El juego promete un sueño: la posibilidad de cambiar de vida con un solo golpe, de resurgir, de vencer al destino. Sin embargo, ese sueño puede convertirse en una peligrosa jaula, especialmente en un contexto donde el crecimiento masivo del juego comercial en las últimas décadas ha provocado un aumento sustancial en la prevalencia de la ludopatía y otros daños relacionados con el juego (Abbott, 2017). Detrás de la ilusión de control, suele esconderse una espiral que arrastra hacia la adicción, el aislamiento y el sufrimiento.
El trastorno por juego, también conocido como ludopatía o adicción al juego, es una forma de adicción conductual en la que el juego deja de ser un pasatiempo para convertirse en una necesidad compulsiva, lo que puede tener graves consecuencias en la vida de la persona y su familia. Las formas más comunes en las que se manifiesta incluyen el uso compulsivo de máquinas tragaperras, las apuestas deportivas, el póquer en línea, los rasca y gana y las aplicaciones móviles.
El objetivo de este artículo es arrojar luz sobre el tema de la ludopatía, explicando qué es, a quién afecta, por qué se desarrolla y cuáles son las señales para reconocerla, con el fin de superar el estigma, promover la sensibilización y ofrecer herramientas concretas para su prevención y tratamiento.
¿Qué es la ludopatía?
La ludopatía, o trastorno por juego patológico, es una condición clínica que afecta a la capacidad de una persona para controlar el impulso de jugar, a pesar de las consecuencias negativas personales, relacionales y económicas que esto conlleva.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la ludopatía se incluye en la categoría de trastornos del control de los impulsos, caracterizados por comportamientos repetitivos y disfuncionales que a la persona le resulta difícil abandonar, incluso cuando reconoce el daño que le provocan.
Es importante distinguir entre los simples juegos de azar (que se practican de forma ocasional y bajo control) y la adicción al juego. Mientras que los primeros pueden ser una actividad recreativa sin consecuencias, la ludopatía adopta la forma de una verdadera adicción conductual, en la que el comportamiento de juego adquiere características compulsivas, similares a las que se observan en las adicciones a sustancias.
Las pruebas científicas más recientes respaldan este punto de vista. Algunos estudios de neuroimagen han demostrado que los mecanismos cerebrales implicados en el craving (el deseo incontrolable) del juego patológico son similares a los que activa la cocaína, lo que sugiere que la ludopatía y las adicciones a sustancias pueden tener una base neurobiológica común (Potenza, 2008).
Estos datos refuerzan la idea de que la adicción al juego es más afín a los trastornos por consumo de sustancias que a los trastornos obsesivo-compulsivos, con los que se asociaba anteriormente.
La adicción al juego es una adicción sin sustancias, pero no por ello menos peligrosa: puede provocar aislamiento social, depresión, conductas autolesivas y graves dificultades económicas, y requiere un marco clínico y terapéutico específico. Las tasas de prevalencia de ludopatía en adultos en el último año varían entre 0,1% y 6,0%, y existen de dos a tres veces más personas que presentan problemas subclínicos menos graves (Abbott, 2017).
El informe sobre adicciones comportamentales y otros trastornos adictivos (Ministerio de Sanidad, 2024) indica distintas consecuencias asociadas a la adicción comportamental, como conflictos familiares (26,6 %), problemas económicos (25,1 %) y problemas de salud (16,9 %).
¿Quién corre más riesgo de desarrollar una adicción al juego?
Hay un complejo conjunto de factores psicológicos, sociales, familiares y genéticos que influyen en la vulnerabilidad a la adicción al juego. Varios estudios han demostrado que determinadas condiciones demográficas y personales están más correlacionadas con el riesgo de desarrollar esta adicción.
Según Welte et al. (2004), los factores sociodemográficos que aumentan la probabilidad de desarrollar una adicción incluyen:
- la pertenencia a minorías étnicas,
- un estatus socioeconómico bajo,
- ser joven, estar desempleado o aislado socialmente.
En particular, la adicción al juego parece afectar con más frecuencia a los hombres que a las mujeres, aunque estas últimas también muestran un riesgo creciente, especialmente en contextos de vulnerabilidad familiar y psicológica.
Desde el punto de vista psicológico, la literatura científica destaca que la comorbilidad con otras afecciones (incluida la depresión) es frecuente entre las personas con juego patológico. En un estudio realizado en España, se observó que más del 21 % de los jugadores patológicos presentaban síntomas depresivos clínicamente significativos, una cifra significativamente superior a la del grupo de control (Becoña, Lorenzo y Fuentes, 1996).
