¿Alguna vez te has sentido con ansiedad cuando una persona cercana no responde a los mensajes, o has hecho de todo por evitar depender emocionalmente de los demás? Quizá notas que en las relaciones tiendes a mantener las distancias, o que el miedo al abandono te acompaña incluso cuando no hay un motivo concreto.
Estos patrones, a menudo tan familiares que parecen parte de ti, tienen raíces profundas: se forman mucho antes de lo que puedes recordar, en los primeros años de vida, a través del vínculo con quien te cuidó.
Entender cómo se construyó tu estilo de apego puede cambiar de verdad la forma en que vives las relaciones. Y es aquí donde entra en escena la Strange Situation, el experimento que revolucionó la psicología del desarrollo y que todavía hoy nos ayuda a leer el origen de estos patrones.
Quién fue Mary Ainsworth y por qué su trabajo importa
Mary Ainsworth fue una de las psicólogas del desarrollo más influyentes del siglo XX, y su contribución transformó de forma radical la manera en que entendemos los vínculos afectivos en los primeros años de vida.
Su trabajo se enmarca en la teoría del apego, según la cual la necesidad de crear un vínculo con una figura de referencia no es una preferencia ni una costumbre: es una necesidad biológica innata, inscrita en nuestra naturaleza tanto como el hambre o el sueño.
Ainsworth, sin embargo, no se limitó a la teoría. Llevó la investigación fuera del laboratorio y observó de cerca las interacciones entre madres y bebés en el día a día: primero en Uganda y luego en Baltimore. Fue en esos contextos reales donde empezó a captar algo fundamental: la calidad del vínculo entre madre o padre e hijo emerge sobre todo en los momentos de estrés.
Como reconstruye un exhaustivo estudio histórico que repasó los orígenes de este método, el procedimiento no nació por casualidad. Fue el fruto de un recorrido único, hecho de experiencias profesionales con figuras clave como William Blatz y John Bowlby, de años de observación de campo y de un fuerte vínculo con la teoría del apego.
Esta combinación convirtió el procedimiento ideado por Ainsworth en algo distinto de los experimentos anteriores realizados con niños, hasta transformarlo en una de las herramientas más utilizadas en la psicología del desarrollo (Van Rosmalen et al., 2015).
Así nació la idea de crear una situación de estrés controlado: un poco como una prueba de esfuerzo para el corazón, en la que la presión emocional hace emerger lo que en condiciones normales permanece oculto.
Esta intuición culminó en la publicación de Patterns of Attachment en 1978, un texto que se convirtió en un referente imprescindible para la psicología y que por primera vez ofreció un mapa científico de los estilos con los que los niños se vinculan a quienes los cuidan.

¿Qué es la Strange Situation y cómo funciona?
La Strange Situation Procedure es un procedimiento experimental estandarizado, ideado por Ainsworth para observar el comportamiento de apego en condiciones controladas. El escenario es deliberadamente sencillo: una sala de laboratorio con algunos juguetes, en la que participan bebés de entre 12 y 18 meses aproximadamente junto a su cuidador principal.
El objetivo no es poner en apuros al niño o a la niña, sino activar el sistema de apego mediante niveles crecientes de estrés moderado, creados con separaciones y reencuentros progresivos. Es en estos momentos, cuando la presión emocional sube, cuando el vínculo se revela en su forma más auténtica.
El procedimiento
El procedimiento dura en total entre 20 y 30 minutos y se estructura en ocho episodios de unos 2-3 minutos cada uno. Así se desarrolla, en secuencia:
- Un investigador introduce en la sala al cuidador y al bebé.
- El bebé explora con libertad el entorno, con el cuidador presente como base segura.
- Entra en la sala una persona desconocida: primero permanece en silencio, luego interactúa con el cuidador y por último se acerca al bebé, lo que permite observar la posible ansiedad ante personas desconocidas.
- Primera separación: el cuidador sale y el bebé se queda con la persona desconocida.
- Primer reencuentro: el cuidador vuelve y la persona desconocida sale.
- Segunda separación: esta vez el bebé se queda completamente solo en la sala.
- Vuelve a entrar la persona desconocida, que puede ofrecer consuelo en ausencia del cuidador.
- Segundo reencuentro: el cuidador vuelve y la persona desconocida sale.
