El término misofonía hace referencia a un trastorno que se caracteriza por una reacción intensa e incontrolable a determinados sonidos, que suelen ser producidos por otras personas, como los ruidos propios de masticar, la respiración o el chasquido de dedos. Las personas que sufren de misofonía pueden experimentar emociones como irritación, ira y ansiedad cuando se exponen a determinados sonidos, que para la mayoría de las personas pueden ser irrelevantes o apenas perceptibles.
Esta hipersensibilidad puede tener un impacto significativo en la calidad de vida y hacer que la convivencia con familiares, amigos o compañeros se vuelva difícil. Las personas que la padecen pueden desarrollar mecanismos de evitación, así como preferir aislarse para escapar de los sonidos.
El objetivo de este artículo es ofrecer una visión global de la misofonía con algunos ejemplos, analizando su significado, síntomas, hipótesis de causas y posibles estrategias para manejarla. También se ilustran las posibles conexiones con otros trastornos y las terapias eficaces que pueden mejorar la calidad de vida de quienes la padecen.
Misofonía: definición y significado
El término misofonía deriva de las palabras griegas miso- (odio) y -phónos (sonido), e indica una aversión intensa a ciertos sonidos; este trastorno se ha identificado hace relativamente poco tiempo y, aunque todavía no está reconocido oficialmente en los principales manuales de diagnóstico (como el DSM-5 o la CIE-11), cada vez recibe más atención dentro de la comunidad científica.
Sin embargo, es importante destacar que existen afecciones similares a la misofonía que a menudo se confunden con ella, como:
- Fonofobia: se trata de un miedo patológico e irracional a determinados sonidos, una auténtica fobia, que a menudo está asociada a estados de ansiedad; quienes la padecen experimentan una sensación de amenaza incluso ante sonidos débiles.
- Hiperacusia: consiste en una sensibilidad excesiva al ruido, en la que los sonidos resultan más fuertes de lo normal y pueden provocar dolor físico.
En la misofonía el problema no está relacionado con la intensidad del sonido, sino con su significado emocional para la persona, dado que desencadena emociones muy fuertes en la misma. Pero, ¿cómo saber si sufro de misofonía?
Síntomas y manifestaciones de la misofonía
Las personas que sufren de misofonía reaccionan de forma desproporcionada ante determinados estímulos sonoros. Entre las reacciones más comunes se encuentran:
- Irritación inmediata, que puede convertirse en ira intensa;
- Ataques de ansiedad o angustia emocional;
- Tensión muscular y aumento del ritmo cardíaco;
- Deseo de escapar o aislarse para evitar el sonido que desencadena el malestar.
Pero, ¿existe alguna relación entre la misofonía y el sistema nervioso y el cerebro? Varios estudios de neuroimagen (Jastreboff y Jastreboff, 2023) han demostrado que los cerebros de las personas que padecen misofonía reaccionan de forma anómala a los sonidos desencadenantes (es decir, sonidos que provocan una reacción aversiva en la persona). En concreto, se ha descubierto una sobreactivación del sistema límbico, que regula las emociones, y el córtex insular anterior, un área implicada en el procesamiento de los estímulos sensoriales y la regulación de las reacciones emocionales.
Cuando una persona con misofonía oye un sonido desencadenante, el cerebro no lo procesa como un ruido neutro, sino que lo asocia a una amenaza o intrusión, lo que desencadena una respuesta emocional intensa y desproporcionada. Esta reacción es similar a la observada en los trastornos de ansiedad y los trastornos obsesivo-compulsivos, lo que sugiere un posible solapamiento neurológico entre estas afecciones.
Otros estudios hipotetizan sobre la posibilidad de que la misofonía esté relacionada con un defecto en los mecanismos de filtrado sensorial, es decir, la incapacidad del cerebro para ignorar ciertos sonidos irrelevantes. Esto podría explicar por qué las personas con misofonía perciben ciertos ruidos como más fuertes y molestos que la media.
Actualmente, este trastorno no tiene criterios diagnósticos oficiales, pero se han desarrollado algunas pruebas para evaluar su gravedad, por ejemplo: el Misophonia Questionnaire (MQ) y la Amsterdam Misophonia Scale (A-MISO-S o Escala de Misofonía de Ámsterdam en español) se utilizan en investigación para clasificar la gravedad del trastorno.

Las causas de la misofonía
Aunque hasta la fecha no se ha encontrado una causa única y universalmente aceptada de la misofonía, parece que el trastorno puede ser el resultado de una combinación de factores neurológicos, psicológicos y genéticos.
Además de las bases neurológicas mencionadas anteriormente, la misofonía también puede estar influida por aspectos psicológicos y conductuales: algunas personas pueden desarrollar dicha sensibilidad como resultado de experiencias estresantes o de un entorno familiar en el que los sonidos se han asociado a emociones negativas (Ferrer-Torres y Giménez-Llort, 2021). Por ejemplo, una persona que ha vivido situaciones conflictivas durante las comidas puede desarrollar sensibilidad al sonido de la masticación.