Los jóvenes representan una categoría especialmente frágil debido tanto a la impulsividad típica de la edad de desarrollo como a la falta de conciencia de las consecuencias del juego. También las personas mayores, aunque sean menos impulsivas, pueden caer en el juego como respuesta a la soledad o a la percepción de una pérdida de sentido en la vida cotidiana (Welte et al., 2004).
Asimismo, la dimensión genética también ha recibido cada vez más atención. Una revisión sistemática de la literatura científica realizada por Gyollai et al. (2014) pone de relieve el papel de los factores genéticos, y en particular los relacionados con los sistemas dopaminérgico y serotoninérgico, en la predisposición al juego patológico. Esto sugiere que la ludopatía puede enmarcarse como una forma de Síndrome de Deficiencia de Recompensa (Reward Deficiency Syndrome en inglés), similar a otras adicciones.
El papel de las emociones en la adicción
El juego patológico no implica solo comportamientos repetitivos, sino que a menudo representa un intento disfuncional de regular emociones desagradables como la ansiedad, el aburrimiento, el estrés o la frustración. El juego puede actuar como una especie de "válvula de escape" emocional, al proporcionar un alivio momentáneo e ilusorio.
El uso del juego como estrategia de afrontamiento emocional se observa con frecuencia en jugadores patológicos, que suelen empezar a jugar para "desconectar" de pensamientos negativos o situaciones estresantes.
Sin embargo, a largo plazo este mecanismo alimenta el ciclo de la adicción, agrava el malestar original e impide el desarrollo de estrategias de gestión emocional más sanas (Welte et al., 2004; Becoña et al., 1996).
Por lo tanto, no es una sorpresa que el juego patológico se asocie con frecuencia a otras formas de adicción, como el abuso del alcohol o de sustancias psicoactivas. Algunas investigaciones demuestran que el abuso del alcohol aumenta significativamente la probabilidad de desarrollar una adicción al juego. En algunos casos, tener una adicción al alcohol también multiplica la probabilidad de ser una persona con juego patológico (Welte et al., 2001).
Algunas vulnerabilidades neurológicas comunes, como el funcionamiento alterado de los circuitos cerebrales relacionados con la recompensa y la impulsividad, también pueden explicar este vínculo.

Las causas de la ludopatía: por qué se desarrolla la adicción al juego
La ludopatía es una adicción conductual compleja y multifactorial que surge de la interacción entre factores psicológicos, sociales, ambientales y neurobiológicos.
Algunos de los factores psicológicos son:
- la impulsividad,
- la búsqueda de gratificación inmediata,
- las dificultades para regular las emociones, lo que puede convertir el juego en un medio disfuncional para afrontar las emociones negativas o el estrés (Blaszczynski & Nower, 2002).
En concreto, el modelo de los "pathways" propuesto por Blaszczynski y Nower identifica tres perfiles de jugadores problemáticos:
- jugadores condicionados por el comportamiento,
- jugadores emocionalmente vulnerables,
- jugadores antisociales-impulsivos.
Aunque esta subdivisión puede ser reductora, tiene la ventaja de poner de relieve la variedad de mecanismos psicológicos implicados en la ludopatía, lo que permite investigar el patrón conductual de una manera más profunda y menos estigmatizada.
También nos permite destacar la importancia de las comorbilidades con otros trastornos para comprender mejor las experiencias relacionadas con esta adicción. De hecho, la ludopatía se asocia tanto a trastornos del estado de ánimo como a trastornos de ansiedad, que con frecuencia contribuyen a la aparición o al mantenimiento de la adicción (Blanco et al., 2001).
Además, las experiencias tempranas de trauma o negligencia emocional pueden aumentar la vulnerabilidad individual y proporcionar un terreno fértil para una conexión disfuncional con el juego (Blaszczynski y Nower, 2002).
Desde una perspectiva ambiental y social, es fundamental reconocer que la exposición temprana al juego en el entorno familiar o comunitario, el fácil acceso a los juegos de azar, especialmente en línea, y la presencia de mensajes culturales engañosos, como el mito del "golpe de suerte", contribuyen a la normalización y refuerzan el atractivo del juego (Blanco et al., 2001). Además, el juego online se considera más adictivo que otros tipos de juegos debido a características como la inmediatez, la accesibilidad y la facilidad para apostar (Chóliz, 2016). Estos elementos refuerzan las creencias erróneas y los comportamientos compulsivos.
