En el mundo infantil no existe el concepto de tiempo ni se piensa en las demás personas y sus necesidades, por eso se quiere todo y se quiere ya. Pero, ¿qué ocurre cuando eso no sucede así? Lloros, enfados, rabietas y, en resumen, frustración por no conseguir el deseo.
En este artículo, hablamos de frustración en niños y niñas, qué pautas seguir para ayudarles y cómo trabajar la tolerancia a la frustración.
La frustración en psicología
En psicología, la frustración se define como un estado emocional que surge como consecuencia del incumplimiento de un objetivo, una necesidad o un deseo; es decir, a menudo aparece cuando se niega el placer.
Al igual que no nos gusta sentir frustración como adultos, tampoco queremos que los niños la sientan. Un temor frecuente es que los pequeños no puedan manejar las emociones relacionadas con una pequeña derrota o un "no", por eso les dejamos ganar cuando jugamos con ellos o nos esforzamos por decir "esto no se puede hacer" o "no puedes tener esto".
Ayudar a los niños a reconocer y gestionar todas las emociones, incluso las consideradas negativas, desde una edad temprana es crucial para desarrollar las estrategias que les permitirán afrontar los retos de la vida adulta.
Fotografía de Mohamed Abdelghaffar (Pexels)
Qué provoca frustración en los niños
La frustración en niños puede tener diversas causas, que pueden variar según la etapa de desarrollo y el entorno en el que crecen. Entre las causas más habituales se encuentran:
- Factores internos: el temperamento de cada niño influye en su capacidad para tolerar la frustración. Algunas niñas y niños pueden mostrar una mayor sensibilidad o impaciencia, lo que puede llevarles a reaccionar con más intensidad ante los desafíos. Además, se ha observado que los niños con mayor seguridad en el apego tienden a frustrarse más tarde y durante menos tiempo (Deichmann & Ahnert, 2021).
- Habilidades emocionales en desarrollo: los niños pequeños están en proceso de aprender a identificar y gestionar sus emociones, por lo que pueden sentirse sobrepasados cuando las cosas no suceden como esperan.
- Cambios y transiciones: situaciones como una mudanza, la llegada de un hermano o cambios en la rutina pueden aumentar la sensación de inseguridad y, en consecuencia, la frustración.
- Normas y límites: establecer reglas o negar ciertos deseos puede generar frustración, especialmente si la niña o el niño no comprende el motivo de estas decisiones.
- Ambiente familiar y social: un entorno donde se responde de inmediato a cada demanda o se sobreprotege puede dificultar que la niña o el niño aprenda a tolerar la frustración, mientras que un ambiente muy rígido puede generar sentimientos de impotencia.
Comprender estos factores resulta esencial para acompañar a los peques de manera empática y adecuada, adaptando las estrategias a las necesidades particulares de cada uno.
Señales y “síntomas” de la frustración en niños
Identificar la frustración en la infancia puede resultar complicado, ya que suele expresarse de maneras muy diferentes según la edad y la personalidad de cada niño o niña. Sin embargo, hay algunas señales o manifestaciones generales de malestar que pueden orientar a las personas adultas para reconocerla a tiempo:
- Llanto o rabietas: es una de las manifestaciones más frecuentes en niños y niñas pequeños, quienes todavía no cuentan con recursos para expresar su malestar con palabras.
- Irritabilidad y enfado: es posible que se muestren más sensibles, respondan con gritos o se enfaden ante situaciones que pueden parecer pequeñas.
- Retraimiento o aislamiento: algunos pequeños, en vez de exteriorizar la frustración, pueden preferir aislarse o dejar de participar en actividades que antes les resultaban agradables.
- Conductas regresivas: retomar comportamientos de etapas anteriores, como chuparse el dedo o buscar consuelo en objetos, puede indicar que están atravesando emociones difíciles.
- Dificultad para concentrarse: la frustración puede influir en la atención y en el desempeño escolar, ya que la persona se siente sobrepasada por sus emociones.
- Reacciones físicas: es posible que aparezcan dolores de estómago, de cabeza o tensión muscular como respuesta al malestar emocional.
Observar estos signos puede facilitar una intervención temprana, ayudando a la persona a poner en palabras lo que siente y a encontrar estrategias que le permitan afrontar la frustración de manera saludable.
Ejemplos de comportamientos asociados a la frustración
La frustración puede presentarse de maneras muy diversas según la edad y el contexto. A continuación, compartimos algunos ejemplos concretos de comportamientos que pueden observarse en niños y niñas:
- Manifestaciones leves: quejarse cuando un juego no resulta como esperaban, mostrar impaciencia al esperar su turno o pedir ayuda de inmediato ante una dificultad.
- Manifestaciones moderadas: tirar objetos, negarse a continuar una actividad, o expresar frases como "no puedo" o "no quiero jugar más".
