Desde siempre, el ser humano ha buscado herramientas para calmar la angustia ante la muerte. En la cultura occidental, por ejemplo, la muerte fue durante mucho tiempo un evento público y social: a través de los ritos propios de cada cultura, se vivía como un pasaje en el que existía la posibilidad de estar acompañados por familiares y amigos.
Cómo ha cambiado hoy la relación con la muerte
En una sociedad fuertemente individualista como la que vivimos, en la que se impone la combinación juventud-salud-felicidad, la muerte va perdiendo su connotación de evento natural y social, y eso hace que pueda ser más difícil aceptarla. Los ritos, que permitían aceptar con más humanidad este tránsito, se van disolviendo poco a poco y dejan un vacío de sentido.
La exposición continua a imágenes de muerte en las películas y, al mismo tiempo, la falta de experiencia directa contribuyen a que se convierta en un concepto cada vez más virtual y lejano: algo que disociamos de la vida y en lo que no pensamos de forma tangible y real. No obstante, este tipo de contenidos, aunque sea a una distancia segura, nos permite hablar de la muerte y esto también puede explicar por qué nos atraen las historias de terror.
Asimismo, el progreso en el campo de la medicina ha ido posponiendo cada vez más el final de la vida: por un lado, encuentra remedios para muchas enfermedades y, por otro, alimenta la ilusión —y la consiguiente decepción— de contar con los medios para combatirla.
¿De dónde nace la angustia ante la muerte?
Nuestro contexto sociocultural no favorece una actitud serena ante la muerte y convertir este concepto en un tabú no ayuda a afrontarla.
Una de las herramientas con las que podemos hacer frente a un evento tan desestabilizador es el “alimento emocional” que recibimos de nuestros padres, gracias al cual aprendemos a gestionar las emociones desagradables. Sin embargo, para los padres también puede ser complicado gestionar estas emociones y, sobre todo en las familias disfuncionales, se corre el riesgo de transmitir:
- sensación de inestabilidad,
- desconfianza en el futuro,
- inseguridad.
Además, la sociedad con rasgos narcisistas en la que vivimos tampoco favorece este tipo de procesamiento y contribuye a que un concepto tan importante como la muerte quede apartado.
¿Cuándo el miedo puede convertirse en angustia?
El miedo a la muerte, o tanatofobia, puede surgir:
- de una experiencia traumática vivida en primera persona o por otras personas;
- de una enfermedad como el cáncer, cuando se asocia al miedo a tener un tumor;
- de la muerte de alguien;
- de un despido o de un embarazo;
- del paso a una nueva etapa vital, como la adolescencia, la edad adulta o la vejez.

Aunque reconozcamos que es irracional, este pensamiento resulta difícil de apartar y puede provocar:
- ansiedad y ataques de pánico;
- llanto y desesperación;
- rabia y tristeza;
- culpa y soledad;
- frustración y confusión.
¿Qué podemos hacer para sentirnos mejor?
Cuanto menos claramente comprendemos la idea de la muerte, mayores son el miedo y el estado de ansiedad asociados. Por eso es importante normalizar la muerte y dejar de considerarla un tabú. Para lograrlo, podemos seguir algunas pautas:
- Es importante que exista una death education: hacer que el concepto de muerte resulte familiar desde una edad temprana significa ayudar al niño a procesar y comprender este acontecimiento como una parte más del camino de la vida. Es conveniente acoger sus miedos y sus preguntas, y ofrecerle herramientas para gestionar la pérdida de alguien cercano, como la muerte de un abuelo.
- Los ritos funerarios y las creencias culturales y religiosas pueden ayudar a encontrar un significado más profundo a lo que sucede. El sentimiento de comunidad y el hecho de compartir el dolor puede devolver espacio a un pensamiento que, cuando se afronta en soledad, da mucho más miedo.
- Es importante observar lo que ocurre en nuestro interior cuando este miedo asoma. Una observación sin juicios nos permite escucharnos sin dejarnos arrastrar, porque a menudo es una señal de que algo en nuestra vida no va como querríamos.
- Buscar el contacto con el cuerpo cuando la angustia parece hundirnos. Prestar atención a los pies, “anclarlos” en el suelo, fijarnos en el lugar en el que estamos sentados, aflojar la tensión de los hombros y el cuello, sentir el calor de la mano apoyada sobre el cuerpo. Retomar el contacto con el entorno también puede ayudar: fijarnos en los detalles de la habitación, atender a los ruidos de alrededor, observar un objeto concreto. Todo esto sirve para decirnos “estoy aquí, todo está bien”.
- El autocuidado y atender a nuestro bienestar mental y físico es importante para combatir esta angustia. Actuar de acuerdo con nuestros valores y escuchar nuestras necesidades y deseos también nos ayuda a aceptar nuestros miedos.
- Pedir ayuda cuando sentimos que la necesitamos: la cercanía y la comprensión en la relación con personas cercanas o dentro de un proceso terapéutico tienen un valor incalculable a la hora de gestionar las emociones desagradables.

La ayuda de un psicólogo
Un profesional puede ayudarnos a gestionar la angustia, a escuchar y comprender su significado y a ir adquiriendo poco a poco las herramientas necesarias para afrontarla. Quien afronta un diagnóstico de cáncer, por ejemplo, puede sentir la necesidad de trabajar su angustia ante la muerte junto a un experto en psicooncología, de modo que se favorezca una mejor adaptación a la experiencia que vive y se reduzca el malestar psicológico.
Este trabajo terapéutico se desarrolla a través de una escucha activa y sin juicios, dentro de una relación segura en la que es posible expresarse sin miedo. Es importante recuperar propósitos, deseos y objetivos a corto y largo plazo que nos permitan vivir con sentido de continuidad, porque:
“La muerte pierde su terror cuando uno muere, cuando ha consumado su vida” — El día que Nietzsche lloró, de I. Yalom.