Como hemos visto, a nivel neurobiológico, el juego comparte mecanismos similares a los de la adicción a sustancias. La neurociencia ha puesto de manifiesto la activación del sistema dopaminérgico y de los circuitos cerebrales de recompensa, en particular el estriado ventral, en respuesta a estímulos relacionados con el juego, lo que respalda la reclasificación del juego como trastorno adictivo en el DSM-5 y la CIE-11 (Fauth-Bühler, Mann y Potenza, 2016; el-Guebaly et al., 2011).
Esta implicación del sistema de recompensa explica cómo un comportamiento inicialmente impulsivo puede evolucionar hacia la compulsividad, a través de un mecanismo que implica un craving o deseo intenso e incontrolable similar al observado en la drogodependencia.
En otras palabras, la adicción al juego no tiene una causa única, sino que surge de la interacción de predisposiciones individuales, experiencias vitales y factores neurobiológicos, que convergen para reforzar un comportamiento patológico difícil de interrumpir.
Banderas rojas de la adicción al juego
La ludopatía se manifiesta a través de una serie de signos conductuales y psicológicos que tienden a empeorar progresivamente a medida que se agrava la adicción.
Entre los comportamientos más frecuentes se encuentran negar el problema, aislarse socialmente, mentir sobre el tiempo y la cantidad de dinero que se dedica al juego lo que suele derivar en dificultades económicas y adoptar comportamientos manipuladores destinados a obtener dinero de familiares o amigos para seguir jugando (Nelson et al., 2009).
Algunos indicadores, como jugar para escapar de los problemas o recurrir a terceros para financiar el juego, también se han identificado como predictores especialmente fiables de la evolución hacia formas patológicas más graves.
Pero el impacto del juego se extiende mucho más allá de la conducta de juego. A nivel relacional, puede socavar profundamente las relaciones familiares y afectivas, al alimentar los conflictos y la desconfianza y, en los casos más graves, incluso llegar a romper las relaciones.
En el ámbito laboral, se constata el absentismo, la disminución de la productividad y, en numerosas ocasiones, la pérdida del empleo. En lo que respecta al patrón psicológico, las personas con juego patológico presentan altos niveles de trastornos psiquiátricos como hostilidad, paranoia, sensibilidad interpersonal, síntomas obsesivo-compulsivos y somatización, en un grado significativamente mayor que otras personas que padecen adicciones, por ejemplo, a sustancias (Petry, 2009).
Además, se ha documentado que el suicidio constituye la principal causa de muerte entre las personas con ludopatía, representando el 25% de los fallecimientos (37 de 148 muertes) (Kristensen et al., 2024).
Estos trastornos pueden agravarse aún más debido a la culpa, la vergüenza y la pérdida de control que acompañan al avance de la enfermedad. Según Yau y Potenza (2015), la similitud entre la adicción al juego y la adicción a sustancias es evidente no solo a nivel conductual, sino también en lo que respecta a la comorbilidad psiquiátrica, los mecanismos neurobiológicos y las dificultades en el tratamiento.
Síntomas principales y secundarios: diferencias entre juego problemático y ludopatía
Distinguir entre el juego problemático y la ludopatía resulta esencial para intervenir a tiempo y favorecer que el trastorno no avance. Aunque ambos pueden compartir algunos síntomas, la diferencia principal está en la intensidad y la frecuencia con las que se presentan.
Síntomas principales de la ludopatía:
- Pérdida de control sobre el juego: dificultad para detener la conducta de juego, incluso cuando la persona reconoce consecuencias negativas.
- Preocupación constante por el juego: pensamientos frecuentes sobre apostar, planificar la próxima ocasión o recordar experiencias previas,
- Mentiras y ocultamiento: tender a ocultar la conducta de juego a familiares y amistades,
- Apuestas para aliviar el malestar emocional: Utilizar el juego como forma de afrontar la ansiedad, la tristeza o el estrés,
- Intentos fallidos de dejar de jugar: realizar varios intentos sin éxito para controlar o dejar el juego.
Síntomas secundarios o asociados:
- Problemas económicos: acumulación de deudas, venta de objetos personales o solicitud de préstamos para continuar jugando,
- Deterioro de las relaciones personales: aparición de conflictos familiares, distanciamiento de amistades o dificultades en la pareja,
- Afectación del rendimiento laboral o académico: faltas al trabajo o a clase, disminución del rendimiento o pérdida del empleo,
- Problemas legales: participación en conductas ilícitas para conseguir dinero,
- Síntomas psicológicos: ansiedad, episodios de tristeza, irritabilidad y, en situaciones más complejas, pensamientos de autolesión.