Durante todo el procedimiento, los investigadores observan con atención una serie de comportamientos del bebé: cuánto busca la cercanía con el cuidador, la calidad del contacto físico, las posibles reacciones de evitación o resistencia en el momento del reencuentro y la capacidad de volver a explorar y jugar con calma después del estrés de la separación.
Estas observaciones, que tradicionalmente se confiaban al ojo experto de los investigadores, hoy también pueden apoyarse en la tecnología. En un estudio con 49 bebés de alrededor de un año, por ejemplo, se utilizaron sensores de movimiento y grabaciones de audio para medir de forma precisa y continua los comportamientos durante el procedimiento. Se registró la duración del contacto físico con la madre, la velocidad con la que el bebé se acercaba a ella y cuánto tiempo lloraba.
Los resultados mostraron que estas mediciones tecnológicas predecían de forma significativa casi todas las valoraciones hechas por los expertos. Esto sugiere que herramientas relativamente accesibles pueden acompañar a las observaciones tradicionales y hacer que la investigación sobre el apego sea más objetiva y replicable (Prince et al., 2021).

Los cuatro estilos de apego que se descubrieron
Del análisis de miles de observaciones surgidas del procedimiento experimental, los investigadores identificaron cuatro estilos de apego principales, cada uno con características de comportamiento bien reconocibles.
Los tres primeros en describirse fueron el apego seguro (tipo B), el apego inseguro evitativo (tipo A) y el apego inseguro ambivalente/resistente (tipo C). Solo más tarde se añadió un cuarto perfil: el desorganizado (tipo D), para describir a los niños cuyo comportamiento no encajaba en ninguna de las categorías anteriores.
“¿Merezco que me quieran?”, “¿Estarán los demás cuando los necesite?”, “¿Es el mundo un lugar seguro?”. Estos mapas, una vez formados, tienden a guiar las expectativas y los comportamientos relacionales mucho más allá de la infancia.
Apego seguro: cuando nos sentimos protegidos
El niño o la niña con apego seguro, durante la Strange Situation, muestra lo que podríamos llamar un comportamiento equilibrado: explora el entorno con curiosidad y confianza cuando el cuidador está presente, protesta de forma moderada ante la separación y recibe su regreso con alegría genuina, busca consuelo y se deja consolar con relativa facilidad.
En la base de todo esto hay un cuidador sensible, disponible y coherente, capaz de leer las señales del niño o de la niña y responder a ellas de forma adecuada con el paso del tiempo. No se trata de perfección, sino de una presencia lo bastante fiable como para permitir al bebé vivir una experiencia fundamental: “Cuando lo necesito, hay alguien.”
De estas experiencias repetidas nacen unos Modelos Operativos Internos positivos: el bebé se percibe como digno de amor y aprende a ver a los demás como figuras por lo general fiables, y construye un mapa relacional que lo acompaña con el paso del tiempo.
No sorprende, por tanto, que este sea el estilo más frecuente y que sea considerado el perfil más adaptativo para el desarrollo emocional y relacional.

Apego evitativo: cuando aprendemos a valernos por nosotros mismos
En la Strange Situation, los niños con apego evitativo muestran un comportamiento que, a primera vista, puede parecer de una calma sorprendente. Reaccionan poco o nada ante la separación del cuidador y evitan activamente el reencuentro, como si la presencia del adulto fuera irrelevante o incluso no deseada.
Pero esta aparente indiferencia no es una frialdad innata. Es una estrategia adaptativa, construida con el paso del tiempo en respuesta a un cuidador con tendencia al rechazo o distante en lo emocional, poco capaz de acoger las necesidades afectivas del niño o de la niña. El mensaje implícito que ha recibido es: “Tus emociones son demasiado. Guárdatelas.”
Y así el bebé aprende a hacer justo eso: suprimir sus necesidades emocionales para mantener al menos una cercanía mínima con la figura de apego, sin arriesgarse al rechazo. Los Modelos Operativos Internos que se derivan de ello pueden traducirse en una sensación profunda de no merecer afecto y en una percepción del mundo relacional como algo frío y poco acogedor.
En la edad adulta, este estilo puede aparecer como dificultad con la intimidad, una autosuficiencia que a veces se vuelve forzada y una tendencia a mantener distancia emocional en las relaciones, incluso cuando, en realidad, el deseo de conexión está ahí.
