Aunque es pariente de primer grado del miedo, la ansiedad se diferencia de este en que no está vinculada a un peligro presente: la ansiedad es altamente cognitiva, ya que juega con la representación del tiempo. Aunque se piensa que desencadena estados de ansiedad, estos se manifiestan a través del cuerpo, lo que da lugar a los aspectos que suelen percibirse como más perturbadores:
- taquicardia,
- dificultad para respirar,
- sudoración nocturna debida a la ansiedad,
- tensión muscular,
- ansiedad en el estómago, como sensación de peso u opresión.
La función de la ansiedad
La función principal de la ansiedad es anticipar cognitivamente una amenaza y nos prepara así para afrontarla con mayor eficacia. Esta respuesta del organismo, mediada por la activación de la rama simpática del sistema nervioso autónomo, pone de manifiesto la función adaptativa de la ansiedad: la anticipación de una amenaza nos prepara para reaccionar mejor.
Es importante señalar que los trastornos de ansiedad se asocian a disfunciones en los circuitos cerebrales encargados de la respuesta al peligro (Penninx et al., 2021), lo que explica por qué, en algunas personas, esta respuesta puede ser desproporcionada o no funcional.
Pensemos, por ejemplo, en la megalofobia, el miedo a las cosas grandes: cuando nos enfrentamos a un objeto imponente, como un barco, podemos experimentar un aumento de la frecuencia cardíaca y sudoración, reacciones todas ellas que nuestro cuerpo utiliza para prepararnos para enfrentarnos a lo que percibimos como una amenaza.
Cuando la ansiedad se convierte en un obstáculo
Los niveles sostenidos de ansiedad pueden tener un impacto positivo en el rendimiento: en una prueba de examen, por ejemplo, favorece un tipo de activación que mejora el desempeño.
Sin embargo, a veces la alarma suena de forma salvaje, indiscriminada, quizá porque somos muy sensibles a cualquier cosa que se parezca al estímulo amenazador. En estos casos, podemos sentir como si tuviéramos miedo de todo (panofobia) y, a lo desagradable de la respuesta ansiosa, se añade el desconcierto: no se puede dar sentido a este tipo de reacción del organismo.
Cómo reconocer los síntomas de la ansiedad
La ansiedad puede manifestarse a través de una combinación de síntomas que afectan a la mente, el cuerpo y el comportamiento. Reconocer estos signos suele ser el primer paso para comprender mejor lo que se experimenta.
Desde el punto de vista cognitivo, la ansiedad se manifiesta a través de:
- pensamientos recurrentes de preocupación,
- dificultad para concentrarse,
- tendencia a darle vueltas a posibles escenarios negativos,
- una percepción alterada del peligro, lo que dificulta relajarse o "distraerse".
Desde el punto de vista fisiológico, el cuerpo puede reaccionar con:
- taquicardia,
- sudoración,
- temblores,
- tensión muscular,
- trastornos gastrointestinales como dolor de estómago o náuseas,
- sensación de falta de aire.
Estos síntomas, a menudo muy perceptibles y a veces aterradores, son sin embargo una respuesta natural del organismo.
Desde el punto de vista del comportamiento, la ansiedad puede llevar a:
- evitar las situaciones temidas,
- buscar constantemente consuelo,
- desarrollar hábitos repetitivos para hacer frente al malestar.
Esto, en algunos casos, puede conducir a una reducción de las actividades sociales o laborales.
Es importante señalar que los trastornos de ansiedad suelen presentarse en comorbilidad con otros trastornos mentales, en particular la depresión, así como con trastornos somáticos (Penninx et al., 2021). Ser consciente de estos signos permite intervenir de forma más específica y buscar ayuda cuando sea necesario.
Causas y tipos de ansiedad
La ansiedad puede tener distintos orígenes y manifestarse de muchas formas. Según el DSM-5-TR, el manual de referencia para el diagnóstico de los trastornos mentales, existen varios trastornos de ansiedad, cada uno con características específicas. Dentro de los factores causantes de ansiedad podemos mencionar:
- Factores biológicos: la predisposición genética y las alteraciones en los neurotransmisores cerebrales pueden aumentar la vulnerabilidad a la ansiedad.
- Factores psicológicos: las experiencias vitales estresantes, los traumas o los estilos de apego inseguros pueden contribuir al desarrollo de estados de ansiedad.
- Factores ambientales: situaciones de presión social, cambios importantes o contextos familiares difíciles pueden favorecer la aparición de ansiedad.
Los principales tipos de trastornos de ansiedad reconocidos por el DSM-5-TR incluyen:
- Trastorno de ansiedad generalizada: caracterizado por preocupaciones excesivas y persistentes sobre diferentes ámbitos de la vida cotidiana.
- Trastorno de pánico: manifestado por ataques repentinos de miedo intenso acompañados de síntomas físicos como palpitaciones y sensación de ahogo.
- Fobias específicas: temores marcados e irracionales a determinados objetos o situaciones, como volar o ver insectos.
- Ansiedad social: miedo intenso a ser juzgado u observado por los demás en contextos sociales.
Comprender la variedad de causas y formas de ansiedad puede ayudar a no sentirte solo y a reconocer que se trata de experiencias comunes y que hay que afrontar.
