La acidez estomacal puede ser una compañera incómoda, sobre todo si aparece en los peores momentos, cuando más se necesita serenidad.
Si alguna vez has sentido "fuego" en el estómago durante periodos de estrés intenso, tienes que saber que son síntomas reales, no imaginarios, aunque las emociones y las tensiones puedan influir en ellos. Las emociones y el cuerpo están profundamente conectados, y el estrés puede amplificar sensaciones físicas ya existentes.
En este artículo exploraremos el vínculo entre el estómago, el estrés y la ira reprimida, centrándonos en la llamada gastritis nerviosa.
Recuerda, sin embargo, que es fundamental realizar una evaluación médica para descartar causas orgánicas y, si procede, complementarla con una valoración psicológica.
Gastritis nerviosa: qué es y por qué aparece
Cuando nos sentimos bajo presión, el estrés puede afectar al funcionamiento del estómago (por ejemplo, la movilidad y la sensibilidad al dolor) y, en algunas personas, intensificar síntomas como la acidez o el ardor. Esto puede hacer que el estómago sea más"reactivo" y, por tanto, más fácil de irritar con ardor y dolor.
Al hablar de síntomas gastrointestinales relacionados con el estrés, conviene empezar por el eje intestino-cerebro, es decir, un sistema de comunicación bidireccional entre el cerebro y el estómago-intestino.
Si el cerebro percibe una situación de alarma, el sistema nervioso autónomo y el cortisol (la hormona del estrés) pueden modificar el funcionamiento del estómago. Esto puede afectar a la motilidad, la sensibilidad visceral y, a veces, incluso a la secreción de ácido, lo que puede provocar espasmos, una digestión más lenta y un umbral de dolor más bajo.
En este contexto, el término somatización (utilizado aquí en un sentido descriptivo) se refiere al hecho de que una condición de estrés o carga emocional también puede expresarse a través de síntomas físicos.
En el DSM-5-TR (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales), cuando los síntomas somáticos van acompañados de pensamientos, preocupaciones o comportamientos excesivos relacionados con la salud y un sufrimiento o deterioro significativos, se habla en cambio de trastornos por síntomas somáticos y trastornos relacionados.
Ya en el pasado se planteó la hipótesis de que el sistema nervioso puede contribuir al cuadro general de los trastornos gástricos y síntomas afines, no sólo como causa directa (Vonderahe, 1939).
Esta es la razón por la que la gastritis nerviosa puede tener un curso "escalonado": pueden alternarse períodos de relativo bienestar con reagudizaciones, que a menudo coinciden con momentos de mayor tensión o acontecimientos estresantes. De este modo, el estómago puede convertirse en un auténtico "barómetro emocional", señalando a través del dolor o el ardor la presencia de un estrés emocional que quizá aún no hayamos reconocido plenamente.

Síntomas de la gastritis nerviosa: cómo reconocerlos
La gastritis nerviosa puede manifestarse a través de una serie de síntomas específicos, que pueden variar en intensidad y frecuencia.
Reconocer estos signos es el primer paso para afrontar el problema con conciencia.
Los síntomas más comunes de la gastritis nerviosa son los siguientes:
- Acidez y ardor de estómago: sensación de calor o dolor en la parte superior del abdomen, a menudo relacionada con la sobreproducción de jugos gástricos.
- Náuseas: sensación de malestar que puede preceder o seguir a las comidas, a veces acompañada de vómitos.
- Sensación de pesadez o retortijones: dolor sordo o punzadas localizadas en el estómago, que pueden empeorar después de comer.
- Hinchazón abdominal: sensación de estómago hinchado y tenso, no siempre relacionada con la ingesta de alimentos.
- Digestión lenta: percepción de que el estómago "nunca se vacía", lo que provoca malestar y cansancio.
- Disminución del apetito o hambre nerviosa: alteraciones del comportamiento alimentario, con pérdida de interés por la comida o, por el contrario, búsqueda compulsiva de alimentos para aplacar la ansiedad.