Los principales factores psicológicos predisponentes incluyen:
- Ansiedad e hipersensibilidad emocional: las personas que muestran altos niveles de ansiedad o estrés tienden a percibir los estímulos sonoros de forma más intensa y perturbadora.
- Perfeccionismo y necesidad de control: algunos estudios sugieren que las personas con rasgos perfeccionistas son más propensas a desarrollar misofonía, ya que el trastorno suele estar relacionado con la intolerancia al caos o la falta de armonía en los entornos sonoros.
- Experiencias infantiles y traumas emocionales: los acontecimientos estresantes o los traumas sufridos en la infancia pueden contribuir a la aparición de la misofonía, especialmente cuando se asocian a sonidos específicos.
Aunque la investigación sobre el componente genético de la misofonía aún está empezando, algunos estudios sugieren que el trastorno puede tener una base hereditaria. Muchas personas con misofonía informan de que otros miembros de la familia padecen la misma afección o tienen una mayor sensibilidad a los sonidos (Sánchez y Silva, 2018).
Esta predisposición genética podría influir en la estructura y el funcionamiento de ciertas áreas del cerebro, lo cual hace que algunas personas sean más vulnerables a la misofonía que otras. Sin embargo, se necesitan más estudios para comprender mejor el papel de los factores genéticos en este trastorno.
Misofonía y otros trastornos: conexiones y comorbilidades
La misofonía a menudo se asocia con otros trastornos psicológicos y neurológicos, entre los que se incluyen:
- El trastorno obsesivo-compulsivo (TOC): las personas con misofonía presentan rasgos obsesivo-compulsivos, como una necesidad de controlar su entorno sonoro o una tendencia a desarrollar pensamientos repetitivos e intrusivos sobre los sonidos desencadenantes.
- Trastornos de ansiedad y depresión: la misofonía es más frecuente entre quienes padecen trastornos de ansiedad generalizada o depresión, lo que sugiere una posible relación entre el procesamiento emocional de los sonidos y el estado mental general.
- Trastornos del espectro autista (TEA): muchas personas en el espectro autista muestran una alta sensibilidad sensorial, y algunos estudios sugieren que la misofonía puede ser una forma específica de hipersensibilidad auditiva presente en algunas personas con TEA.
¿Existe una relación entre la misofonía y la inteligencia?
Durante los últimos años, se ha difundido la idea de que la misofonía pueda estar relacionada con niveles de inteligencia superiores, en concreto con la inteligencia emocional y la sensibilidad cognitiva. A este respecto, algunos estudios preliminares (Mednicoff et al., 2024) muestran que las personas con misofonía pueden tener una mayor sensibilidad cognitiva y perceptiva, es decir, una mayor capacidad para notar detalles y variaciones en los sonidos que otras personas ignoran.
En concreto, las personas que sufren de misofonía tienden a tener una mayor atención selectiva a los sonidos ambientales y son capaces de distinguirlos con mayor claridad que la media. Esto puede explicar, por ejemplo, por qué muchas personas con misofonía también afirman ser más sensibles a otros estímulos sensoriales, como la luz brillante o las texturas de los materiales.
Al mismo tiempo, las personas que padecen misofonía pueden tener una hipersensibilidad emocional, es decir, una mayor reactividad a los estímulos externos, incluidos los sonidos: las personas con una inteligencia emocional elevada tienden a ser más conscientes de sus propias emociones y de las de los demás, pero también más vulnerables a los estímulos negativos. Esto podría explicar por qué los sonidos desencadenantes generan una respuesta emocional tan intensa en quienes sufren de misofonía.
Sonidos desencadenantes y reacciones más comunes
Uno de los aspectos más característicos de la misofonía es la fuerte reacción emocional a determinados sonidos desencadenantes, que puede variar de una persona a otra. Sin embargo, hay ciertos sonidos que suelen resultar especialmente molestos para las personas que padecen esta afección, como:
- Sonidos relacionados con la boca y la respiración como masticar, tragar, sorber líquidos, aclararse la garganta, respirar fuerte, bostezar y suspirar.
- Sonidos repetitivos y rítmicos como el repiqueteo del bolígrafo, el golpeteo de los dedos sobre la mesa, el clic del ratón o del teclado o pasar repetidamente las páginas de un libro.
- Sonidos ambientales y de fondo como el ruido de las bocinas y el tráfico, las obras (taladro, martillo, sierras eléctricas), la música alta de los vecinos o la televisión encendida de fondo.
Las reacciones a los sonidos desencadenantes varían de una persona a otra, pero las más comunes son las siguientes:
- Reacciones emocionales como irritación repentina, enfado intenso, ansiedad y sentimientos de pánico, frustración y sentimientos de impotencia.
- Reacciones físicas como aumento del ritmo cardíaco, tensión muscular, sensación de calor o sudoración, deseo de taponarse los oídos o alejarse.
- Reacciones conductuales como escapar de la situación (por ejemplo, salir de la habitación), irritabilidad hacia la persona que produce el sonido o evitación de situaciones sociales en las que pueda haber sonidos desencadenantes.