Ansiedad patológica y evitación
Estamos inclinados a buscar de forma natural situaciones que nos hagan sentir bien y a evitar aquellas en las que sentimos malestar. Sin embargo, si estructuramos nuestra vida cotidiana de acuerdo con esta evitación, corremos el riesgo de relegar diversas experiencias a los márgenes, con importantes repercusiones en nuestro bienestar social y personal.
Tomemos como ejemplo la ansiedad ante la enfermedad: si temes tener un problema de corazón (a pesar de que las pruebas médicas digan lo contrario), el miedo a sufrir un infarto puede llevarte a renunciar a la actividad física o a otras actividades placenteras.
Cuando la ansiedad se vuelve limitante con respecto a la libertad percibida, las situaciones evitadas tienden a aumentar en número, casi como si se extendieran a todo lo que recuerda a la amenaza original. Este proceso puede llevar a moverte en un espacio cada vez más reducido, lo que genera una agotadora sensación de aprisionamiento.
Además, la presencia de comorbilidad con otros trastornos suele asociarse a síntomas más graves, una mayor carga clínica y una mayor dificultad en el tratamiento (Penninx et al., 2021), lo que agrava aún más la percepción de limitación y sufrimiento.

¿Cuándo puede convertirse en patológica la ansiedad?
No toda la ansiedad es perjudicial: cierto grado de preocupación es normal e incluso puede ser útil. Sin embargo, cuando la ansiedad se vuelve persistente, intensa e interfiere en la vida cotidiana, puede convertirse en un trastorno en toda regla.
Según el DSM-5-TR, los criterios para distinguir la ansiedad fisiológica de la patológica incluyen:
- Duración: la ansiedad patológica persiste durante semanas o meses, incluso en ausencia de peligro real.
- Intensidad: la reacción ansiosa es desproporcionada en relación con la situación objetiva.
- Impacto en la vida: la ansiedad limita las actividades cotidianas, las relaciones sociales o el rendimiento laboral o escolar.
- Dificultades de control: la persona se esfuerza por controlar o reducir las preocupaciones, incluso cuando reconoce su irracionalidad.
El diagnóstico de un trastorno de ansiedad lo realiza un psicólogo, que evalúa la presencia y gravedad de los síntomas, su duración y su impacto en la calidad de vida. Reconocer estos signos puede ser crucial para una intervención oportuna y eficaz.
¿Qué hacer si tenemos ansiedad?
Como hemos visto, la ansiedad es estimulada sobre todo por factores internos como pensamientos, expectativas y juicios. La solución no es suprimir la ansiedad o apagar sus síntomas, sino saber escucharla para comprender lo que nos dice sobre nosotros mismos. A menudo no es tan inmediato identificar cuál es el aspecto realmente temido de una determinada situación, o qué significado personal tememos que pueda verse desestabilizado por una experiencia.
Una molestia necesaria
Es cierto que la ansiedad puede ser molesta, pero si intentamos cuestionarla con curiosidad, nos permite descubrir aspectos interesantes de nuestra forma de relacionarnos y representarnos individualmente. Eliminar por completo la ansiedad sería contraproducente: perderíamos una poderosa señal que la evolución ha puesto a nuestra disposición.
En cambio, se puede intentar comprender su significado e identificar el aspecto de nuestra persona que tememos que esté en peligro. Reconocer la intensidad de la reacción ansiosa, la forma en que se experimenta y localizar ese estado polifacético en el cuerpo ya ayuda a regularlo. Antes de nada, sin embargo, es importante entender qué significa "ansiedad" para cada uno.
Estrategias prácticas que pueden ayudar a controlar la ansiedad
Hacer frente a la ansiedad puede llevar tiempo, paciencia y experimentación con distintas estrategias. A menudo, los tratamientos de primera línea para los trastornos de ansiedad incluyen la terapia cognitivo-conductual, así como medicamentos como los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS) —por ejemplo, la sertralina— y los inhibidores de la recaptación de serotonina-noradrenalina (IRSN), como la venlafaxina de liberación prolongada (Szuhany y Simon, 2022).
He aquí algunas medidas prácticas que pueden ayudar a gestionar los momentos de malestar:
- Respirar conscientemente: dedicar unos minutos a respirar lenta y profundamente para calmar el sistema nervioso y reducir la tensión física.
- Reconocer y aceptar la ansiedad, observar las sensaciones sin juzgarlas para fomentar una mayor conciencia y reducir el miedo al miedo.
- Escribir tus pensamientos, dando una forma más concreta y a menudo menos amenazadora a las preocupaciones.
- Exponerse gradualmente a las situaciones temidas, afrontar paso a paso lo que genera ansiedad y empezar por situaciones menos difíciles para aumentar la confianza en tu capacidad de afrontamiento.
- Cuidar tu cuerpo, mediante una actividad física regular, una dieta equilibrada y un sueño adecuado, para mantener el bienestar general y reducir la vulnerabilidad a la ansiedad.
- Buscar apoyo: hablar con personas de confianza o con un psicólogo o una psicóloga para obtener nuevas perspectivas y estrategias personalizadas.
Cada persona es diferente y encontrar las estrategias que mejor funcionan para ti puede requerir escuchar, experimentar y, a veces, tener el valor de pedir ayuda.
Toma el control de la ansiedad
Reconocer la ansiedad y aprender a controlarla puede ser un acto de autocuidado. Si sientes que las preocupaciones se convierten en un obstáculo en tu vida diaria, es útil saber que no estás solo/a: pedir ayuda es el primer paso para empezar a trabajar en tu bienestar.
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