Estos síntomas pueden agravarse durante los periodos de estrés intenso y remitir cuando uno se relaja, por ejemplo durante los fines de semana o las vacaciones.
Sin embargo, no existe una regla fija: cada persona puede experimentar un patrón diferente.
El impacto de la gastritis nerviosa en la calidad de vida puede ser significativo: comidas experimentadas con aprensión, trastornos del sueño, dificultad para concentrarse, evitación de situaciones sociales por miedo a los síntomas.
Si te reconoces en esta descripción, recuerda que no estás solo/a: muchas personas han pasado por el mismo camino y han conseguido recuperar el bienestar y la serenidad.
¿Estrés o alimentación? Preguntas para orientarse
Cuando se sufre un dolor de estómago inducido por el estrés, puede resultar difícil entender hasta qué punto cuentan las emociones y hasta qué punto influye la alimentación.
Para orientarse, puede ser útil hacerse algunas preguntas:
- ¿Cuándo aparece el síntoma? ¿En qué momentos del día o de la semana se presenta con mayor intensidad?
- ¿Qué ha ocurrido en las horas anteriores? ¿Pueden haberlo desencadenado acontecimientos estresantes o situaciones de especial carga emocional?
- ¿Hubo una discusión, una fecha límite o una preocupación recurrente?
- ¿Aparece el síntoma incluso cuando sigues una dieta cuidadosa y equilibrada, evitando los alimentos irritantes?
- ¿Pueden haber contribuido factores como el café, el alcohol, el tabaco, los antiinflamatorios o un ritmo de vida irregular?
Llevar un diario en el que anotar acontecimientos, pensamientos, emociones y síntomas puede ser útil para identificar cualquier patrón recurrente.
Recuerda: si tu cuerpo te envía una señal, no significa que seas débil o incapaz de manejar el estrés.
Ira reprimida y ardor de estómago
¿Puede estar relacionada la acidez estomacal con la ira reprimida? En algunas personas puede existir una asociación, especialmente cuando la ira reprimida contribuye a mantener un estado de estrés y tensión.
La ira reprimida es una emoción poderosa que puede permanecer desatendida y arraigar en forma de resentimiento y frustración. No siempre es fácil de reconocer: a veces se manifiesta como una sensación de "tragarse" palabras no dichas o necesidades no expresadas.
No expresar la ira no significa no sentirla y no implica que desaparezca.
Las estrategias rígidas de autocontrol, las cavilaciones, la hiperactividad y la tensión corporal pueden aumentar la vulnerabilidad a los síntomas gástricos. Así como el miedo al conflicto puede empujarnos a evitar la confrontación, pero cuando esto se convierte en un hábito, el cuerpo puede "hablar" por nosotros a través de los síntomas.
El papel de la ansiedad
El dolor de estómago por estrés puede ser un compañero silencioso, que se reactiva precisamente en momentos de mayor tensión.
¿Alguna vez has notado náuseas o ardor después de una discusión con tu pareja, o en días en los que sientes que siempre tienes que decir "sí" para evitar conflictos?
A veces el estómago se rebela cuando nos sentimos atrapados en situaciones que ya no nos pertenecen, pero que no tenemos el valor de abandonar. Otras veces, es la presión laboral la que reaviva los síntomas: la sensación de tener que estar siempre a la última, de no poder cometer errores, de tener que controlarlo todo.
La ansiedad anticipatoria también puede desempeñar un papel: el estómago se revuelve antes de una reunión importante, una llamada telefónica difícil, un encuentro que nos desafía. En todos estos casos, el cuerpo puede manifestar señales de sobrecarga emocional: "aquí duele algo".
¿Por qué a veces la dieta y la medicación no son suficientes?
Cuando el estrés es crónico, nuestro cuerpo puede tener dificultades para recuperarse y los síntomas pueden hacerse más persistentes. Puede compararse con un grifo abierto: si el agua sigue corriendo, incluso los mejores intentos por secarnos pueden no ser suficientes. Por eso, en algunos casos, la dieta y la medicación no son suficientes.
Si, tras una evaluación médica, resulta que el estrés y los componentes de la gestión emocional desempeñan un papel importante, puede ser útil actuar también a ese nivel.