El juego problemático puede estar presente cuando algunos de estos síntomas aparecen de forma ocasional o menos intensa, mientras que la ludopatía se manifiesta por la presencia persistente y progresiva de varios de ellos, generando un impacto significativo en la vida diaria de la persona.
El juego y la red de las relaciones: dinámicas familiares, de pareja y sexualidad
La adicción al juego también tiene efectos profundamente desestabilizadores en las relaciones afectivas y familiares.
Numerosos estudios indican que el juego afecta a la calidad de las relaciones románticas y repercute negativamente en la esfera sexual, la intimidad y la comunicación dentro de la pareja (Ponti, Ilari & Tani, 2021). Las parejas de las personas que padecen ludopatía tienden a indicar una alta incidencia de conflictos, falta de cercanía emocional y una reducción significativa de la seguridad relacional.
En lo que respecta a la ludopatía y la sexualidad, esta última puede verse gravemente afectada. Se observa una disminución del deseo, evitación de la intimidad y, en algunos casos, el desarrollo de conductas sexuales compulsivas como forma de compensación emocional (Cowie et al., 2019).
La comorbilidad entre la ludopatía y la conducta sexual compulsiva agrava aún más el malestar relacional. Las personas con adicción al juego que recurren a esta estrategia manifiestan, en promedio, mayores niveles de impulsividad, depresión y desregulación emocional, elementos que comprometen la capacidad de construir y mantener relaciones afectivas saludables (Cowie et al., 2019). Esto genera un círculo vicioso en el que el vacío afectivo y la pérdida de autoestima impulsan a recurrir al juego y a otras conductas disfuncionales, lo que reduce la posibilidad de experimentar relaciones íntimas auténticas.
En el ámbito familiar, la ludopatía se asocia con frecuencia a la separación, los conflictos, la inestabilidad económica y el descuido parental (Shaw et al., 2014). El sufrimiento no afecta solo a la persona con ludopatía, sino que también se extiende a todo el sistema familiar y genera sentimientos de ansiedad, vergüenza, aislamiento y desconfianza. Las familias de las personas con juego patológico tienden a desarrollar modos de funcionamiento disfuncionales, en los que el amor puede percibirse como condicionado o dañado (Kourgiantakis, Saint-Jacques y Tremblay, 2013).
Estas observaciones a menudo pueden conducir a la formulación de una pregunta muy dolorosa: ¿una persona con ludopatía puede amar? La respuesta es "sí". La adicción no anula la capacidad de sentir afecto, sino que interfiere en su expresión.
El vínculo que tenemos con la persona puede verse enturbiado por la compulsión, la evitación emocional y la culpa. Sin embargo, con un proceso terapéutico adecuado, se puede emprender la rehabilitación relacional: un proceso que no solo busca la recuperación del individuo, sino también la reconstrucción de los vínculos afectivos que se han visto afectados (Kourgiantakis et al., 2013).
Involucrar a la familia o a la pareja en el tratamiento mejora la adherencia terapéutica, fomenta una mayor conciencia de las dinámicas disfuncionales y abre espacios para la reconexión emocional.

Cómo salir de la ludopatía: tratamiento y prevención
Dejar la ludopatía requiere un enfoque integrado que incluya tratamientos psicológicos personalizados como la intervención de un psicólogo especializado en ludopatía, la implicación de los familiares o la pareja, e intervenciones educativas y de prevención a nivel social.
Entre las principales vías terapéuticas, la terapia cognitivo-conductual (TCC) ha demostrado ser especialmente eficaz. Este enfoque busca modificar las creencias disfuncionales relacionadas con el juego y desarrollar estrategias conductuales alternativas, como puede ser controlar los impulsos e identificar los factores desencadenantes (Rash y Petry, 2014).
Algunos estudios aleatorizados han demostrado que la TCC, administrada individualmente o en grupo, reduce significativamente la frecuencia y la gravedad de la conducta de juego, con resultados superiores a los de las intervenciones de autoayuda por sí solas o a la participación en grupos de apoyo como Jugadores Anónimos.
Sin embargo, el apoyo entre iguales, cuando se combina con un tratamiento profesional, puede aumentar la eficacia de la intervención, aunque la participación y el mantenimiento suelen ser limitados.