Conviene recordar que el apego inseguro evitativo no es la única forma de apego inseguro. Existe también el estilo resistente o ambivalente, que responde al estrés relacional de forma opuesta: con una hipersensibilidad a las señales del otro y una dificultad para calmarse incluso después del reencuentro.
Apego ansioso-ambivalente: la búsqueda constante
Los niños con apego ansioso-ambivalente reaccionan a la separación con un llanto intenso y difícil de calmar, que no se atenúa ni siquiera cuando el cuidador vuelve. Y es aquí donde aparece la característica más sorprendente de este estilo: en el reencuentro, el bebé busca el contacto pero, al mismo tiempo, lo rechaza, como si no consiguiera fiarse del alivio que siente.
Detrás de este comportamiento suele haber un cuidador imprevisible e incoherente: a veces presente, afectuoso y receptivo; otras veces ausente en lo emocional o distraído, sin que el niño o la niña logre entender por qué ni cuándo.
Cuando no se puede prever si el otro estará, la única respuesta posible es permanecer en alerta constante. Los Modelos Operativos Internos que se construyen en este contexto llevan consigo una incertidumbre crónica sobre nosotros mismos y sobre el vínculo, y una necesidad continua de reconfirmación de que el otro nos sigue queriendo.
En la edad adulta, todo esto puede traducirse en un miedo al abandono muy intenso, en celos, en dependencia afectiva y en una tendencia a buscar reafirmación constante en las relaciones. No porque se sea “demasiado dependiente”, sino porque de pequeños nunca se pudo dejar de verdad de preguntarse: “¿Estará también esta vez?”
Como confirmación de que estas dinámicas pueden dejar huella desde los primeros meses de vida, un estudio realizado en Japón con 81 bebés utilizó este procedimiento para observar el vínculo con las figuras de referencia. Los investigadores encontraron que los bebés con un apego inseguro de tipo resistente mostraban con más frecuencia comportamientos agresivos o dirigidos hacia el exterior que los bebés con un apego seguro (Umemura et al., 2022).
Un resultado interesante también porque procede de un contexto cultural muy distinto del occidental, lo que sugiere hasta qué punto ciertos mecanismos ligados al apego están muy arraigados en la experiencia humana, más allá de las diferencias culturales.
Apego desorganizado: cuando el miedo viene de quien protege
El apego desorganizado se identificó más tarde que los otros tres estilos, precisamente porque los comportamientos que lo caracterizan parecen, a primera vista, imposibles de clasificar.
En este procedimiento, los niños muestran movimientos contradictorios e incoherentes: se acercan al cuidador caminando hacia atrás, se inmovilizan de repente (el llamado “freezing”) y manifiestan expresiones de miedo o de desorientación profunda. No hay una estrategia reconocible, porque no puede haberla.
El motivo es una contradicción irresoluble: el cuidador es al mismo tiempo el único refugio posible y la fuente del miedo. El niño o la niña necesita acercarse para sentirse a salvo, pero acercarse significa exponerse a algo aterrador. Los dos sistemas, el del apego y el de la defensa, se activan a la vez y se bloquean mutuamente.
Esto ocurre sobre todo en contextos en los que la madre o el padre carga con traumas no resueltos o duelos no procesados, o bien tiene comportamientos abusivos o disociados. Son momentos en los que parece "no estar", aunque esté presente en lo físico.
Las consecuencias están muy ligadas al trauma complejo y a la desregulación emocional: cuesta gestionar las emociones intensas, mantener un sentido de identidad estable y fiarse de los demás.
De adultos, quienes han desarrollado este estilo pueden encontrarse en relaciones caóticas: las representaciones de uno mismo y del otro se fragmentan, lo que dificulta construir algo sólido y duradero.

Cómo el apego infantil influye en la vida adulta
Lo que aprendimos a hacer de niños, en las relaciones con quienes nos cuidaban, no desaparece al crecer. Se transforma en algo más sutil: una impronta relacional que orienta la manera en que vivimos cada vínculo afectivo importante, a menudo sin que nos demos cuenta.
Los Modelos Operativos Internos funcionan como un mapa invisible, construido en la infancia y luego aplicado de forma automática a las relaciones adultas. Cuando tu pareja tarda en responder a un mensaje y sientes una oleada de ansiedad, es probable que sigas ese mapa. Lo mismo ocurre si, al contrario, tiendes a cerrarte y a dar un paso atrás justo en el momento en que el otro se acerca.