Además, el dolor de estómago inducido por el estrés puede desencadenar un círculo vicioso: el miedo al síntoma genera ansiedad, que a su vez empeora el síntoma. En estos casos, un enfoque integrado (médico, nutricional y psicológico) puede ser más eficaz para abordar el problema desde su origen.
Estrategias psicológicas prácticas
He aquí algunas estrategias prácticas que puedes empezar a utilizar de inmediato:
- Respiración diafragmática: inhala profundamente contando hasta 4, aguanta la respiración durante 2 segundos y luego exhala lentamente hasta 6. Repite 5 minutos, concentrándote en la respiración. Repítelo durante 5 minutos, centrándote en el movimiento del abdomen.
- Relajación muscular progresiva: contrae y luego suelta los principales grupos musculares, empezando desde los pies hasta la cabeza. Esto ayuda a liberar la tensión acumulada.
- Atención plena y enraizamiento: presta atención a tus cinco sentidos. ¿Qué ves, oyes, tocas, hueles y saboreas en este momento? Este ejercicio te devuelve al presente, interrumpiendo el ciclo de alarma constante.
- Higiene mental: tómate descansos regulares, establece límites claros entre el trabajo y la vida privada, reduce la multitarea. La mente necesita espacio para recargarse.
- Gestión de pensamientos intrusivos: anota tus pensamientos en un papel, utiliza la técnica de la parada ("Ya está, no pienso en eso ahora"), o reserva 15 minutos al día para el tiempo de las preocupaciones. Fuera de ese tiempo, deja de preocuparte.
- Entrenar la asertividad: aprender a decir no y a poner límites saludables es el primer paso para aprender a escucharse y a ser escuchado.
Siempre que sea posible, más vale prevenir que curar. Aprende a reconocer los factores desencadenantes y los primeros signos (fatiga, irritabilidad, tensión muscular) para intervenir antes de que el estrés se somatice en el estómago.

Cuándo buscar ayuda
Si la acidez estomacal se repite a menudo, sobre todo en situaciones de estrés, o si te das cuenta de que reprimes la ira para evitar conflictos, puede que haya llegado el momento de buscar ayuda.
Un psicólogo puede ayudarte a ganar claridad sobre tus emociones y a cambiar los hábitos de relación que te causan dolor, como la necesidad de agradar o la evitación de la confrontación.
Juntos podéis explorar tu historia, los patrones aprendidos y construir nuevas estrategias.
La psicoterapia no sustituye al médico: en caso de síntomas persistentes, es esencial un enfoque integrado. Pedir ayuda antes de que la situación se vuelva insostenible puede ser un acto de cuidado de uno mismo.
En este sentido, la terapia cognitivo-conductual (TCC) es especialmente eficaz para reconocer y modificar los pensamientos que pueden alimentar la ansiedad relacionada con los síntomas físicos, como la catastrofización y la hipervigilancia.
Mediante la TCC, puedes aprender a regular tus emociones y a gestionar la ira de un modo más funcional, evitando reprimirla.
El profesional puede guiarte en el trabajo sobre las situaciones estresantes y las reacciones corporales asociadas a ellas, y te enseñará estrategias de asertividad.
El proceso incluye el seguimiento de los progresos y la prevención de recaídas para favorecer un bienestar más estable.
Un nuevo comienzo
Escuchar a tu cuerpo es un acto de conciencia, no de culpa.
El ardor de estómago puede ser un mensaje importante, no una condena. Convertir el síntoma en información requiere pequeños pasos diarios de curación: menos guerra interna, más escucha amable.
Si el estrés y la ira reprimida persisten, pedir apoyo es un signo de fortaleza, no de debilidad.
Recuerda: mente y cuerpo son un sistema interconectado y trabajar en ambos puede restablecer tu equilibrio y bienestar.
Si sientes que necesitas apoyo, puedes empezar tu proceso terapéutico con Unobravo rellenando nuestro cuestionario para encontrar el psicólogo o psicóloga que mejor se adapte a tus necesidades.