Además de las intervenciones directas sobre la persona con ludopatía, la implicación de los miembros de la familia a través de programas de apoyo psicológico y educación emocional también es fundamental. La presencia de redes familiares de apoyo puede facilitar la recuperación, mejorar la adherencia al tratamiento y reducir el riesgo de recaída. Además, las estrategias de autoayuda mutua dirigidas a la pareja o a los padres ofrecen espacios en los que poder compartir y contener las emociones.
A nivel social, la prevención desempeña un papel crucial: las campañas de sensibilización, los programas educativos en las escuelas y la regulación del acceso a los juegos de azar son herramientas clave para reducir la difusión del trastorno. En particular, las intervenciones psicoeducativas dirigidas a jóvenes y personas vulnerables contribuyen a crear una conciencia crítica sobre el juego, lo que promueve un comportamiento responsable y contrarresta la aparición temprana de la adicción (Rash y Petry, 2014).
Reconocimiento clínico de la ludopatía: historia y manuales internacionales
El reconocimiento de la ludopatía como un trastorno clínico ha sido un proceso gradual dentro de la historia de la psiquiatría. Durante mucho tiempo, el juego patológico se consideraba principalmente un desafío relacionado con el autocontrol o una cuestión moral. Sin embargo, la evidencia científica y los testimonios de personas que han vivido esta experiencia contribuyeron a un cambio en la forma de entenderlo.
En 1980, la American Psychiatric Association incluyó por primera vez el juego patológico en el DSM-III (Manual diagnóstico y estadístico de trastornos mentales), dentro de los trastornos del control de los impulsos. Más adelante, el DSM-5 (2013) reclasificó la ludopatía como un "trastorno adictivo", equiparándola a las adicciones a sustancias debido a las similitudes en los mecanismos cerebrales y los patrones de comportamiento (American Psychiatric Association, 2013).
A nivel internacional, la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-11) de la Organización Mundial de la Salud también reconoce el trastorno por juego como una adicción conductual, y destaca la importancia de su diagnóstico y tratamiento (OMS, 2022).
Este reconocimiento ha permitido desarrollar protocolos de intervención más eficaces y ha contribuido a reducir el estigma asociado a la ludopatía, facilitando que más personas se animen a buscar apoyo profesional.
Ludopatía: salir de ella es posible
La ludopatía es una adicción insidiosa, capaz de destruir las relaciones, la estabilidad económica y la identidad personal. Sin embargo, salir de ella es posible. El primer paso es reconocer el problema y tener el valor de pedir ayuda. Nadie debería enfrentarse solo a esta batalla.
Para quienes quieran profundizar en la complejidad de la adicción, recomendamos dos obras intensas y emocionalmente poderosas:
- Beautiful Boy (2018), una película basada en una historia real, que muestra que la adicción puede tener repercusiones devastadoras, pero también que el amor, la paciencia y la determinación pueden convertirse en herramientas para volver a nacer.
- El jugador de Fiódor Dostoievski, una novela en parte autobiográfica, en la que el escritor ruso relata con lucidez e ironía dramática su descenso personal a la vorágine del juego patológico. Dostoievski también fue ludópata, y a través de las páginas de este libro podemos vislumbrar el tormento interior, el autoengaño, pero también el deseo de redención que acompaña a quienes viven esta adicción.
Criterios diagnósticos de la ludopatía según el DSM-5 (Manual diagnóstico y estadístico de trastornos mentales)
El DSM-5 (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, quinta edición) reconoce la ludopatía bajo el nombre de "trastorno por juego de apuestas" y describe criterios específicos para su diagnóstico. Para que una persona reciba este diagnóstico, debe presentar al menos cuatro de los siguientes síntomas durante un periodo de 12 meses:
- Necesidad de apostar cantidades crecientes de dinero para alcanzar la emoción deseada. Este fenómeno, llamado tolerancia, suele estar presente en las adicciones.
- Inquietud o irritabilidad al intentar reducir o dejar de jugar. La abstinencia puede expresarse a través de ansiedad, mal humor o agitación.
- Intentos repetidos sin éxito para controlar, reducir o abandonar el juego. Es frecuente que la persona se proponga dejar de jugar, pero le resulte difícil conseguirlo.
- Preocupación frecuente por el juego (por ejemplo, recordar experiencias pasadas, planear la próxima apuesta o pensar en cómo obtener dinero para jugar).