En las relaciones de pareja, estos patrones se manifiestan de forma muy concreta: el miedo al abandono que convierte cada conflicto en una amenaza existencial, la necesidad de control que nace de la incertidumbre crónica, la dificultad para fiarse incluso cuando no hay nada objetivo que justifique la desconfianza.
Un apego inseguro puede hacernos más vulnerables a la ansiedad relacional, a la dependencia afectiva, a los celos intensos y a dinámicas en las que acabamos oscilando entre el deseo de cercanía y el miedo a ella.
Pero reconocer tu estilo no es una forma de ponerte una etiqueta, sino un punto de partida. Entender de dónde vienen ciertas reacciones, por qué algunas situaciones nos activan tanto, ya es un acto de conciencia profunda, y la conciencia siempre es el primer paso hacia algo distinto.
¿Se puede trabajar en el estilo de apego?
La respuesta a esta pregunta es sí, y es una respuesta respaldada por la investigación científica. El cerebro es plástico, es decir, capaz de cambiar y reorganizarse en respuesta a nuevas experiencias, también en la edad adulta. Esto significa que los patrones aprendidos en la infancia no son condenas permanentes: pueden modificarse. Los especialistas llaman a este proceso experiencias emocionales correctivas: relaciones y contextos que ofrecen algo distinto de lo que se ha vivido.
La psicoterapia es una de las herramientas más eficaces en este sentido. Enfoques como la terapia cognitivo-conductual, la terapia focalizada en las emociones y la terapia basada en la mentalización trabajan de forma distinta. Pero comparten un elemento fundamental: ayudan a la persona a reconocer sus patrones relacionales, a comprender su origen y a construir nuevas formas de estar en relación.
Pero en terapia ocurre algo aún más profundo. La relación con el psicólogo, cuando se caracteriza por la disponibilidad, la coherencia y la sintonía emocional, se convierte en sí misma en una experiencia de vínculo seguro, quizá la primera de este tipo para algunas personas. No es solo un contexto en el que se habla de apego: es un lugar en el que se experimenta de forma concreta, y eso marca la diferencia.
La importancia de la relación entre padres e hijos
Para quienes son madres o padres, además, conviene saber que incluso pequeños cambios en la forma de responder a los hijos pueden tener un impacto real. La investigación muestra que la disponibilidad emocional y la coherencia son las variables más importantes: no se trata de ser madres o padres perfectos, sino de estar presentes, de reparar cuando algo sale mal, de no dejar al bebé solo con sus emociones.
Como confirmación de esto, un estudio internacional realizado con 229 parejas de madre o padre y bebé en tres países europeos utilizó este procedimiento para observar la seguridad del apego en familias muy distintas entre sí. Entre ellas había familias con progenitores del mismo sexo y familias nacidas gracias a la reproducción asistida. ¿El resultado? La estructura de la familia no es lo decisivo: lo que de verdad marca la diferencia es la calidad de la relación entre la figura de referencia y el niño o la niña (Van Rijn-van Gelderen et al., 2025).
Es comprensible que unas madres o unos padres bajo estrés o lidiando con sus propias ansiedades lo tengan más difícil, y esto no es un juicio, sino un dato de realidad. La buena noticia es que trabajar en uno mismo, también a través de un proceso terapéutico, se refleja de forma positiva en la relación con los hijos.
Y las mejoras, cuando llegan, tienden a durar: trabajar en el propio estilo de apego puede ayudar a mantener los avances con el paso del tiempo y a construir relaciones más satisfactorias y estables.
Hacia relaciones más seguras: el primer paso eres tú
Reconocerte en estos patrones, aunque sea solo en parte, requiere una cierta dosis de valentía, y el hecho de que hayas llegado hasta aquí ya dice algo importante de ti.
La conciencia es el punto de partida de cualquier cambio real y el cambio, como nos dice la investigación, es posible a cualquier edad, no solo en la infancia o en la adolescencia.
Si sientes que algunos de estos patrones te pertenecen y te gustaría explorarlos con más profundidad, un proceso terapéutico puede ser un espacio valioso: no solo para entender de dónde vienen ciertas formas de estar en relación, sino para construir algo nuevo. En Unobravo puedes encontrar un psicólogo o una psicóloga que se adapte a tus necesidades y empezar, a tu ritmo, a cuidar de cómo amas y de cómo te dejas amar.




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