensación de pérdida y una visión pesimista del mundo. Podemos sentirnos impotentes frente al conflicto y desalentados al ver que las consecuencias negativas parecen incontrolables.
¿Puede generar este hecho un cambio en la mentalidad y creencias sobre el estado de bienestar en el que hasta ahora sentíamos que nos encontrábamos? ¿Puede generar desconfianza en los agentes sociales y políticos que nos protegen? ¿Puede generar una actitud de anticipación y alerta en la población observadora?
El aprendizaje vicario de la indefensión también puede impactar en nuestras actitudes y comportamientos hacia situaciones similares. Podemos experimentar una disminución de la empatía y la solidaridad hacia quienes están sufriendo, ya que nos sentimos abrumados por las noticias y tendemos a protegernos emocionalmente.
Sin embargo, algunas investigaciones han demostrado que los participantes que aumentaron su empatía mostraron un aprendizaje vicario del miedo más fuerte, medido por la respuesta de conductancia de la piel al estímulo condicionado, incluso en ausencia del demostrador (Olsson et al., 2016), lo que sugiere que la empatía puede intensificar la forma en que internalizamos y reaccionamos ante el sufrimiento ajeno.
Esto puede llevar a la apatía y la indiferencia hacia los problemas de los demás, lo que a su vez puede afectar nuestra salud psicológica y nuestras relaciones sociales. Puede generarse en los observadores la creencia de que, ante un conflicto político, las personas no podemos hacer nada.
Esa sensación de no poder hacer nada para protegernos puede tener varios efectos en nuestro estado psicológico:
- sensación de impotencia,
- pérdida de autoestima,
- incremento de la sensación de peligro,
- desarrollo de miedo y angustia.
Tuvimos un claro ejemplo con la pandemia de COVID-19, y hoy podemos afirmar como profesionales de la salud que sí, afectó la salud mental de los ciudadanos y aumentaron los trastornos de ansiedad.
¿Cómo podemos protegernos frente a la amenaza de la indefensión aprendida?
Podemos proteger nuestra salud psicológica tomando algunas medidas:
A nivel individual, podemos limitar nuestra exposición a las noticias y eventos relacionados con el conflicto, lo que puede ayudarnos a gestionar mejor nuestra ansiedad y estrés. También es importante buscar apoyo con personas de confianza con quienes podamos expresarnos de forma sensible, como hablar con seres queridos o buscar ayuda profesional si es necesario.
A nivel grupal y como sociedad, fomentar la educación, ser activos en la promoción de la justicia y participar en movimientos sociales (legales) pueden ayudar a contrarrestar el sentimiento de indefensión y desprotección, así como crear un ambiente donde los ciudadanos se sientan capaces de defender sus derechos y luchar por un cambio positivo.
Es fundamental cuidar nuestra salud mental y desarrollar estrategias de afrontamiento para protegernos de los efectos negativos de la guerra en nuestra vida cotidiana. Esto no significa dejar de ser empáticos o desconsiderados con quienes la están sufriendo; debemos ser conscientes de la dimensión de los hechos que estamos viviendo y no sentirnos culpables por querer cuidarnos y, en definitiva, protegernos.
Si sientes que la exposición constante a noticias o situaciones de conflicto está afectando tu bienestar emocional, en Unobravo estamos aquí para apoyarte: rellena nuestro cuestionario para encontrar tu psicólogo online, en función de tus necesidades y preferencias.