- Manifestaciones graves: gritos intensos, conductas agresivas hacia otras personas, autolesiones leves (como golpearse la cabeza) o episodios prolongados de llanto difícil de consolar.
Es importante recordar que estos comportamientos no son "malos" en sí mismos, sino señales de que la niña o el niño puede necesitar apoyo para gestionar una emoción intensa. Observar con atención y responder de manera empática son aspectos clave para acompañarlos en este proceso.
¿Cómo ayudar a los niños a reconocer las emociones?
La película de animación titulada Del revés muestra bien como todas las emociones son necesarias, incluso las negativas, y deben ser comprendidas y manifestadas. A menudo, se enseña a los niños a no expresar emociones desagradables, por ejemplo: ¿cuántas veces decimos "venga, no llores", "no estés triste", "no te enfades"? Pero ojalá fuera así de sencillo.
Intentar reprimir las emociones no las hace desaparecer, ya que se encuentran otros canales para expresarlas y, a veces, esto desencadena problemas mucho mayores relacionados con la desregulación emocional.
Las personas adultas podemos apoyar a los niños para que reconozcan sus emociones ayudándoles a verbalizarlas. Frases como "entiendo por qué estás triste y lo siento, yo también estoy triste por eso" hacen que los niños y niñas sientan comprensión y apoyo, además, transmiten el mensaje de que incluso las emociones más "feas" pueden ser aceptadas y gestionadas.
Aprender a lidiar con el aburrimiento
Ayudar a los niños a reconocer sus emociones significa también brindarles herramientas para que encuentren soluciones a los problemas que están a su alcance. Un ejemplo de esto es el manejo del aburrimiento: con frecuencia, los adultos nos anticipamos a las necesidades de nuestros hijos e hijas y organizamos mil actividades para evitar que se aburran.
Sin embargo, permitir que los niños gestionen estas situaciones puede ser beneficioso, aprovechando diferentes estrategias de autorregulación emocional. Por ejemplo, se ha encontrado que las conductas de auto-consolación solo reducen las respuestas de frustración en un 20 %, mientras que la auto-distracción, especialmente en niños más pequeños, y el juego de simulación, más común en niños mayores, disminuyen la frustración en aproximadamente un 50 % y 70 %, respectivamente (Deichmann & Ahnert, 2021).
Dejar que encuentren soluciones por sí mismos les permite entrenar su creatividad y su paciencia. Es importante no ocupar su lugar en esta búsqueda y darles la oportunidad de equivocarse y volver a intentarlo, de ponerse a prueba contra el mundo. Esto es especialmente importante en niños superdotados, ya que tienden a aburrirse antes y, por ende, a enfrentarse a la frustración rápidamente.
Cómo trabajar la frustración en niños
Saber que no todo es inmediato y que hay que esperar, además de poner limites, son dos de las cosas importantes a trabajar. Pero, ¿cómo se aprende a esperar?
¿Cómo enseñar a los niños a esperar?
La dificultad para tolerar la frustración en niños se manifiesta frecuentemente en la incapacidad de respetar los tiempos de espera. En la actualidad, vivimos en un mundo acelerado donde, con un solo clic, podemos obtener casi todo lo que deseamos en cuestión de minutos, lo que ha contribuido significativamente a la pérdida de la capacidad de esperar.
Investigaciones recientes han demostrado que un aumento de una desviación estándar en el uso de tabletas a los 3,5 años —equivalente a 1,22 horas diarias— se asocia con un incremento del 22 % en la expresión de ira y frustración a los 4,5 años (Fitzpatrick et al., 2024), lo que subraya el impacto de la tecnología en el desarrollo emocional infantil.
La espera nos ayuda en la consecución de nuestro deseo, saber y aceptar que no podemos tenerlo todo de forma inmediata y que alcanzar ciertas metas requiere esfuerzo nos hará persistir más tiempo en nuestro objetivo. El niño que consigue lo que desea con paciencia y dedicación refuerza su confianza en sí mismo y aumenta su autoestima.
Cuando enseñamos a los niños a esperar, les ayudamos a controlarse, a reconocer las necesidades de los demás y a respetarlas.
Aunque los niños necesitan "lentitud", a menudo les pedimos que corran, pero lo cierto es que la única forma posible de aprender a esperar es experimentar la espera. No tengas miedo de decir: "Espera un momento” o “ahora no es un buen momento".
Asimismo, es importante no olvidar que los niños nos observan y aprenden de nosotros a moverse en el mundo. De modo que, por ejemplo, será difícil que se turnen en el uso de la palabra si, cuando nos dirigimos a ellos, no esperamos a que terminen una frase antes de responder.

La importancia de decir "no"
A menudo, a las personas adultas nos cuesta decir no por miedo a ser injustas o demasiado estrictas. Otras veces, debido a nuestras propias experiencias como niños, tememos que si frustramos un deseo, el niño no se sentirá suficientemente querido. Decir “no” es poner un límite, pero también es una oportunidad.