Las reacciones emocionales y físicas a los sonidos desencadenantes pueden explicarse por varios factores:
- Condicionamiento negativo: si un sonido se ha asociado a una situación negativa o estresante en el pasado, el cerebro puede haber aprendido a reaccionar automáticamente con irritación o ansiedad.
- Hiperactivación del sistema límbico: como mencionamos anteriormente, los cerebros de las personas con misofonía parecen procesar los sonidos desencadenantes de forma anómala, activando la amígdala, la zona responsable de las reacciones de alarma y miedo.
- Factores psicológicos y neurológicos: las personas con alta sensibilidad sensorial pueden percibir los sonidos desencadenantes como más fuertes o intrusivos que la media, lo que amplifica su respuesta emocional.

Posibles estrategias y tratamientos recomendados para controlar la misofonía
La misofonía puede tener un impacto significativo en la calidad de vida y afectar a las relaciones sociales, la productividad y el bienestar psicológico. Por lo que es normal preguntarse cómo se cura la misofonía y qué soluciones existen para tratarla. Sin embargo, aunque todavía no existe una cura definitiva, hay varias estrategias que pueden ayudar a reducir la reactividad a los sonidos desencadenantes y mejorar la gestión del trastorno.
Por ejemplo, una de las estrategias más prometedoras para el tratamiento de la misofonía es la terapia de sonido, un enfoque que pretende modular la percepción de los sonidos desencadenantes mediante la exposición gradual a estímulos sonoros neutros o relajantes. En este caso también se pueden utilizar técnicas de desensibilización, es decir, estrategias basadas en el principio de adaptación sensorial: exponerse a sonidos desencadenantes en un entorno controlado, con volúmenes progresivamente más altos y combinados con sonidos agradables, puede ayudar a reducir la respuesta emocional negativa.
Otra alternativa es el uso de sonidos enmascaradores, es decir, el uso de ruido blanco, sonidos ambientales o música relajante que pueden suavizar el impacto de los sonidos molestos y hacer que sean menos invasivos. Por último, es importante mencionar la Terapia TRT (Tinnitus Retraining Therapy), que se desarrolló originalmente para el tratamiento de los acúfenos y también se aplica a la misofonía: el tratamiento consiste en volver a entrenar al cerebro para que considere los sonidos desencadenantes como menos amenazantes.
Desde una perspectiva psicológica, hasta la fecha, la terapia cognitivo-conductual (TCC) es una de las opciones más eficaces para tratar la misofonía: se trata de un enfoque que ayuda a modificar los pensamientos negativos asociados a los sonidos desencadenantes y a desarrollar estrategias de afrontamiento más funcionales. En concreto, se recurre a:
- La reestructuración cognitiva (ayuda a cambiar la percepción de los sonidos desencadenantes, lo que reduce la ansiedad y la irritación).
- Las técnicas de relajación (los ejercicios de respiración profunda, mindfulness y meditación pueden reducir la tensión y mejorar la regulación emocional).
- La gestión del estrés y la ansiedad (dado que la misofonía suele agravarse con altos niveles de estrés, aprender a controlar la ansiedad puede reducir la sensibilidad a los sonidos).
Algunos estudios (Mattson et al., 2023) sugieren que la terapia de exposición gradual combinada con estrategias de relajación, con el tiempo, puede ayudar a reducir la reactividad a los sonidos desencadenantes.
Por último, además de las terapias formales, existen varias estrategias cotidianas que pueden ayudar a controlar mejor la misofonía, como:
- Utilizar auriculares con cancelación de ruido: esto puede reducir la exposición a sonidos molestos, especialmente en entornos compartidos.
- Crear entornos sonoros confortables: escuchar música relajante, sonidos de la naturaleza o ruido blanco puede ayudar a enmascarar los sonidos desencadenantes.
- Comunicar el problema: hablar con la familia, los amigos y los compañeros sobre la misofonía puede ayudar a crear un entorno más comprensivo y reducir el malestar social.
- Practicar el mindfulness y la meditación: estas técnicas ayudan a desviar la atención de los sonidos molestos y a desarrollar una mayor tolerancia a los estímulos sensoriales.
- Practicar ejercicio y gestión del estrés: actividades como el yoga, el deporte y las técnicas de relajación muscular progresiva pueden reducir la reactividad emocional a los sonidos desencadenantes.
Sin embargo, hay que tener en cuenta que la misofonía puede ser difícil de manejar sin el apoyo adecuado. Por lo tanto, buscar ayuda profesional, como un psicólogo especializado en trastornos sensoriales o un audiólogo, puede marcar la diferencia a la hora de mejorar la calidad de vida.
En conclusión, aunque la misofonía pueda parecer un obstáculo difícil de superar, mediante el enfoque adecuado es posible aprender a vivir con ella y reducir su impacto en la vida cotidiana. Para ello, resulta crucial comprender el trastorno y adoptar estrategias de gestión y apoyo profesional para lograr una mejora del bienestar propio. El objetivo no es aislarse y no dejarse abrumar, sino encontrar soluciones prácticas y personalizadas para afrontar el problema con mayor conciencia y control. Un psicólogo o psicóloga online de Unobravo puede ayudarte a afrontarlo con un proceso terapéutico que se adapte a tus necesidades.