- Jugar cuando se siente angustiada (ansiedad, tristeza, culpa). En estos casos, el juego puede convertirse en una forma de aliviar el malestar emocional.
- Intentar recuperar el dinero perdido apostando más (conocido como "perseguir las pérdidas").
- Mentir para ocultar el nivel de implicación en el juego. Esto puede incluir ocultar información a familiares, amistades o profesionales de la salud.
- Poner en riesgo o perder relaciones importantes, empleo u oportunidades educativas o profesionales a causa del juego.
- Pedir ayuda económica a otras personas para afrontar dificultades financieras provocadas por el juego.
Estos criterios ayudan a distinguir el juego ocasional del trastorno por juego de apuestas, facilitando una evaluación clínica cuidadosa y orientando hacia el acompañamiento terapéutico más adecuado (American Psychiatric Association, 2013).
Evolución de la ludopatía: fases del trastorno
La ludopatía suele desarrollarse a través de varias fases, que muestran cómo este trastorno puede avanzar y afectar de manera creciente la vida de la persona. Comprender estas etapas puede facilitar la identificación temprana del problema y favorecer una intervención más eficaz.
- Fase de ganancias: en la etapa inicial, la persona vive una o varias victorias importantes, lo que puede fortalecer la idea de que el juego es una fuente de ingresos o una posible solución a sus dificultades. El entusiasmo y la confianza aumentan, y el juego se percibe como una experiencia positiva.
- Fase de pérdidas: con el tiempo, las pérdidas empiezan a superar a las ganancias. La persona puede intentar recuperar el dinero perdido, lo que la lleva a apostar cantidades mayores. Es habitual que aparezcan las primeras mentiras y el deseo de ocultar el comportamiento relacionado con el juego.
- Fase de desesperación: en esta etapa, la persona puede sentirse atrapada en un ciclo de deudas, conflictos familiares y dificultades en el trabajo o con la ley. La desesperación puede llevar a asumir riesgos, como solicitar préstamos, vender pertenencias o incluso cometer actos ilegales para conseguir dinero y seguir jugando. El malestar emocional suele intensificarse y pueden aparecer síntomas como depresión o ansiedad.
Reconocer estas fases ayuda a entender que la ludopatía no aparece de manera repentina, sino que es el resultado de un proceso que puede detenerse si se recibe apoyo profesional y acompañamiento adecuado (Custer & Milt, 1985).
Bases neurobiológicas de la ludopatía
La ludopatía no solo se relaciona con la fuerza de voluntad o el comportamiento, sino que también involucra cambios en los circuitos cerebrales que regulan la recompensa y el control de los impulsos. Diferentes investigaciones muestran que los neurotransmisores tienen un papel clave en el desarrollo y la persistencia de la adicción al juego.
- Dopamina: este neurotransmisor es esencial en el sistema de recompensa. Cuando una persona juega, el cerebro libera dopamina, lo que genera sensaciones de placer y refuerzo. Esta respuesta es parecida a la que se produce con algunas sustancias adictivas, y puede explicar por qué dejar de jugar puede resultar difícil (Potenza, 2008).
- Serotonina: participa en la regulación del estado de ánimo y el control de los impulsos. Cuando los niveles de serotonina son bajos, puede aumentar la impulsividad y la búsqueda de sensaciones intensas, aspectos que suelen estar presentes en la ludopatía (Gyollai et al., 2014).
- Norepinefrina: este neurotransmisor está relacionado con la respuesta al estrés y la excitación. Se ha observado que las personas con ludopatía pueden mostrar una mayor sensibilidad a la norepinefrina, lo que favorece la búsqueda de emociones intensas a través del juego (Blanco et al., 2001).
Comprender estas alteraciones neurobiológicas permite ver que la ludopatía puede ser una adicción compleja y difícil de modificar. De hecho, la carga de daño relacionada con el juego es de magnitud similar a la atribuida al trastorno depresivo mayor y al abuso y dependencia del alcohol, y supera considerablemente la atribuida a la dependencia de drogas (Abbott, 2017). Por eso, resulta importante abordarla de manera integral, combinando el tratamiento psicológico y, cuando sea necesario, el apoyo médico.
Si crees que puedes tener un problema con el juego o quieres saber cómo ayudar a una persona con ludopatía, en Unobravo puedes encontrar psicólogas y psicólogos online que pueden proporcionarte apoyo y herramientas para afrontarlo.