De esta forma se trabaja la frustración en los niños, ya que aprenden los límites, experimentan la frustración y se "entrenan" para manejarla. Las normas y los límites deben darse desde el principio. Los niños los aprenden y a través de ellos, como las normas externas, se convierten en normas internas y aprenden a regularse.
En casos extremos en los que los niños no tienen límites y los padres son muy permisivos y complacientes, los niños podrían caer en lo que se conoce como el síndrome del emperador.
Juegos para aprender a esperar
¿Cómo trabajar la frustración en niños? Se pueden realizar muchas actividades para ayudar a los niños a desarrollar la capacidad de esperar. Por ejemplo, se recomiendan todos los juegos que implican esperar el turno, a menudo utilizados en las guarderías y parvularios.
Un ejemplo es "La cesta de las sorpresas", un juego al que puede jugar una persona adulta con dos o más niños. La persona adulta saca de la cesta, de una en una, pequeñas cajas que contienen "pequeños tesoros", y se las entrega a los niños para que las miren. Cada niño debe sostener la cajita durante un rato y, después de explorarla bien, se la pasa a su vecino, que tiene que esperar su momento.
Los juegos de mesa son otro ejemplo de actividad útil para mejorar la capacidad de esperar de los niños, al tiempo que ofrecen la oportunidad de crear momentos de convivencia en familia. Los rompecabezas, que requieren tiempo y paciencia para llegar al resultado final, también son juegos recomendables.
También son muy útiles todas aquellas actividades que requieren esperar para observar los resultados, como plantar semillas y cuidarlas hasta que broten y se conviertan en hermosas plantas.
En conclusión y tal y como dijo Raffaele Mantegazza, profesor de Pedagogía en el Departamento de Medicina de la Universidad de Milán Bicocca:
"La capacidad de esperar y formarse expectativas está ligada a fantasear y pensar; no esperar significa, en la práctica, no formarse para pensar".
Estrategias prácticas para gestionar la frustración según la edad
Las estrategias para ayudar a los niños a manejar la frustración pueden adaptarse a su etapa de desarrollo, ya que sus necesidades y capacidades cambian con la edad.
- En preescolares (3-6 años): puede ser útil anticipar situaciones que generen frustración y ofrecer apoyo verbal, por ejemplo, diciendo “sé que esto puede ser difícil, pero puedes intentarlo otra vez”. Los cuentos y los juegos simbólicos también facilitan que las niñas y los niños pongan nombre a sus emociones.
- En escolares (6-12 años): es posible fomentar la reflexión sobre lo ocurrido, animando al niño o la niña a identificar qué le ha molestado y a pensar en posibles soluciones. Los juegos de mesa y las actividades en grupo ofrecen oportunidades para practicar la espera y la tolerancia a la frustración.
- En adolescentes: validar sus emociones y ofrecer espacios de diálogo donde puedan expresar sus frustraciones sin temor a ser juzgados resulta fundamental. Se les puede animar a establecer metas realistas y a analizar juntos los obstáculos que encuentran, promoviendo la búsqueda de alternativas.
En todos los casos, el ejemplo de las personas adultas es fundamental: mostrar cómo gestionamos nuestras propias frustraciones ayuda a que niñas, niños y adolescentes comprendan que estas emociones forman parte de la vida y que, con paciencia y apoyo, pueden afrontarlas.
Consecuencias de una frustración mal gestionada
Cuando la frustración no se acompaña de manera adecuada durante la infancia, pueden surgir consecuencias tanto a corto como a largo plazo que influyen en el bienestar emocional, social y conductual de la niña o el niño.
A corto plazo, una gestión poco efectiva de la frustración puede dar lugar a:
- Baja autoestima: la niña o el niño puede comenzar a dudar de sus propias capacidades si percibe que no logra lo que desea.
- Dificultades en la convivencia: las respuestas emocionales intensas o la tendencia a aislarse pueden dificultar las relaciones con familiares y personas de su entorno.
- Desmotivación: si la niña o el niño siente que sus esfuerzos no tienen resultado, es posible que deje de intentar afrontar nuevos retos.
A largo plazo, la ausencia de estrategias para manejar la frustración puede estar relacionada con:
- Problemas de regulación emocional: puede resultar difícil controlar los impulsos, gestionar la ira o tolerar la espera durante la adolescencia y la adultez.
- Relaciones sociales conflictivas: la dificultad para aceptar límites o negociar puede dar lugar a conflictos frecuentes con otras personas.
- Riesgo de conductas desadaptativas: en algunos casos, la frustración persistente puede asociarse con conductas de riesgo o desafíos de salud mental, como ansiedad o depresión.
Por esta razón, es importante acompañar a niñas y niños en el desarrollo de la tolerancia a la frustración, brindándoles herramientas y apoyo emocional desde edades tempranas.
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